
La silla en la que está sentado Kevin rechina con el temblor involuntario de su cuerpo. El nerviosismo también hace que se le quiebre la voz cuando habla. No es fácil lo que está contando: comenzó a inhalar cocaína con su mamá desde los 15 años y ahora esa es una de las razones por las que no puede parar.
Kevin tiene 28 años de edad. Está sentado en una charla de Narcóticos Anónimos en el Hogar Salvando al Alcohólico Roberto Soto Gatgens (Hogar San Cayetano, para resumir), frente a una docena de personas, en su mayoría hombres, que buscan lo mismo: dejar de consumir. Algunos quieren hacerlo para volver a ver a sus hijos, esposas o madres. Otros, porque ya no soportan seguir viviendo en las calles. Y hay quienes lo hacen por simple supervivencia: esta puede ser su última oportunidad de seguir con vida.
“Yo no quiero volver a mi casa, con mi familia, porque creo que esa es mi perdición”, dice Kevin, que al hablar parece tener el desamparo contenido en la garganta.

Kevin es blanco, con algo de sobrepeso, y tiene la barba y el cabello recortados recientemente. Cuenta su historia de forma atropellada; parece decir lo primero que se le viene a la cabeza, sin importar el orden. Se frota la cara con las manos de manera constante. Lo que se logra entender es que, en la adolescencia, tuvo lo que pocos tienen: un carro, parejas mayores de edad y mucha droga.
“Una vez, mi mamá, un tío y yo nos gastamos ¢3 millones en una semana, solo en cocaína”, dice. “Por eso es que quiero alejarme, no volver ahí, a mi casa, porque no voy a poder dejar de consumir”, agrega.
Deja de hablar y los demás responden: “Gracias”. Después de cada intervención, agradecen escuchar las historias de sus compañeros. Al fin y al cabo, casi todas son similares. Me permiten estar presente, pero no dar detalles sobre sus identidades ni sobre rasgos que puedan identificarlos. Me advierten que más de alguno ha hecho mucho daño afuera.
Esta es la tercera de seis charlas que se brindan a diario en el albergue. Todos se reúnen en círculo y siguen una especie de liturgia: se alternan para leer, guardan un minuto de silencio y se toman de las manos. Una instructora los dirige. Ella también es “una adicta en recuperación”. Lleva un año sin consumir, pero asegura que estas colaboraciones le ayudan a mantenerse alejada de las drogas.
Eso es lo que representa este lugar: personas que, hora a hora, luchan por no caer.
El albergue de San Cayetano
El Hogar San Cayetano está ubicado en el distrito Catedral, en San José. Fue fundado en 1980 para la recuperación del alcoholismo; sin embargo, la proliferación de las drogas ha ampliado su alcance a la rehabilitación de otras adicciones por consumo de sustancias psicoactivas.
Se trata de una construcción amplia, de bloque sólido, con portones y ventanas de acero. En su interior hay oficinas, un salón de charlas, dormitorios para hombres y mujeres, baños, área de lavado, cocina y un patio con árboles que los internos utilizan para caminar o hacer ejercicio.
Es una institución autorizada por el Instituto sobre Alcoholismo y Farmacodependencia (IAFA) y, por lo tanto, cuenta con todas las medidas de seguridad y un equipo profesional conformado por psicólogo, trabajador social, médico y enfermero.
Mario Torres, representante legal de la junta directiva del hogar, explica que el tratamiento es cognitivo-conductual y busca informar sobre qué es la enfermedad de la adicción, sus consecuencias y las herramientas necesarias para mantenerse sin consumir.
Torres también es alcohólico en recuperación. De hecho, se enorgullece de que la mayoría de la junta directiva y casi todos los trabajadores del albergue se encuentren en la misma situación. “Eso hace que tengamos más empatía con los internos”, dice.

Situación de los albergues: “Estamos con el agua al cuello”
El programa dura 15 días y se puede ampliar hasta por una semana más. Consta de seis charlas terapéuticas de lunes a viernes. Los internos —un máximo de 14 hombres y seis mujeres— reciben una cama, ropa, seis tiempos de comida, agua y energía eléctrica. “Muchos logran salir y recuperarse, pero otros siguen atrapados y son reincidentes; como toda enfermedad crónica, son proclives a las recaídas”, señala Torres.
El albergue es una ONG que se mantiene con donaciones. Recibe una partida del IAFA —para pagar parte de los especialistas— y otra de la Junta de Protección Social (JPS). A los internos se les solicita un aporte de ¢60.000, pero solo una minoría puede pagarlo. El dinero no alcanza para cubrir todos los gastos.
“Estamos en una situación crítica”, dice Torres. “Los gastos de mantenimiento son muchos y las deudas se están volviendo impagables”, agrega.
El Hogar San Cayetano tiene actualmente una deuda cercana a los ¢20 millones. No es un caso aislado. Jorge Acuña, presidente de la Federación de Hogares Salvando al Alcohólico (Fedehogares), asegura que la situación económica de los albergues en el resto del país es muy similar.
“Todos los albergues tenemos el mismo sufrimiento, estamos con el agua al cuello”, afirma Acuña. “De seguir por este camino, estamos destinados a desaparecer”.
El techo del Hogar San Cayetano está a punto de colapsar. Durante el invierno, la lluvia se filtra por varios puntos y el cielorraso se encuentra desprendido. Las camas ya están dando lo último de su vida útil y la cámara de refrigeración está dañada. El equipo de oficina es obsoleto y necesita reparación o reposición. La JPS aprobó fondos para el mantenimiento de las instalaciones hace dos años, pero desde entonces la respuesta ha sido que no hay recursos disponibles.

Aumento de la adicción en menores
Costa Rica enfrenta un problema creciente de adicción. Las cifras reflejan un aumento en el consumo de drogas psicoactivas después de la pandemia, especialmente en menores de 18 años. En 2024, el IAFA atendió a 30.017 personas por consumo, lo que representó un 25,43% más que en 2019. En ese mismo período, la atención a menores aumentó casi un 90%.
Además, las infracciones relacionadas con drogas han alcanzado cifras cercanas a sus máximos históricos. En 2023 se dictaron 1.237 condenas, 450 de ellas contra jóvenes, por infracciones a la Ley 8204 sobre estupefacientes, sustancias psicotrópicas y actividades conexas.
Según un informe de la Comisión Técnica Interinstitucional sobre Estadísticas de Convivencia y Seguridad Ciudadana (Comesco), estos resultados reflejan la vulnerabilidad de la población joven en contextos de alta desigualdad y pocas oportunidades.
“El atractivo material y simbólico asociado a los eventos delictivos por drogas y al consumo de sustancias ilícitas convierte a los jóvenes en un grupo vulnerable, ya sea como víctimas o como actores de la delincuencia”, señala el informe.
En términos simples, los jóvenes encuentran más rápido los “atractivos” del narco que espacios como el Hogar San Cayetano, adonde llegan quienes quieren parar o no caer más hondo.
IAFA no prescribe medicamentos a personas no aseguradas
Para los albergues, la situación se ha vuelto aún más compleja. El 21 de agosto del año pasado, el IAFA emitió una directriz mediante el oficio AT-0253-08-2025, en la que instruye que las personas que no cuentan con aseguramiento vigente no podrán recibir prescripción de medicamentos como parte de su tratamiento.
“Se les dará la atención correspondiente, pero no se les podrá prescribir tratamiento farmacológico, debido a lo establecido en la normativa de la Caja Costarricense de Seguro Social y los lineamientos vigentes”, señala el documento.
Para Jorge Acuña, presidente de Fedehogares, esta decisión representa un “atropello”, ya que la mayoría de las personas que llegan a los albergues no cuentan con seguro. Esto impide tratar enfermedades crónicas y abordar adecuadamente los procesos de desintoxicación.
La Nación consultó a la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) y al IAFA, pero al cierre de esta edición no obtuvo respuesta.
La Asociación Nacional de Empleados Públicos y Privados (ANEP) denunció que negar medicamentos a personas con enfermedades crónicas vinculadas a la dependencia de sustancias “interrumpe tratamientos esenciales, incrementa el riesgo de recaídas y expone a los pacientes a consecuencias irreversibles”.
Para Acuña, este problema ha pasado desapercibido porque afecta a una población marginal, sin recursos económicos; sin embargo, se trata de una situación transversal que se extiende a todas las provincias: visible en personas tiradas en las calles.
“Nosotros somos la línea de contención de la adicción”, afirma Acuña. “Y estamos a punto de desaparecer”.

Delirium tremens
Al albergue llega José, un hombre de 55 años que aparenta más de 60. Es alcohólico. Lo acompaña su esposa, con el rostro agotado. Ella realiza todo el trámite; él apenas observa, con la mirada triste y desconcertada. La escena recuerda a una madre matriculando a su hijo en la escuela.
Luego de unos minutos, José se queda en el hogar. Busca un lugar apartado para sentarse. Cuando sirven el almuerzo, no come. Su primera reunión es la de Narcóticos Anónimos y permanece en silencio, ajeno a lo que sucede a su alrededor.
El encargado de su ingreso es Fernando Murillo, director del Hogar San Cayetano y con más de 38 años de experiencia en centros de rehabilitación. Murillo explica que algunos adictos reaccionan de esta forma.
“Una estrategia que utilizamos es confrontarlos poco a poco y preguntarles sobre aquello que les causa molestia, para que empiecen a hablar”, señala.

La escasez de medicamentos dificulta el trabajo, pues muchos ingresan con síndrome de abstinencia o con trastornos mentales. “Si no tienen medicación, se desestabilizan”, explica Murillo, quien añade que el síndrome de abstinencia suele manifestarse a partir del cuarto día de haber dejado de consumir.
En la etapa más avanzada aparecen las alucinaciones: cucarachas, monos, hormigas u otros animales que sienten que se les suben por el cuerpo. “Es el delirium tremens”, dice Murillo, mientras señala una cama rota por una persona que entró en ese trance.
El delirium tremens ocurre cuando el sistema nervioso se intoxica por el consumo prolongado de sustancias. Provoca temblores extremos, comportamiento errático y problemas cardiovasculares. “Algunos se vuelven agresivos, otros no, hay de todo, pero es peligroso para nosotros y para los demás usuarios del albergue”, explica.
Aunque el médico del hogar medica estos casos, la negativa del IAFA ha complicado su manejo. “Estamos resolviendo con un stock de medicamentos que teníamos, pero se está agotando”, dice Murillo.
Según Fedehogares, esta situación se repite en todos los albergues del país. Mientras tanto, los adictos enfrentan la abstinencia con el cuerpo tembloroso y animales imaginarios persiguiéndolos.

Punto clave de transbordo de cocaína
No es un secreto que la cocaína ha desbordado el país. El pasado 26 de enero, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos describió a Costa Rica como “un punto clave” de transbordo de cocaína a nivel mundial.
El reporte señala que desde la apertura del puerto de Moín, en 2019, este se ha convertido en un centro regional estratégico para el transbordo de droga. Los grupos criminales han luchado por el control del puerto y sus alrededores para exportar cocaína en contenedores, añade el documento.
En 2020, Costa Rica superó a México como principal punto de transbordo de cocaína con destino a Estados Unidos, Europa y otros países, según el Departamento de Estado de ese país. Aunque México retomó el primer lugar, Costa Rica le sigue de cerca.
Entre 2018 y 2022 se decomisaron, en promedio, 35 toneladas por año, según datos de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC).
Una parte importante de la droga que transita por el país se queda para consumo interno. Una buena proporción se vende como crack, un derivado de la cocaína. En 2023 se decomisó la mayor cantidad de piedras de crack registrada hasta ahora: 493.233, y la tendencia continúa al alza.
El informe de Comesco advierte que la venta de otras drogas, como hachís, heroína, éxtasis, LSD y ketamina, ha ganado terreno. Estas sustancias representan una oportunidad para las organizaciones delictivas, ya que su transporte implica menos logística y riesgo que el tráfico de cocaína.
Un ejemplo concreto es Kimberly, de 33 años, la única mujer interna en el Hogar San Cayetano. Llegó hace ocho días, después de que le realizaran un lavado gástrico en el hospital por una intoxicación por drogas.
“Pensé en quitarme la vida, fue el fondo que tuve que tocar”, dice Kimberly, de cabello rizado y rubio, con anteojos. “Combiné muchas drogas. Empecé a consumir otras, además de cocaína y alcohol: pastillas, tusi, éxtasis, entre otras, durante un fin de semana, hasta que colapsé”.
Según el IAFA, las tres sustancias psicoactivas ilegales que la población considera más fáciles de conseguir son marihuana, cocaína y crack. Sin embargo, las fuentes consultadas para este reportaje —una decena de adictos en recuperación— aseguran que las drogas sintéticas son cada vez más accesibles y las venden los mismos distribuidores.
Kimberly afirma que su expareja fue el detonante de su adicción. Con él comenzó a consumir alcohol a los 21 años.
“Yo me emborrachaba y los amigos de mi expareja me subían al cuarto y no sé qué pasaba. Cuando despertaba, estaba con otra ropa y él no estaba. Entonces no sabía si me manoseaban o me cambiaban la ropa. Para no dormirme y no perder el control, empecé a consumir cocaína”, relata.
Durante la abstinencia ha experimentado episodios de enojo profundo. “No quiero ver a la gente, no quiero hablar, me dan ganas de llorar”, dice.
Lo más doloroso, asegura, es la lucha interna: por un lado, las ganas constantes de consumir; por el otro, su hijo de nueve años, la principal razón que tiene para rehabilitarse. Esas son las dos vocecitas que no dejan de murmurar en su cabeza.

El miedo a salir
Las manos de Henry están frías por los nervios. Hoy es su último día en el albergue y empaca su ropa para irse. En unas horas volverá al apartamento del que fue rescatado por su hermano hace 20 días.
“No me podía ni levantar de la cama”, dice Henry, de 31 años, quien cuenta que llamó a su hermano gemelo —adicto en recuperación desde hace años— para que lo ayudara a ingresar al albergue.
Henry es de baja estatura, cabello negro y bigote largo. Es músico —compone e interpreta—, técnico en contabilidad y habla inglés. Trabaja en el área contable de una zona franca y se reincorporará en los próximos días.
No es la primera vez que se interna. En diciembre de 2023 también estuvo en el Hogar San Cayetano, pero recayó pocos meses después. “Consumía incluso en contra de mi propia voluntad. Vomitaba cada vez que bebía, me sentía cansado y aun así quería seguir tomando. Es irracional, pero era mi manera de sobrevivir”, explica.

La sustancia que lo hizo recaer fue el vino, de caja, que cuesta ¢3.500 el litro. Llegó a consumir hasta dos litros diarios, combinados con marihuana, cocaína y piedras de crack.
“No podía parar”, dice Henry, quien recuerda que hubo mañanas en el albergue en las que se despertaba llorando por la ansiedad de salir a consumir. “El internamiento es doloroso, pero me salvó la vida”.
El dolor es algo que los adictos comparten. De forma consciente o inconsciente, la sustancia les ofrece breves tramos de alivio. El ciclo se repite: drogarse para curar heridas que abren nuevas heridas.
Henry conoció el dolor desde niño, cuando fue abusado sexualmente por su padre. “Ahora mi papá está enfermo, tiene cáncer terminal, y es duro. Cuando se siente mal, cree que va a morir, me llama, se pone a llorar y me pide perdón”, cuenta.
Antes de salir del albergue, Henry se despide de sus compañeros. Le leen una especie de manifiesto, lo abrazan y le desean suerte. Afuera, espera no volver a buscar el vino para calmar el dolor.
(Si usted quiere apoyar al albergue San Cayetano, puede contactar a los siguientes números: 22274065 y 71996123)
