Roberto García H.. 4 enero

Fieles a la tradición, tras el recuento de lo vivido, entre ilusión y expectativa las personas consumimos 12 uvas al filo de la medianoche, cada 31 de diciembre. Ahora, al despuntar el 2020 nos aprestamos a iniciar un nuevo campeonato de fútbol de la Primera División, después de la obtención del último cetro del Herediano, con los méritos innegables del conjunto que supo cerrar la fase crucial, ante un Alajuelense que encasquilló cuando debía disparar con precisión centenaria.

Valgan entonces los propósitos que renovamos en cada hogar al estrenar la primera de las 12 planas del calendario, a ver de qué manera el balón que rueda deja atrás ciertas prácticas perniciosas de gramilla. Por ejemplo, que los protagonistas del espectáculo dejen de agarrarse de las mechas cada vez que se va a ejecutar un tiro de esquina. Que desechen para siempre el burdo recurso de caer fulminados por cualquier nimiedad, con tal de engatusar al árbitro. En esa tesitura, pidamos que los hombres del silbato se amarren los pantalones ante las malacrianzas de “astros” que se arrogan el derecho de vociferar con descarada insolencia, a vista y paciencia de una autoridad que los patea bolas ignoran adrede y, en consecuencia, socavan alarmantemente.

En el plano de la dirigencia, se requiere que la jerarquía del fútbol se ejerza con ética, responsabilidad y, sobre todo, sentido común, todo ello en función del interés colectivo y en beneficio de la mayoría. ¿Quién manda en el fútbol nacional? ¿La Fedefútbol o la Unafut? ¿Se complementan o se estorban? ¿Cuándo se va a establecer el estatus legal y laboral de los árbitros? ¿A quién deben rendir cuentas? ¿Quién o quiénes son sus patronos?

En relación con el entorno, intentemos hablar de fútbol, que los que saben, sean jugadores, técnicos, dirigentes, periodistas, cronistas o analistas, nos enseñen a la luz de la experiencia, a ver si elevamos el nivel general de las discusiones y surgen controversias genuinas, en lugar de la pirotecnia del dime que te digo del que hacen gala tantísimos y no tan variados espacios deportivos. La autocrítica siempre viene bien si, al aplicarla, velamos porque el ritual de la vid del 31 no se nos agríe, ni convierta el fútbol en las uvas de la ira.