A 13.214 kilómetros de Costa Rica, dos ticos se acostumbran a una nueva realidad sobre su deporte. En Japón, donde residen hace apenas tres meses, los yudocas más destacados son casi celebridades.
Aparecen en la televisión y en las portadas de los periódicos. Muchos ganan un salario similar al de un futbolista en Costa Rica, se dedican a tiempo completo al yudo y los gimnasios se abarrotan cada vez que se efectúa un campeonato.

En uno de los epicentros del yudo en Asia, los hermanos Ignacio y Julián Sancho contemplan un escenario tan desafiante como agotador: en el mismo tatami en el que se entrenan tres campeones del mundo, forjan el camino con el que esperan alcanzar el sueño de llegar a los próximos Juegos Olímpicos.
“La verdad es duro estar acá pero hay que aprovechar la oportunidad. Estudiar y entrenar en la Universidad de Tokai para un yudoca, es como estudiar en Harvard para un ingeniero”, explicó Ignacio.
Ellos son la carta de presentación del yudo masculino de Costa Rica. Esto les permitió recibir una beca para entrenar y estudiar durante tres años en la Universidad de Tokai, la meca de este deporte en Japón y cuna de más de una decena de medallistas olímpicos.
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Lo de agotador es fácil de explicar. Entrenan dos veces al día, van a la universidad a estudiar japonés, llegan exhaustos a su apartamento, se alimentan, descansan y va de nuevo, de lunes a sábado sin parar, bajo la lupa de los mejores entrenadores del mundo.
Todavía no consiguen comunicarse con fluidez y por ahora no hay tiempo para el turismo. La exigencia es mayúscula en las prácticas diarias y los domingos solo quieren descansar.

“Todo gira alrededor del yudo. Los domingos se está muy cansado como para ir a conocer. Es solo entrenamiento y estudio”, recalcó Ignacio, el mayor de los dos.
Los hermanos Sancho viven en Hadano, un pueblo de casi 170.000 habitantes a 10 minutos de la Universidad de Tokai en bicicleta.
Es un lugar tranquilo, sereno, rodeado de montañas y muy distinto a Tokio, lejos del bullicio, el tráfico y los enormes rascacielos.
Ambos abandonaron todo en Costa Rica, conscientes de que el nivel en el país se queda muy corto, ante la enorme competencia que exige el yudo en todo el mundo.
Aún cuando la cultura japonesa resalta por su disciplina y exigencia, Ignacio reconoce que los entrenadores no son de "sacar el látigo". Por el contrario, les gusta conversar y mantener una relación estrecha con los alumnos.
La meta, en el corto plazo, es conseguir una medalla de oro en los Juegos Panamericanos. Rozarse con la élite del mundo los obliga a ponerse objetivos altos.
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Aunque aseguran que la prioridad por ahora son los Panamericanos, uno de los entrenadores, Kenji Mitsumoto, manifestó que el objetivo es que los dos ticos puedan conseguir una medalla en Tokio 2020.
“Ese es nuestro sueño, que uno de ellos gane una medalla”, aseguró Mitsumoto.
Como en cualquier área, les ha tocado pagar un derecho de piso. En ocasiones, las instalaciones están reservadas para los número uno. En esos casos, solo les queda mirar y aprender.
Es parte de un aprendizaje que acaba de iniciar y que esperan culmine en tres años, en las justas de Tokio 2020.
