Jorge Arturo Mora. 24 agosto
El propósito de la ilustración botánica es retratar con exactitud la flora. Fotos Melissa Fernández
El propósito de la ilustración botánica es retratar con exactitud la flora. Fotos Melissa Fernández

¿Cómo se vería una artista científica? El término suena extraño, pero Darha Solano podría encajar en esta categoría.

El pincel y el microscopio son dos caras de la misma moneda para su trabajo, uno que hace unos años se veía como un imposible.

Si de estereotipos se tratara, Darha no calza en ningún molde estético. No necesita tener una camisa de la NASA para dar a entender que se dedica a la ciencia ni tampoco tiene un estilo bohemio en su vestir para manifestar su actividad artística.

Es una muchacha tranquila, relajada, con una casa llena de dibujos de vacas en cada esquina y un árbol de navidad que, en vez de bolas y luces artificiales, se llena de pulpos, marmotas y también reptiles.

En medio del ecosistema que ella misma ha creado, el silencio impera. Sin música y con el sonido de los carros que transitan fuera de su residencia, ella se decide a abrir la gran caja de lápices de colores que guarda con cariño y toma su propio microscopio.

“Es un proceso que requiere de mucha paciencia, pero al menos a mí me llena de mucha calma”, advierte.

 Recientemente, Darha Solano fue ganadora de la primera muestra de ilustración botánica realizada en nuestro país. Espera que esto sirva para fomentar una disciplina poco conocida. Foto: Melissa Fernández
Recientemente, Darha Solano fue ganadora de la primera muestra de ilustración botánica realizada en nuestro país. Espera que esto sirva para fomentar una disciplina poco conocida. Foto: Melissa Fernández

Darha toma una planta de su maceta y elige qué sector dibujar.

Lo hace ver sencillo: toma las hojas, siente las texturas, encuentra diferencias y se enrumba a recrear, con el ímpetu de un clonador que, en vez de químicos, usa pinceles, la naturaleza misma.

“Esto también es algo creativo”, dice mientras dibuja el crecimiento de la planta con rapidez. “Hay muchas maneras de entrarle a una orquídea. El tallo es importante, sus hojas también... Para hacer las láminas que creamos en el Lankester, segmentamos una planta recogida y realizamos los detalles específicos. En mi casa no tengo el equipo más avanzado, pero uno con la práctica va entendiendo cómo realizarlo”, confiesa.

Hace tan solo dos meses, Darha fue reconocida con la medalla Lankaster en la primera exposición de ilustración botánica en Costa Rica (llamada Arte en nuestra flora), que significó el comienzo de una nueva manera de fusionar las capacidades artísticas con las destrezas científicas que se requieren.

Además de ser una ambición artística, la necesidad por registrar estéticamente la naturaleza es algo presente alrededor del mundo desde hace décadas; Darha, desde su rol de ilustradora e investigadora, completa un tablero en el que conocer el ambiente es vital para intentar predecir el futuro de la humanidad.

 Darha Solano creó su propio estudio de ilustración botánica en su casa. Con su gran colección de lápices, la artista se dedica a dibujar con precisión. Foto: Melissa Fernández
Darha Solano creó su propio estudio de ilustración botánica en su casa. Con su gran colección de lápices, la artista se dedica a dibujar con precisión. Foto: Melissa Fernández
Siempre verde

Desde una de las puertas del nuevo edificio del Jardín Botánico Lankester, en Paraíso de Cartago, se escucha un silbido que poco a poco toma forma de una melodía.

Desde la ventanilla de la puerta se mira a un hombre en saco, barbudo y sonriente tratando de colocar una maceta dentro de un tarro de café. ¿Su propósito? Tomarle una fotografía.

Este hombre se llama Franco Pupulin y, como si su nombre no fuera suficiente, el acento italiano delata su país de procedencia.

Pupulin, quien derrocha pasión por las especies florales, abrió camino hace mucho tiempo en Costa Rica. Llegó en los años 90 a territorio nacional ante la intriga que le generó la flora local y, desde entonces, se ha dedicado a pasar sus días rodeado por el verdor.

“Cuando llegué acá, yo era el único que hacía este trabajo de investigación. Ahora somos siete. Es un alivio saber que vamos creciendo”, afirma sonriendo.

 Franco Pupulin es el coordinador de investigación botánica en el Lankester. Cambió la dinámica de la institución. Fotos Melissa Fernández
Franco Pupulin es el coordinador de investigación botánica en el Lankester. Cambió la dinámica de la institución. Fotos Melissa Fernández

Pupulin se desempeña como coordinador de investigación botánica en el Lankester. Desde el 2000, se convirtió en un líder. Su misión es clara: enseñar a sus colegas más jóvenes no solo a analizar muestras, sino también a ilustrar con precisión quirúrgica a las especies recopiladas.

“Podría sonar como una ambición casi de película, pero la pretensión que tenemos acá es reflejar la historia natural de los organismos dentro del árbol de la vida”, asegura.

En los últimos 18 años, él y su equipo no solo comparan especies, sino que también tratan de comprender cada organismo, algo que no se intentaba en el país antes de su arribo.

“Si un marciano viniera a hacer un estudio en el planeta Tierra y nada más se llevara a Darha, a un esquimal y a un africano, se convencería que el género homo solo tiene tres especies. Su percepción cambiaría con un muestreo más amplio, que comenzaría con 300 hasta tres millones de especies”, detalla con el fin de explicar los antecedentes de la ilustración botánica.

“En el pasado, en plantas tropicales, no se había hecho nunca un muestreo. El estudio de la botánica tropical no se hacía en los trópicos, sino que los países de primer mundo venían de excursión desde España, Portugal, Alemania e Inglaterra, y hacían recorridos cortos y muestreaban poco… O sea, hacían el trabajo que haría ese marciano”, explica.

La preocupación por entender a las plantas, según expresan Populin y la misma Darha, se manifiesta desde las artes desde hace poco tiempo. A mediados del siglo pasado, aparecieron en nuestro país las primeras ilustraciones botánicas y la globalización ha permitido que los componentes de las especies puedan prevenir problemáticas actuales.

Incluso, Populin asevera que en su país natal se extendió una crisis por hongos letales que parecían comestibles. Para el gobierno italiano resultó mejor pagar micólogos que definieran cuáles plantas eran comestibles y cuáles no, tarea que se logró gracias a este tipo de ilustración.

“Es como si se tratara del siglo XVII, donde la gente llega a que expertos les digan si pueden o no comerse los hongos. Y eso que en Italia, por ponerte un caso, solo hay 108 especies de orquídeas, por decirte algo. En Costa Rica hay más de 2.000. El trabajo de ilustrar no se puede dejar de lado porque es necesario interpretar, comparar y ver cómo varían las especies en la historia. Esto es un trabajo infinito”, confiesa Pupulin.

Realidad versus ilustración
 En la foto Darha Solano, ilustradora y bióloga, dibuja una orquídea con la ayuda de un estereoscopio con cámara lúcida, este permite ver a través del lente la imagen de la flor y la mano al dibujar la orquídea. Fotos Melissa Fernández
En la foto Darha Solano, ilustradora y bióloga, dibuja una orquídea con la ayuda de un estereoscopio con cámara lúcida, este permite ver a través del lente la imagen de la flor y la mano al dibujar la orquídea. Fotos Melissa Fernández
Darha Solano calca lo que mira en el estereoscopio. Fotos Melissa Fernández
Darha Solano calca lo que mira en el estereoscopio. Fotos Melissa Fernández

Al igual que en otras disciplinas, la ilustración botánica no se escapa de debates. ¿Por qué dibujar y no tomar fotografías de las plantas? ¿Qué ofrece un dibujo en especial?

“Ofrecen cosas diferentes. En el caso de uno, se puede entender la planta diferente por ser bióloga”, dice Darha, mientras alista su estereoscopio con cámara lúcida, aparato especializado para dictaminar especies.

“Se puede señalar, con mucha paciencia, cada parte. Igual esto no es una pelea entre la fotografía y el dibujo; son cosas diferentes”, agrega.

Franco Pupulin concuerda con Darha y evita cualquier dilema entre ambas disciplinas. Incluso, con su equipo fotográfico, le hace “una sesión” a una planta en investigación.

“Hay que ponerlas a posar”, manifiesta con su acento italiano. “Igual que uno intenta salir de la mejor manera en una fotografía, hay que encontrarles a las plantas el ángulo correcto, que se vean fotogénicas”, dice entre risas.

Por su parte, Darha se encuentra frente a su estereoscopio para demostrar el proceso de ilustración. A diferencia de su casa, donde debía forzar la luz de una lámpara para encontrar las partes de la planta, aquí Darha utiliza la visión de imagen tridimensional para dibujar la planta en papel como si se tratara de un calcado.

Basta asomarse por el lente para observar la mano de Darha flotar como si se tratara de un fantasma. Desde el estereoscopio, se mira al lapicero posarse sobre una hoja en blanco y lentamente, según el ojo de Darha, se recrea la realidad.

“Esto que hace Darha es importante porque antes los investigadores dependían mucho de ilustradores que, eran muy buenos técnicamente, pero no sabían interpretar”, menciona Pupulin.

“Es bueno recordar que la cámara no comete errores al ver o interpretar, pero la cámara no sabe qué información necesitamos. La ilustración nos permite ser más puntuales”, agrega.

Aún así, Pupulin se mantiene escéptico con respecto a los cursos que usualmente escucha sobre ilustración botánica. Teme que en muchos casos solo se toma en cuenta el desarrollo técnico.

“Yo creo que no deberían llamarse cursos de ilustración botánica, sino pintura de plantas, que es algo diferente. Te enseñan a mezclar el azul con el amarillo, a usar pinceles… Son cosas que son indispensables, pero esos cursos carecen de componentes. Si yo a Darha le entrego una planta, ella sabe los componentes conceptuales y de estructuras que se necesitan saber para usos médicos, de registro y evolución”, explica.

“Uno nota cuando el ilustrador no entendió la planta porque suele hacer neblina”, agrega el profesor. “Al detalle, uno no podría identificar qué planta porque al que solo es dibujante y no especialista no conoce conceptos. Por eso este proceso es importante”.

Una vez que el cuerpo de investigadores al que pertenece Darha realiza los bocetos preliminares con el estereoscopio, se envían los dibujos a las computadoras del laboratorio para implantarlas dentro de las ya mundialmente conocidas Láminas Lankester.

Darha y compañía registran por año más de 100 láminas elaboradas con esta técnica. A pesar de sonar como un número grande, Pupulin asegura que no es una cifra suficiente como para alcanzar un muestreo total de la botánica costarricense.

“Nosotros estamos de primeros dentro de los países megadiversos, pero aún nos falta mucho porque muchas veces registramos las mismas especies para encontrar su evolución. Es algo que parece de nunca acabar pero el camino se abre. Cuando empezamos, ni cámaras existían, ahora hasta impresoras tridimensionales tenemos. Ahora podemos disponer de todos estos recursos para hacer algo grande, para hacer algo histórico”, concluye Pupulin mientras toma otra planta para fotografiar

Una vez colocada frente al trípode, Pupulin deja posar a la planta y los silbidos que se tornan en melodías vuelven a aparecer desde su boca. La satisfacción está completa y las plantas están listas para posar de nuevo. Pupulin y Darha no necesitan nada más para sentirse a plenitud.

Franco Pupulin, profesor del Centro de Investigación, pone a posar a una orquídea. Fotos Melissa Fernández
Franco Pupulin, profesor del Centro de Investigación, pone a posar a una orquídea. Fotos Melissa Fernández