Roberto García H.. 21 diciembre, 2019

Roy Rogers montaba en su caballo. Se echaba atrás el sombrero y recorría a todo galope la callecita de piedra y el parquecito de la iglesia de ladrillo, rumbo a la pulpería La Pascua, en San Francisco de Goicoechea. Ataba las riendas del brioso corcel de palo de escoba en el abrevadero, y entregaba la lista y la libreta de fiado, en la que don Herminio apuntaba el pan, la jalea de guayaba y las onzas de café. El jinete volvía a montar y regresaba con el mandado y su botín de feria de confites de mantequilla, mientras el pulpero de la camisa blanca lo miraba alejarse a través de los anteojos que el buen hombre sostenía, asombroso artilugio, en la punta de su nariz.

Después del mandado y las correrías entre indios y vaqueros, el pistolero cambiaba el potro por su pequeño planeta de gajos. Entonces, ya no era el cowboy de las historietas. Se convertía en Walter Elizondo, el zaguero indómito, o en el mítico guardameta Felipe Induni, si sucedía que los mamulones de la mejenga le ordenaban custodiar, entre piedra y piedra, la línea de gol.

La pequeña esfera color caoba era el reluciente tesoro que había amanecido al pie de su catre, en la mágica aurora del 25 de diciembre, hace ya muchísimos años. El aroma de cuero nuevo en la habitación se mezclaba con el ciprés, los caminos de aserrín, la laguna de espejo donde nadaban patos gigantes y cruzaban los reyes magos entre parajes de lana y musgo, hasta el pesebre donde José el carpintero se esmeraba en el cuidado de María la Virgen, y del recién nacido, un Ser Divino quien, 33 años después, se convertiría en el mártir del madero y sería flagelado por sus prédicas revolucionarias de amor, perdón, pan e igualdad.

El tiempo es un dios inexorable. En su eterno devenir, el pequeño planeta de gajos fue marcando la transformación del niño de las quimeras en el cansado jinete de los sueños postergados y las ilusiones rotas. Hoy, el gran anhelo del habitante de la icónica esfera de cuero y caoba, se expresa en la oración sincera y en el íntimo deseo de vivir y compartir, junto a usted, el milagro del día siguiente. ¡Feliz Navidad!