Roberto García H.. 22 agosto, 2015

Me lo dijiste en muchas oportunidades, frente a tazas de café o en nuestras largas conversaciones telefónicas. Y lo consigné siempre así, tal como lo expresaste, en entrevistas periodísticas y columnas de opinión.

Querías morir en el banquillo, en pleno ejercicio de tu profesión.

El entrenador Orlando de León festejó a más no poder el ascenso del Municipal Liberia en el estadio Lito Pérez, en Puntarenas. | LUIS NAVARRO
El entrenador Orlando de León festejó a más no poder el ascenso del Municipal Liberia en el estadio Lito Pérez, en Puntarenas. | LUIS NAVARRO

No sabías vivir tu ADN del fútbol, en otro sitio que no fuera ese pequeño redil que el reglamento asigna al director técnico, junto a la raya lateral del campo, ese reducido espacio que tu dimensión de estratega hizo trascender, al tenor del rigor táctico y el ojo de tigre que te llevó a triunfar en el balompié nacional e internacional.

Además, viejo entrañable, nos sorprendiste, así, de golpe, con tu partida, posiblemente porque tu afán era viajar a la eternidad con un título de campeón bajo el brazo, como ese que lograste por sétima vez en tu trayectoria fecunda, al ascender a Liberia a la Primera División.

¡Grande, Quijote, grande! Gracias por tu maravilloso ejemplo de amor, adrenalina y compromiso.

Luchaste a brazo partido contra los molinos de viento en que se solían transformar los de pantalón largo, como llamabas a los dirigentes. Perdían la paciencia y te exigían milagros que a veces tardaban en llegar. Mas, tarde o temprano llegaban, porque las semillas se toman su tiempo para germinar. Y luego brotaban por decenas los jóvenes talentos que supiste forjar con tu vocación de maestro.

Nos dejaste de madrugada, con cielo despejado, quizás para viajar más rápido al anhelado reencuentro con Orbel de León, tu hermano y amigo del alma, con quien, por fin, estarás departiendo sobre arqueología (otra de tus pasiones), literatura, fútbol y humanidades.

El entusiasmo fue tu bandera desde que tu abuelo, Gilberto Catalurda, te heredó ese principio, cuando apenas eras un niño, en tu Maldonado natal. Así lo leyó un juez en el testamento. Lo aceptaste, cumpliste y lo lograste, hasta el domingo pasado que estuviste vigente en el banquillo, tu afán y destino.

Es difícil razonar y escribir cuando el llanto nubla las pupilas y los dedos se agolpan sobre el teclado. Pero, una vez más, La Nación me ha concedido el privilegio de escribir acerca de vos. Para honrar tu memoria. Gracias por siempre, Orlando de León Catalurda, amigo sincero, espontáneo, leal.

¡Sempiterno!