Esteban Valverde. 15 noviembre, 2019
Jefferson Brenes es parte de los convocados para los juegos de la Copa de Naciones ante Curazao y Haití, pese a que no viajó para el primer compromiso, pero volverá el viernes a integrarse a los entrenamientos patrios. Fotografía: Agencia Ojo por Ojo
Jefferson Brenes es parte de los convocados para los juegos de la Copa de Naciones ante Curazao y Haití, pese a que no viajó para el primer compromiso, pero volverá el viernes a integrarse a los entrenamientos patrios. Fotografía: Agencia Ojo por Ojo

Jefferson Brenes tiene 22 años; no obstante, a su corta edad ha afrontado situaciones más que difíciles, que lo obligaron a enfrentar sus miedos más profundos. Él vio a su familia en prisión y creció en medio de ofrecimientos de cuanta droga existe, empero no cayó, sino que emergió para ser hoy un ejemplo digno de imitar.

Este joven siquirreño que irrumpió en el fútbol costarricense hace año y diez meses, ahora ficha del Herediano y seleccionado nacional Mayor y Sub-23, enfatiza que no le avergüenza recordar los tres años más difíciles de su vida, ya que este tiempo le dio la oportunidad de ser fuerte, cuando tuvo que sortear obstáculos junto a su hermana Neriana Brenes. Por circunstancias de la vida, sus padres tomaron malas decisiones que los llevaron a la cárcel.

En 2012 Brenes pensó que su vida se desmoronaba al ver que sus progenitores eran detenidos, pero fueron más fuertes su deseo de ser diferente y cambiar la mentalidad de los suyos para demostrarles que los sueños se pueden cumplir con esfuerzo.

“Desde muy pequeño, antes aclaro que a mí no me avergüenza decirlo, mi mamá y papá, por problemas de dinero, fueron a la cárcel, por asuntos de drogas, fueron cosas que no estuvieron bien, ellos vendían droga, no me da vergüenza decirlo porque gracias a Dios salieron de eso, pero mis papás estuvieron en la cárcel, mis hermanos también, entonces me tuve que ir a vivir con mi hermana por tres años”, recordó.

Con voz entrecortada, el volante de contención mencionó que esos 1.095 días que no tuvo a la par a don Óscar Brenes y doña Cristina Rojas fueron bravos, al punto que las tentaciones para caer en los malos pasos no faltaron. A la vez atacó el deseo por dejar todo botado y empezar a andar sin rumbo por la vida.

Jefferson creció en el barrio San Martín de Siquirres. De su niñez tiene el recuerdo y la enseñanza de su padre de que la vida se gana con trabajo y humildad.

Los valores que le trasladaron, curiosamente sus padres, y su deseo enloquecido por ser futbolista fueron las armas de este mediocampista para driblar la marihuana y las bebidas alcohólicas.

Como si le hubiera sucedido esta semana, el jugador de Limón FC revive en su mente cuando amigos le decían que pegara un jalón del puro o tomara un trago de la botella, empero él nunca aflojó su brazo para caer.

“Yo veía a mis amigos en fiestas, más de una vez tuve a la droga a la par, pero siempre lo vi como tiempo desperdiciado, siempre vi la posibilidad del fútbol como mi diversión. A mí no me gustaron los carritos, nada... Dios utilizó el fútbol para mantenerme alejado de todo, yo soy el pilar de mi familia, al punto que a los 18 años decidí hacer mi hogar aparte para no molestar más a mis papás”, dijo.

Tener a sus padres en esa difícil situación provocó que el recuperador tuviera que abandonar el colegio y con 13 años empezara a velar por su desarrollo económico. Así comenzó a hacer trabajos en construcciones. También tuvo su paso por las compañías bananeras.

La vida era dura, pero siempre se mantuvo aliado a la esférica. Mientras los amigos de este limonense preferían ir por pasos oscuros en horas de la noche, al futbolista era común verlo con su pelota en la plaza de Siquirres, a cualquier hora. En ocasiones a las 10 p. m., sin luz, aún así pateaba frente al marco.

El equipo del pueblo, Siquirreña, le abrió las puertas para acercarlo al profesionalismo. Pese a no tener las condiciones económicas, de alguna forma se las ingeniaba para ir a entrenar. A los tres años de la detención de sus papás, el deportista sintió la alegría de tenerlos nuevamente en casa.

“Cuando a ellos salieron, a mis 15 años, yo me senté y les hablé. Les dije: ‘si vuelven a vender drogas, olvídense de mí’. Uno es persona y en ese momento no me sentí bien, no estaba bien. Yo a ellos les dije: ‘apóyenme y en algún momento yo los llevaré a estar bien’, con lágrimas en los ojos se los dije, solo les pedí tiempo”, contó.

Todavía hoy, ya cuatro años después de esa conversación, el futbolista sonríe al recordar cómo todo se fue dando de forma rápida en su carrera. Ese día que habló con su familia oró a solas y al conversar con Dios le hizo saber que no podía fallar porque esa era la única forma de evitar que todo se volviera a complicar en el futuro.

Con 15 años, el mediocampista recuperador debutó en la Segunda División y un día, cuando trabajaba como albañil, le llegó la oportunidad que tanto anhelaba, por medio de su papá.

Don Óscar le hizo saber que Limón FC, al mando de Horacio Esquivel, llegaría a jugar a la localidad un amistoso ante Siquirreña, por lo que él podría mostrarse ante un equipo de máxima categoría.

El problema que encontró Brenes fue que el partido se realizaría en un día laboral, a las 3 p. m., pero él salía del trabajo en construcción a las 5 p. m., en una jornada que empezaba a las 5 a. m.

“Solo Dios le tocó el corazón a mi patrón y me dejó salir a mediodía. A las 2:30 p. m. llegué a la plaza con un pantalón lleno de cemento, la gente se me quedaba viendo, la camisa llena de pintura; me cambié y me mudé, le pedí a Dios e hice un buen partido. Al final el profesor Horacio me llamó y me llevó en diciembre a Limón, yo seguí trabajando en construcción hasta ese momento”, recapituló.

Al llegar a la Tromba, el nuevo integrante debía pasar por un proceso de adaptación y su paga no era la mejor, además de que la situación de la institución tampoco era la idónea.

Ahí, sus papás, quienes encontraron una posibilidad de negocio en la venta de jugos naturales, empezaron a tenderle la mano para que no renunciara al sueño.

“En un momento en Limón mis papás me ayudaban con ¢2.000 para ir y venir, pero ya tenía a mi hija y era bien complicado, porque me sentía mal, pero aún así insistí, gracias a Dios me sostuve y tuve la fuerza para levantarme. En eso fue clave mi esposa Tania...”

–¿Por qué?– Le consulté.

“En 2018 nació mi hija y decidí dejar de hacer pruebas y tenía claro que debía meterme a trabajar, pero mi esposa me sostuvo, ahí salió la opción de una bananera y entonces iba a trabajar a las 3 a. m., salía a las 2 p. m. y luego a entrenar... Era mucho esfuerzo, tras de eso me metí en el colegio nocturno y me quedaba dormido en el aula, pero ellos me impulsaron”, respondió.

El siquirreño se acostumbró a ir a entrenar, subirse al bus de regreso a casa y ver por la ventana a sus compañeros ir a comprar comida o estrenar los mejores tacos. Con madurez aceptó que el momento de utilizar botines nuevos o ir a comer fuera de casa, después de una práctica, todavía no le llegaba.

Está muy agradecido con sus excompañeros, pues le compraban el patí que vendía para ayudarse con los gastos.

Al tener futuro en el deporte, el futbolista comprendió desde edad temprana que él debía convertirse en un pilar para los suyos. De esta forma, cuando el balón le comenzó a sonreír todavía más, sus restantes cinco hermanos le pidieron que pusiera el apellido en alto.

“De todos mis hermanos la mayoría andan en eso que toman o fuman, no son drogadictos, pero yo les digo que dejen eso. Dios le puso un ángel a mi mamá porque yo nunca caí en vicios, no sé cómo... Yo soy el único hijo en el que ellos confían que pueda sacar la familia adelante, ellos no hicieron nada en la vida, pero hay confianza de que yo pueda. Yo soy un pilar para ellos”, describió.

El efecto positivo que causó este juvenil no solo afectó a sus cercanos, sino que también generó reacción en su pueblo natal.

“A veces me topo amigos que están en drogas, lastimosamente, y me piden ¢1.000, pero prefiero no dárselos e invitarlos a comer, porque yo sé que si se los doy se los fuman o toman, entonces me los llevo, les compro un fresco, y así comparto con ellos y de alguna forma les ayudó”, añadió.

Para Jefferson, la Biblia es el libro que dicta su comportamiento, ante esto tiene claro que debe honrar a su padre y madre, por lo que ya les hizo una promesa que espera cumplir apenas se le dé la oportunidad de dar el salto al balompié internacional.

Jefferson Brenes es jugador del Herediano, pero en Primera División solo ha jugado con Limón FC. Fotografía: José Cordero
Jefferson Brenes es jugador del Herediano, pero en Primera División solo ha jugado con Limón FC. Fotografía: José Cordero

“Cuando llegue a salir del país, el primer salario se los doy a mis papás. Mi mamá lo que quiere es que la lleve a un crucero y mi papá lo que me dice es que les ayude y los tenga bien a ellos, porque son adultos mayores y no van a trabajar toda la vida”, profundizó Brenes.

Las buenas actuaciones de su hijo como futbolista hicieron que se olvidara ese trago amargo que sufrieron Óscar Brenes y Cristina Rojas en 2012, cuando perdieron la libertad. Hoy ambos son queridos en Siquirres, donde su joven de 22 años es motivo de total orgullo.

Jefferson Brenes vivió en carne propia los golpes de la vida, al ver a su familia tras las rejas, también supo lo que era tener la droga a solo centímetros; sin embargo, su convicción de cumplir su sueño de ser jugador, su fe y un carácter fuerte lo hicieron un verdadero sobreviviente para hoy ser la luz de su familia .

“Mi situación no fue tan fácil la verdad. Soy de una familia humilde y trabajadora, ellos siempre han estado conmigo, mis papás son mis ejemplos por más que pasara lo que pasó, eso no lo justifica pero teníamos necesidad y ahora gracias a Dios ellos ya están lejos de las drogas. Desde pequeño mi papá me ha enseñado a ganarme la vida honestamente. Desde pequeño siempre he querido ser futbolista profesional y lo único que puedo decirle a los que tienen sueños es que luchen, porque se pueden cumplir aunque la dificultad parezca siempre ser mayor. Dios se encarga de todo”, finalizó.

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