Revista Dominical

Alfonso Trejos Willis, el discípulo de Clorito Picado que transformó a Costa Rica

Su vida fue una maravilla andante. El pequeño que demostraba un hambre por el mundo fue una piedra angular para la ciencia, las luchas sociales y el respeto a la vejez. Recordamos su legado a cien años de su nacimiento

Es sabido: los grandes nombres no vienen en astrolitos. Nacen bajo un techo, en una casa, en los brazos de una madre. En el caso de Alfonso Trejos Willis —hijo de José Francisco (Paco) Trejos Quirós y Grace Willis Ross— fue un 3 de noviembre de 1921, año en que se conmemoró el centenario de la independencia de Costa Rica.

Un siglo después, repasar la cronología de su vida es enumerar páginas en dorado. Son muchas (demasiadas para resumirlas en este texto) las bondades y los aportes que los testimonios de vida describen de sus logros. Aún así, un centenario ha pasado y es como si don Alfonso siguiera latiendo.

Discípulo predilecto

Corría el comienzo del siglo XX. Para aquel momento, el nombre de Clorito era sinónimo de sabiduría. Todavía lo sigue siendo, pero la magia de mencionar al científico e investigador Clodomiro (Clorito) Picado Twight implicaba brotar un aliento mágico.

Clorito se había graduado en Francia en 1913 y todo su conocimiento estuvo a disposición de las investigaciones que se realizaban en el Laboratorio Clínico del Hospital San Juan de Dios. También impartía lecciones de ciencias naturales en el Liceo de Costa Rica, el Colegio Superior de Señoritas y era una figura referenciada por la prensa. Lo que él decía iba para primera plana.

El progenitor de Alfonso, recordado como “don Paco”, se hizo amigo del eminente científico, quien desde 1919 dirigía la Revista de Costa Rica, donde divulgaba importantes descubrimientos e investigaciones.

Con la fama en sus espaldas, un día Clorito recibió a don Paco y a un Alfonso adolescente. Según cuenta Luko Hilje, investigador que trabajó con don Alfonso, durante las vacaciones colegiales era usual que don Paco buscara trabajo para su hijo como ayudante de contabilidad en alguna empresa, pero un año se propuso hacer algo diferente.

Pensó en que su amigo Clorito podría potenciar el talento que ya don Paco olía de antemano sobre su hijo. Tener a un maestro como Picado podía significar una orientación de lujo para cualquier muchacho, así que un día consiguió un trabajo sin remuneración en el laboratorio de su científico amigo.

“Para retornar al encuentro con Clorito, una mañana de lunes, muy temprano, se apersonaron don Paco y su hijo al Hospital San Juan de Dios. Como Clorito no había llegado aún y don Paco tenía otro compromiso, le explicó a su hijo lo que tenía que decirle. Cuando este arribó, el muchacho se presentó, le dijo su nombre y la razón por la que estaba ahí. Pensaba que, como todo estaba pactado a través del amigo de su padre, lo acogería de inmediato, pero la reacción de Clorito fue apabullante: ‘¿Sabe qué, Trejos? A mí, hasta para regalarme mil pesos, primero tienen que preguntarme si los quiero”, cuenta Hilje.

Pero, a pesar de la sorpresa, el muchacho se ganó la confianza de la eminencia. Clorito aprobó esa suerte de “pasantía” para Alfonso y poco a poco el muchacho lo deslumbró.

En reportes de prensa, en 1937, se supo de un joven colegial apellidado Trejos Willis que pudo tomar “la primera fotografía de un eclipse solar en Costa Rica, con un telescopio y equipo fotográfico rudimentarios”, uno de los primeros registros que se encuentran sobre sus habilidades y vocación.

“Fue una decisión tan afortunada que, a partir de entonces, le permitió a Trejos interactuar para siempre con el sabio, hasta que lo transformaría en su principal discípulo. La mayor evidencia de su productiva relación científica fue que, con apenas 21 años de edad, en 1942 publicaban juntos el libro Biología hematológica elemental comparada”, relata Hilje.

Ante tales talentos, y con el músculo que involucraba su apellido, Picado logró que Alfonso fuera a Brasil a estudiar en el prestigioso Instituto Oswaldo Cruz, en Rio de Janeiro, donde se graduó en Biología Aplicada a la Medicina. Después se graduaría en Biología, Zoología y Botánica de la Universidad de Brasil. Durante ese período destacaron sus investigaciones sobre enzimas de la bacteria Staphylococcus aureus.

De regreso

Dejando atrás la vida en Sudamérica, Alfonso quería aportar sus conocimientos al servicio del país. Antes de que llegaran los años 50, comenzaría una etapa clave de su vida: investigar desde el laboratorio clínico del Hospital San Juan de Dios, donde se convertiría en su director.

¿Qué sucedió allí? En primer lugar, el doctor Trejos se encargó de la organización y modernización de los servicios de análisis del centro de estudios, consolidando al laboratorio no solo como una unidad de diagnóstico, sino también en un recinto de investigación en Microbiología y Medicina Tropical.

Justo ese cambio en la mirada del oficio del microbiólogo sirvió para reforzar las investigaciones en este ámbito, pues en paralelo se creaba la carrera de Microbiología en la Universidad de Costa Rica.

Al formarse la carrera, Alfonso fungía como profesor de Protozoología y Micología, donde sembró gratos recuerdos. Todos esos conocimientos también cimentaron la creación de la Revista de Biología Tropical, con el apoyo del Rector de la UCR, Rodrigo Facio Brenes. Muy rápidamente, la publicación fue el principal referente de difusión científica en el país.

“Yo creo que la gente lo recuerda con especial aprecio porque era un humanista cabal. Así lo podría resumir yo. Realmente estaba preocupado por enseñar y aportar. Pudiendo haberse enfocado en hacer dinero, como otros compañeros de generación, él tomó otro camino. Lo que más le motivaba era generar transformaciones en el país para impactar positivamente a su entorno”, analiza su hijo Eduardo.

Posteriormente, de 1966 a 1970, se desempeñó como jefe del Departamento de Laboratorios y fue asesor principal del Centro Panamericano de Zoonosis de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), en Buenos Aires, Argentina.

Ese mismo año regresó a Costa Rica, retomando la dirección del laboratorio clínico del San Juan de Dios y continuando con sus labores pedagógicas en la UCR.

“Era un humanista cabal. Así lo podría resumir yo. Realmente estaba preocupado por enseñar y aportar. Pudiendo haberse enfocado en hacer dinero, como otros compañeros de generación, él tomó otro camino. Lo que más le motivaba era generar transformaciones en el país para impactar positivamente a su entorno”

—  Eduardo Trejos, hijo de don Alfonso

Más allá de la ciencia

Su compañero biólogo Luko Hilje asegura que el joven Trejos, muy posiblemente, se inspiró en la forma como Clorito asumió su condición de científico y ciudadano. No se trataba de ser solo bueno en el laboratorio, sino también tener la mirada en el mundo.

En 1971 Costa Rica se encontraba agitada. Hubo campesinos expulsados de tierras y obreros bananeros que pedían mejorar condiciones laborales... Y todo esa agitación social, que pudo pasar desapercibida desde un laboratorio, no fue indiferente para él.

“Cuando necesitábamos algún apoyo para esas nobles luchas, ahí estaba don Alfonso; además lo encontrábamos a menudo en las movilizaciones en favor de esas y otras reivindicaciones populares. Anecdóticamente, en una de esas ocasiones, un oficial de policía retuvo a un joven que repartía panfletos y pretendía decomisárselos. Don Alfonso presenció la escena, se acercó, le pidió al muchacho los papeles y continuó el reparto. Al ver aquel hombre grande, elegante, de imponente personalidad, repartiendo los panfletos que pretendía decomisar, el oficial se paralizó y sólo se movió cuando decidió retirarse de la escena. Así era don Alfonso”, cuenta Daniel Camacho Monge, profesor Emérito de la Universidad de Costa Rica.

En la década de 1980 entró al Consejo Superior Universitario Centroamericano (CSUCA), asumiendo la dirección del Programa Centroamericano de Ciencias de la Salud en dicho organismo. Allí ocurrió un hito, pues fortaleció la producción local de reactivos de laboratorio en tiempos en que se dependía de insumos traídos del extranjero.

“Ël encontraba soluciones y pensaba fuera de la caja. Cuando se quedan sin reactivos en los 80, él sacó los libros de Clorito y les planteó: ‘vamos a hacer reactivos nosotros, no podemos depender de nadie’, y eso fue tratar de resolver los problemas de formas innovadoras. Eso llevó al laboratorio del San Juan de Dios a niveles diferentes, siendo el primero en comprar los equipos rudimentarios para que microbiologos hicieran desarrollo. Él, en verdad, quería hacer que la sociedad costarricense se beneficiara”, dice su hijo Eduardo. Así se dio la producción de reactivos para determinación de grupos sanguíneos y de antígenos para diagnóstico de parasitosis.

En 1982 se realizó la I Asamblea Mundial para el Envejecimiento, con el objetivo de garantizar el bienestar de las personas mayores. Como ya había demostrado anteriormente, don Alfonso era un hombre sensible, por lo que abogó por la formación de los adultos mayores pensando en factores físicos, psicológicos, culturales, religiosos, espirituales y económicos.

En esa época, en consecuencia, se aprobó el Plan de Acción Internacional de Viena sobre el Envejecimiento, que pretendía propiciar la enseñanza, capacitación e investigación en etapas de envejecimiento.

Eduardo Trejos, el hijo menor de don Alfonso, mira sus recuerdos de aquella época entre puros “chineos”. Su padre falleció cuando tenía 15 años y recuerda que aún en sus últimos años de vida su carácter seguía siendo el mismo: un apasionado.

“Para mí era un superhéroe. Era un hombre imponente, alto, con el pelo blanco desde muy joven y un gran bigote. Yo podía saber, aún siendo un niño, que era un intelectual. Lo veía los fines de semana creando rosales, creando el mejor vinagre de guineo, reproduciendo peces beta… Pasaba la tarde en el pequeño jardín de la casa ideando y siempre con la pasión de mantenerse activo”, rememoró Eduardo.

“Ël encontraba soluciones y pensaba fuera de la caja. Cuando se quedan sin reactivos en los 80, él sacó los libros de Clorito y les planteó: ‘vamos a hacer reactivos nosotros, no podemos depender de nadie’, y eso fue tratar de resolver los problemas de formas innovadoras. Eso llevó al laboratorio del San Juan de Dios a niveles diferentes”

—  Eduardo Trejos, hijo de don Alfonso

Estando mayor, Eduardo recuerda que plantó perejil en su casa y don Alfredo estaba feliz de llevar a vender el producto a la feria del agricultor. La sorpresa fue verlo de regreso porque “no se podía vender así no más. Se enteró que no. Pero esta anécdota es una más de las miles de formas en que él quería mantenerse activo”.

Como investigador del Instituto de Investigaciones en Salud, don Alfonso dirigió el Programa de Envejecimiento Biológico. Allí realizó estudios para valorar la mortalidad y determinar características sociales, económicas y sanitarias de las personas mayores de 60 años en algunos cantones del país.

En otros sitios propició estudios para determinar la salud bucodental de personas mayores de 60 años, así como estados nutricionales. Don Alfonso siempre quería aportar más.

Para 1983, el Consejo Universitario solicitó al Consejo de Rectoría integrar una comisión con funcionarios conocedores del tema, con el fin de analizar la apertura de la universidad a las personas mayores. Don Alfonso quedó como coordinador de un talentoso grupo que, para fin de año, convocó a docentes jubilados para pensar el proyecto.

En 1985, con una participación aproximada de 400 personas, se realizó un plan piloto para incluir a personas mayores de 50 años en los cursos regulares de la UCR. Finalmente, la apertura de cursos para la población mayor en esa universidad se aprobó en febrero de 1986.

Por si fuera poco, en 1988 la Comisión de la Tercera Edad propició la creación del Programa Integral sobre el Envejecimiento, que hoy conocemos como Programa Integral de la Persona Adulta Mayor (PIAM).

“Para él, era un sufrimiento que los procesos de jubilación fueran excluyentes en la sociedad”, recuerda su hijo Eduardo. “Como era una persona tan activa, que siempre leía artículos científicos o trabajaba en el jardín, quería que los adultos mayores en sus últimas etapas fueran productivos y de mucho apoyo para la sociedad, algo que no se había pensado hasta entonces”, rememora.

El doctor Miguel Esquivel, del Hospital San Juan de Dios, escribió que Alfonso Trejos fue un hombre de su tiempo y un refinado producto de la educación de los años treinta. “Sus maestros, sin lugar a dudas lo más selecto de la época, pulieron su gusto y le procuraron un extenso conocimiento de las humanidades, así como una verdadera disciplina científica que le convirtieron en instrumento útil para la búsqueda de la verdad”.

Su hijo Eduardo acaba con sus recuerdos diciendo que “como todos, mi papá tenía partes iluminadas y oscuridades. Pero lo maravilloso fue cómo sus virtudes y defectos se complementaron para hacerse mejor persona. Creo que pudo hacer ese equilibrio y no cualquiera lo logra”.

Don Alfonso Trejos Willis falleció en el 25 de marzo de 1988, a los 66 años de edad. Para alguien así de extraordinario, el doctor Esquivel finaliza en una reseña sobre su trabajo que el doctor Trejos “ha ganado un sitio de honor en la ciencia”. No podría tener más razón.

Jorge Arturo Mora

Jorge Arturo Mora

Periodista de cultura y sociedad para Viva, Áncora y Revista Dominical.