Yuri Lorena Jiménez. 22 marzo
El intercambio de impresiones entre Ismael Cala y un privado de libertad llamado Erasmo, fue uno de los momentos más emotivos de la tarde de aquel lunes 11 de marzo. Foto: Carlos León
El intercambio de impresiones entre Ismael Cala y un privado de libertad llamado Erasmo, fue uno de los momentos más emotivos de la tarde de aquel lunes 11 de marzo. Foto: Carlos León

Un atardecer radiante en San Rafael de Alajuela se convierte en la antesala de un conversatorio previsto, inicialmente, para que el reconocido periodista y ahora motivador internacional, Ismael Cala, provea de herramientas de conducción de la mente y la conciencia a un grupo de privados de libertad para facilitar su readaptación a la vida fuera de la cárcel.

Que su pasado no defina su futuro, dicho en pocas palabras.

Pero esa tarde del lunes 11 de marzo se convirtió en una experiencia sensorial, de reflexión, aprendizaje y autoconocimiento para casi todos los presentes, entre ellos los dirigentes y voluntarios de la ONG internacional El Arte de Vivir, que organizó la actividad con Cala; los propios miembros de la Fundación Ismael Cala, que viajan por todo el continente en su misión de liberar mentes y despertar conciencias y funcionarios del Ministerio de Justicia y Paz.

Honestamente, tal cual se lo comenté a él, a Cala lo consumí durante su trayectoria como periodista, presentador y entrevistador en CNN en Español. Tras su salida de la gigante cadena de noticias, en junio del 2016, reorientó su oficio de comunicador y se dedicó a ofrecer charlas y escribir libros como motivador de vida, un oficio que lo ha llevado a dar exposiciones prácticamente a todo el continente americano y hasta en Europa, donde recientemente fue orador en el Tedx de Roma.

Así que, igual que muchos de los privados de libertad que acudieron aquella tarde al convivio, yo apenas tenía una vaga referencia de lo que implicaba una sesión de coaching con Ismael Cala.

Avezada en coberturas penitenciarias durante mis más de 25 años como periodista en La Nación, conozco bien una buena parte de cárceles del país, y casi al dedillo lo que hemos conocido siempre como el Complejo La Reforma. Pero no había ido a la Unidad de Atención Integral (UAI) Reinaldo Villalobos, inagurada en abril del 2017 y que constituye una cárcel ejemplar en Latinoamérica, lo que muchos expertos en rehabilitación de infractores de la ley consideran un sistema modelo, donde permanecen los privados de libertad que se destacan por su buen comportamiento, sus esfuerzos en obtener y escalar en estudios y diversas carreras, y por su productividad en oficios que realizan en la cárcel.

Quienes participaron en el encuentro con Ismael Cala provienen de este segmento de la población carcelaria que, ojo, no se define por los delitos que cometieron o la duración de las penas que están purgando, sino por la actitud y aptitud que han mostrado para tratar de enderezar su presente y su futuro.

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La jornada incluyó una sesión de meditación que todos practicaron con gran introspección. Foto Jeffrey Zamora
La jornada incluyó una sesión de meditación que todos practicaron con gran introspección. Foto Jeffrey Zamora

Dos engranajes de gentes se mueven en dos áreas del UAI; en la de visitantes todos, sin excepción, pasamos por el protocolo de revisión de pertenencias, cateo físico, se permite prácticamente ingresar solo con las prendas de vestir que uno lleva puestas, una libreta y un bolígrafo. Los celulares no entran y ya solo eso implicó una pequeña experiencia de zozobra entre el fotógrafo Jeffry Zamora y yo: ¿cómo íbamos a comunicarnos entre nosotros en aquel gigante gimnasio repleto de gente, a la hora de coordinar el trabajo que haríamos? Luego caímos en cuenta de que íbamos a quedar totalmente incomunicados con el mundo exterior durante cuatro o cinco horas. “Va a ser interesante, esto”, le dije a Jeffry, quien también pareció aliviado de desprenderse, aunque fuera a la fuerza, de lo que casi todo el planeta considera una especie de tercer y vital brazo.

Luego, conforme avanzó el ejercicio de la tarde, entendí que aquello no habría sido lo mismo si hubiéramos estado pendientes de la pantalla del teléfono.

En el otro engranaje, decenas de privados de libertad también hacían una fila ordenada para ingresar al recinto, no sin antes haber sido requisados en detalle, como dicta el protocolo.

Fueron ingresando al gimnasio, algunos vestidos en pantalón y camisa, otros en camiseta y pantaloneta larga, pero todos prolijamente peinados y afeitados. Fueron tomando asiento en las hileras, mientras ya al fondo, en la puerta principal, se avistaban Ismael Cala y su equipo de colaboradores, tanto los de las ong’s locales como los de la Fundación Cala.

Vestía pantalón y zapatos negros, y una guayabera blanca, práctica y muy fresca pero que también parecía ser un sello de su natal Cuba. Cala salió de la isla a los 18 años para alejarse del régimen comunista y buscar oportunidades, el “sueño americano”, recuerda él hoy, aunque hace ya varios años redefinió lo que hoy considera, más que un “sueño americano”, un propósito del ser humano en busca de lo que, a su juicio, debería ser una gran máxima de vida, independientemente de las circunstancias: abrazar la paz mental y dirigir, a partir de la serenidad y el gozo interno, el resto de actividades de la vida.

Mientras se instalan los implementos electrónicos como micrófonos y cámaras, aprovecho que faltan unos 20 minutos y le pido a Ismael que conversemos, pero a solas.

Una experiencia nueva para Cala
El periodista, escritor y motivador, compartió crudas vivencias personales durante su extensa y enriquecedora charla. Foto: Valeria Quartara Romero.
El periodista, escritor y motivador, compartió crudas vivencias personales durante su extensa y enriquecedora charla. Foto: Valeria Quartara Romero.

Ismael, hay que decirlo, es sencillo y encantador. Diáfano, diría yo.

Mira a su equipo de prensa como diciéndoles que va a separarse del grupo para conversar conmigo, y de entrada, al primer minuto, da la impresión de que nos conocemos de toda la vida.

Yo le confieso que no le sigo mucho la pista como motivador, pero sí como experiodista de CNN, así que no tengo una entrevista preparada, que por eso le voy a hablar de tú a tú, sin guion, y lo primero que le pregunto es qué siente al asumir la colosal responsabilidad de hablar ante un nutrido grupo de personas que lidian con pasados complicados, sufrimiento, culpas y sentencias judiciales, gente que por las razones que sea viven cuesta arriba. Entonces, me confiesa que está igual que yo con respecto a él: “Mira, es la primera vez que les hablo a privados de libertad física que están cumpliendo una condena, de hecho es la segunda vez en toda mi vida que entro a una prisión, la primera fue hace años, en Atlanta, trabajando en CNN, para entrevistar a un narcotraficante como parte de un reportaje de investigación… así que para mí esta experiencia es tan nueva como para ellos”, dice con toda honestidad. No se nota nervioso, pero sí consciente de que tiene enfrente una población ávida de escuchar sobre sus herramientas para un mejor vivir. Solo que Cala, esta vez, debe tratar de permear sus mentes y conciencias a sabiendas de que hay unas paredes gigantes, literalmente, entre ellos y el resto de personas a las que normalmente se dirige en otros foros.

“Te puedo decir algo: la preparación ha sido más desde el corazón, yo siento que especialmente hablarles a personas que están en una situación de vida muy particular… uno no puede anticipar qué les puede decir y qué les puede servir, yo creo mucho en la energía, en el contacto con la energía y desde que llegué aquí dije ‘Señor, tú guías mis palabras, guías mi sabiduría, soy un instrumento de tu servicio, soy un instrumento para poder generar algo que les deje paz, que les deje esperanza, que les deje un momento de una energía positiva, ese es mi propósito… en el momento de hablar, yo sé que Dios va a hacer fluir las palabras”. Horas después, visto lo visto, supimos que Cala no se equivocaba.

La energía y el magnetismo que fluyeron en el gimnasio del UAI nos hicieron vivir, como mínimo, un frenazo en seco a la vida enloquecida y acelerada que nos lleva en tropel a donde, creemos, es nuestro destino. A meditar y repensar mucho en el paisaje y no en la estación final.

Cada quien asumió aquel convivio a lo interno; cada quien echó para su saco lo que pudo o lo que quiso. Algunos lo conversamos entre nosotros, igual que los privados de libertad. Cuando Cala terminó su intervención –sesión de meditación incluida--, se les dio la palabra a los privados de libertad y vaya que se liberaron.

Entre nudos en la garganta y llantos no contenidos, varios hablaron de las experiencias que los habían llevado por el mal camino, de su fe en tener la fuerza suficiente para convertirse en ciudadanos de bien y se fundieron en abrazos de agradecimiento con Ismael Cala.

Él escuchó atentamente y se enzarzó en conversaciones con ellos que todos escuchamos; la noche ya había caído, hacía hambre, los policías penitenciarios empezaron a alertar a los muchachos de que debían reingresar ya porque se iban a quedar sin cenar y muchos, muchísimos prefirieron saltarse la última comida del día con tal de permanecer en medio de aquella espiritualidad que pareció desperdigarse por tantas horas en el recinto, independientemente de si los presentes eran creyentes en alguna deidad o ateos del todo.

El “marica” de la clase

Pasadas las 4 de la tarde, Ismael Cala toma el micrófono y, subido en la tercera grada de la hilera de asientos del gimnasio, se dirige al aforo en el cual, a su vez, se han acomodado casi 200 sillas con el fin de escuchar al orador principal.

Cala recién me había dicho que no traía un discurso premeditado, y lo primero que hizo fue confesarles lo mismo a los presentes. Habló de la emoción enorme que sentía de estar en una cárcel, como charlista, por primera vez, y agradeció de antemano el flujo de paz que había percibido desde que puso un pie en lo que llamó “una cárcel modelo, un recinto de dignidad y esperanza”, donde había caminado entre los privados antes de ingresar al gimnasio, incluso, sin el más mínimo resabio de temor.

“Yo creo que hoy todos nos vamos a llevar un gran beneficio, vamos a aprender los unos de los otros, y posiblemente sea yo quien obtenga más aprendizaje de aquí”, introdujo Ismael ante la atención total de los presentes.

Entonces, desprolijo de la más mínima pose, decidió empezar su conversatorio con un fuertísimo relato de vida que lo tuvo al borde del suicidio, siendo apenas un adolescente.

Don Kribian Miranda Vargas, durante uno de los ejercicios de meditacion. Foto Jeffrey Zamora
Don Kribian Miranda Vargas, durante uno de los ejercicios de meditacion. Foto Jeffrey Zamora

“Primero quiero contarles un poquito de mi historia porque por muchos años estuve privado de libertad y de paz, nunca cometí un delito como para que un juzgado me pusiera en un centro penitenciario, pero yo siento que la gente que está privada de libertad no necesariamente son aquellos que viven en una cárcel, hay mucha gente que está afuera y que vive privada de su libertad por su falta de paz… eso me pasó a mí, por muchos años en mi vida no sentía libertad personal y mucho menos paz, porque la mente, mi mente, era mi propia cárcel… para muchos seres humanos su mente es la prisión más rígida que pueden tener en sus vidas”.

Luego, sin inflexiones en la voz pero con un matiz sombrío, de tristeza al recordar, cuenta una experiencia que engloba lo dura que fue su adolescencia.

“Yo vengo de una familia con un papá brillante pero con esquizofrenia, su mente escuchaba voces a las que él obviamente les creía y le quitaron su libertad y convirtieron su mente en una cárcel… la historia se repitió en mi familia… hubo suicidios, como el de mi abuelo –el papá de mi madre-- o el intento de suicidio de una tía, justo cuando yo tenía 15 años”.

“En ese momento yo también pensé en suicidarme, porque a los 15 años si tú no tienes el molde de lo que los demás esperan de ti, bullying, acoso… yo no fui el típico macho que los demás esperaban que fuera, quizá porque no tuve la figura de padre cerca, siempre fui un niño amanerado, afeminado, fui criado por mi madre y mi abuela y no tuve un patrón masculino cerca… (…) mi padre había hecho un curso internacional y le habían dado una carpeta que a mí me gustaba mucho, tenía como un año de estársela pidiendo hasta que me finalmente me la regaló… un día llego a mi dormitorio en la escuela interna y estaban los típicos machos varones que la sociedad ha hecho creer que son de agredir y dar golpes… habían metido heces fecales dentro de la carpetita que mi padre me había dado… yo no supe cómo responder, el chip de la violencia nunca entró en mi mente y por lo tanto estaba ahí, siendo objeto de la burla de unos 30 compañeros que me hacían rueda… yo me dije ‘no quiero pelear, pero no tengo alternativa, lo único que puedo hacer es tirarme del quinto piso’… no sé cómo logré que llamaran a mi madre a su trabajo y le dije ‘Mamá, si no llegas en 15 minuto, me lanzo del edificio’”. Mi madre no sé cómo hizo pero llegó, y me sacó de la escuela, faltándome tres meses para terminar el noveno grado”, culmina Ismael con voz queda, en medio de un silencio absoluto a lo largo y ancho del gimnasio.

Su confesión iba a cuento por muchas razones, pero en especial, porque quería comunicar a los privados de libertad el daño que puede sufrir una persona cuando se le pone un estigma y esa persona no logra tomar la decisión de deshacerse de lo que piensan los demás como el primer paso para dominar la mente y empezar a crecer desde la conciencia.

Al final del convivio, decenas de asistentes se acercaron para expresarle a Cala algunas revelaciones personales, sobre lo vivido aquella tarde. Foto: Carlos León
Al final del convivio, decenas de asistentes se acercaron para expresarle a Cala algunas revelaciones personales, sobre lo vivido aquella tarde. Foto: Carlos León

“Yo sé lo que se siente cuando los demás creen que eres inferior, cuando no te valoran e incluso no te respetan, porque así fue mi adolescencia, contracorriente. Por eso hoy estoy aquí para decirles que no hay premio más importante que uno pueda ganar que no sea la reconciliación con quién eres tú, sin importar lo que ya pasó, lo que ya hiciste o lo que fuiste, porque hoy la persona que está aquí no es el Ismael de los 15 ni el de los 20, voy a cumplir 50 años y soy totalmente diferente a aquel Ismael, y todo cuando un día yo decidí usar una palabra en la que no creía, es la palabra liderazgo, y de eso es lo que quiero hablarles hoy, porque a mí me cambió la vida el entender que si bien uno no puede controlar todos los eventos que nos pasan, como ustedes no tienen mucho control sobre algunas cosas que aquí son reglas y que tienen que cumplir, siempre tenemos la libertad de poder decidir cómo responder a esa realidad y eso fue lo que cambió en mi vida, sentirme líder de mi historia, capaz de hacer una transformación y fue en ese momento en el que futuro empezó a cambiar”, reflexiona este cubano de nacimiento, quien también tiene la nacionalidad canadiense y está radicado en Estados Unidos.

Su intervención, en adelante, se refirió a la forma en que la mayoría de seres humanos viven en “piloto automático”, ya que desde la formación en escuelas primarias se ofrecen materias como matemáticas, ciencias y geografía, pero no les dan a los niños la consciencia del poder que tienen sobre su cerebro para así manejar adecuadamente estados como la rabia, envidia, celos, ansiedad. Todo esto para, por medio del autoconocimiento, encontrar autocontrol y paz.

El orador fue capaz de mantener absorto al auditorio, a pesar de las varias horas que estuvo plantado frente al aforo.

Entre su postulado más relevante se encuentra lo que él llama “el despertar de la conciencia”, la cual, según su filosofía, es mucho más importante que el cerebro.

“Fíjense que la mente es como un ‘mounstrico’ que hay que domar, que hay que entrenar, siempre está dando vueltas, la mente es algo que se va al pasado o que constantemente va al futuro… si tú vas constantemente al pasado te vas a deprimir porque generalmente eso pasa, y si estás constantemente en el futuro te vas a llenar de ansiedad porque el futuro aún no llegó (…) Si tú no ayudas a que tu cerebro funcione de manera más óptima siempre (ella) va a convertirse en un animal que tú no puedes domesticar, hay que entrenar la mente para que se vuelva positiva porque la mente humana casi siempre va al peor de los escenarios y casi siempre se enfoca en lo que nos falta… yo, que a los 15 años ya estaba con tratamiento psiquiátrico, puedo decir que el ejercicio de la gratitud fue algo de lo que me ayudó a ir saliendo de aquella oscuridad… ustedes pueden decir que cómo van a agradecer estar aquí, pero hay muchos ejemplos de cómo pueden estar peor las cosas, agradezcan por lo que tienen pero conviértanlo en un ejercicio, porque si tú no le das una dosis de esperanza y positivismo a tu mente, ella se va a atrás, se devuelve al vacío y a lo oscuro” enfatizó Cala.

Desde el principio, desdeñé el puesto en primera fila asignado para la prensa y preferí sentarme con los muchachos, no sin antes dar algunas vueltas por el recinto para observar, desde diferentes perspectivas, cuál era la dinámica entre los oyentes y el conferencista.

Pocas veces he visto un público tan mimetizado con su orador. Varios de ellos ya han tenido experiencias similares como parte del proyecto Prison Program-Costa Respira Paz, una iniciativa liderada por la organización El Arte de Vivir Costa Rica (que también tiene presencia en otros 151 países) y la Asociación Internacional por los Valores Humanos, en coordinación con el Ministerio de Justicia y Paz. Su propósito es disminuir la violencia por medio de un plan integral de valores humanos.

Prison Program coincide con la filosofía de Cala, e incluso ambos promueven técnicas especializadas de respiración, relajación y meditación, todos orientados a incrementar el bienestar, la confianza en sí mismos y de la sociedad y el compromiso en los privados de libertad para lograr su reinserción en sociedad. A fin de cuentas, los objetivos de propiciar una sociedad libre de estrés y violencia son estándares que comparten la Fundación Cala y El Arte de Vivir por igual.

Los asistentes al conversatorio estuvieron enfocados y atentos en todo momento. Hubo instantes de emotividad y reflexión profundas. Foto Jeffrey Zamora
Los asistentes al conversatorio estuvieron enfocados y atentos en todo momento. Hubo instantes de emotividad y reflexión profundas. Foto Jeffrey Zamora

Tras la alocución de Ismael Cala y antes de entrar en la parte del conversatorio con los privados, el periodista cubano propone un ejercicio de meditación que acata prácticamente todo el auditorio. Roy, mi compañero de al lado, ya ha realizado diversos ejercicios en el pasado, según me contó minutos antes. Cuando Ismael se dispone a hacer el ejercicio, estuve a punto de salirme del recinto, pues era una experiencia totalmente nueva (e impensada) para mí, y me daba terror que me ocurriera lo mismo que cuando estaba pequeña y me llevaban a los rezos del Niño, en diciembre: me era imposible contener un bobalicón mal de risa que a mi mamá la hacían pasar grandes congojas.

--¿Lo va a hacer?-- me pregunta Roy, con tono divertido porque adivinó que ya yo tenía un pie listo para hacer la retirada.

-- No. Nunca lo he hecho y me da tentación de abrir los ojos para ver a la gente con los ojos cerrados, entonces me da terror que me dé mal de risa ¿usted sabe lo que es que me pase eso aquí, con Cala y ustedes en un momento tan bonito?

-- Pff no me hubiera dicho. Ahora capaz que al que me da risa es a mí (repiensa)... No no, pero va a ver que no. Ellos lo van dirigiendo a uno y si uno realmente se pone en lo que está, va a ver qué bien se siente en el momento y después ni para qué. Depende de si anda muy cargada... ¿anda cansada o con problemas o así?

--Diay... no... o sea, diay sí. Diay, todos.

Ya no hubo marcha atrás, ni intento de retirada. Cala nos pidió cerrar los ojos, mientras una suave música relajante se adueñaba de todos los rincones...

No tengo idea de cuánto demoró la meditación, y tampoco puedo decir que salí convertida en otra persona. Pero por primera vez en quien sabe cuánto tiempo, tuve “juicio” (como me decía mi mamá en los rezos de antaño) y de verdad pude percibir un vaivén de energía que fluía entre todos, mientras cada quien soltaba sus cargas y se posicionaba en la conciencia, en el presente y en el futuro, entre cada ejercicio de respiración dirigido por Cala.

Al final, nos estiramos como si estuviéramos recién levantados por la mañana.

Tras una breve tertulia, Ismael ofreció el micrófono a aquel que quisiera inaugurar la sesión de comentarios y sobraron las manos levantadas. Se trató de momentos sumamente emotivos, pero con margen también para las risas.

Hubo uno que nos sacó las lágrimas a muchos, pues aunque al tomar el micrófono se veía bastante sereno, no bien habló, se le quebró la voz, ante lo que Ismael le dio un abrazo y lo tranquilizó.

-- Soy Antonio-- dijo, aunque luego aclaró que en realidad se llamaba Erasmo, solo que “siempre me he avergonzado de mi nombre”. Hecha la aclaración, Erasmo se dirigió a Ismael: “Gracias... quiero darte las gracias porque en el momento en que dijiste que me pusiera la mano en el corazón y me imaginara a alguien, me imaginé a mi hija -- se vuelve a quebrar... continúa-- a mi hija le pido perdón por haber cometido un delito, por haberle hecho daño a la sociedad, siento que ella me perdonó, hoy estoy muy agradecido con la vida, me voy a quedar con tu técnica de gratitud, agradezco por saber que hay gente que cree en mí, por estar en este lugar después de haber pasado por ... bueno mejor ni recordar, agradezco a los compañeros de la Residencia 4, a la gente de El Arte de Vivir y principalmente le agradezco a usted, Ismael, por el día de hoy, es usted una gran persona”.

El sonoro y prolongado aplauso acompañó un abrazo con ojos llorosos de parte de los dos hombres. Ismael cerró el intercambio al decirle, también lleno de emoción: “Qué bueno además lo que dijiste, de que antes te avergonzabas de tu nombre y hoy ya no ¿y sabes por qué? Porque el estado de vergüenza, de avergonzarse de lo que uno es, es la peor cárcel que un ser humano puede tener. Y Erasmo es un gran nombre. ¡Reivindícalo!”.

Las batallas de Ismael

Quizá el fuerte de Ismael Cala sean sus experiencias de vida, sus dotes como comunicador, su retórica y su empatía. Pero a mi juicio, es su autenticidad, su personalidad desprolija de cuaquier ego malsano, y la forma en que cuenta cómo ha ido creciendo en paz, despertando su conciencia, dominando su mente, intentando a diario ser un hombre con un espíritu lleno de paz, a pesar de los afanes y los malos momentos, que los tiene, igual que cualquier ser humano.

Durante nuestra conversación hablamos de cómo se siente ahora, ya a meses de cumplir 50 años, con un pasado tan convulso en algunos pasajes y tan satisfactorio en otros. “Bueno por ejemplo ahora que me invitaron al Tedx Roma... me doy mi licencia para sentirme muy bien en esa clase de foros, hablando todo en inglés, habiendo sido hijo de pueblo, de una familia de campesinos, mi abuelo fue administrador de una finca, mi mamá una secretaria pero de cuna humilde... y ver que uno puede transformar su historia de vida, eso es lo que me ha hecho el poder inspirar a otros a que lo hagan, que tu presente no determine tu futuro, tú puedes cambiar patrones que a lo mejor en tu pasado fueron horribles, te llevaron a malos términos, te han hecho llegar hasta aquí (en referencia a la cárcel), pero tú todavía ahora puedes definir que tu vida no tiene que terminar como empezó”.

--Usted debe estar atesorando un montón de historia de un tú a tú con personas que tal vez no van a dar un viraje total, o tal vez sí... el caso es que en todo este proceso de tratar de cosechar en terreno fértil en la mente y el espíritu de miles de personas, a través de sus charlas, libros, etc. pero ¿no es complicado lidiar con las imperfecciones propias que debe tener usted, como todos, al convertirse en una especie de ejemplo o gurú del bien para muchos otros?

--Pero claro que tengo mis malos momentos, tengo mis dudas, tengo mis tristezas, pero cuando uno al final --que fue lo que yo detecté cuando empecé a hacer lo de las conferencias de la Fundación, a trabajar con la Fundación, yo siento que mi vida encontró su propósito... cuando salí de CNN ya estaba empezando este camino pero jamás imaginé el impacto que tendría porque mucha gente me decía “una vez que salgas de la pantalla de CNN nadie te llamará, nadie leerá tus libros, nadie irá a tus conferencias” ¿pero sabes qué? Yo no tuve dudas, quién me está poniendo a mí una misión de vida es Dios, mi ego me decía que yo siguiera en CNN, pero mi alma me decía que me fuera a servir a otros, no desde las noticias, sino desde el despertar de la conciencia... no quería dar más malas noticias, ahora quiero crear buenas noticias, por ejemplo esto que estamos haciendo, el que yo pueda venir a poner un granito de arena ya es mucho, pero además sé que es mucho más lo que me voy a llevar que lo que voy a dejar"

La despedida duró una eternidad. Varios de los muchachos se perdieron la cena, con tal de departir un poco más con Ismael. Foto: Carlos León
La despedida duró una eternidad. Varios de los muchachos se perdieron la cena, con tal de departir un poco más con Ismael. Foto: Carlos León