
“Vivimos una época en que las democracias no sucumben por golpes militares, sino a través de gobiernos que rompen con la democracia liberal”. Esta advertencia del expresidente Miguel Ángel Rodríguez resume un fenómeno cada vez más frecuente: sistemas que se erosionan desde adentro, mediante autoridades electas que terminan desmantelando el Estado de derecho y las reglas del juego electoral.
Rodríguez se refirió al reciente anuncio de Daniel Ortega de impedir nuevas elecciones en Nicaragua, un recordatorio de cómo algunos regímenes se apartan de los principios democráticos para transitar, de forma progresiva, hacia el autoritarismo y consolidarse como dictaduras.
Esta lectura es compartida por el analista internacional Daniel Zovatto; por el presidente de la Fundación para la Paz y la Democracia (Funpadem), Carlos Rivera; y por el politólogo de la Universidad de Costa Rica (UCR), Carlos Torres.
Dicho tipo de deterioro no suele ocurrir de forma abrupta. Por el contrario, avanza mediante decisiones administrativas, reformas legales, interpretaciones constitucionales y campañas de deslegitimación que, vistas de manera aislada, pueden parecer legales o incluso reversibles, explicó Zovatto.
En paralelo, se repiten patrones reconocibles. La descalificación de la oposición y de la prensa, la persecución de organizaciones sociales y los ataques al Poder Judicial forman parte de lo que Rivera describe como el “manual del autoritarismo”.
Una precisión que hacen los analistas consultados es que las autocracias no tienen un sesgo ideológico definido: no son exclusivamente de izquierda ni de derecha. Su lógica es más pragmática que doctrinaria. Se configuran en torno a quien logra capturar, concentrar y sostener el poder, utilizando el discurso que resulte más eficaz en cada contexto.
Caldo de cultivo del autoritarismo
Detrás de estos procesos también opera un factor social clave: el desencanto ciudadano por las percibidas falencias de las democracias liberales. La incapacidad de garantizar seguridad, la desigual distribución de la riqueza o la construcción de enemigos —reales o imaginarios— como ciertos sectores empresariales o las personas migrantes, alimentan ese malestar.
“Los autócratas, eventualmente dictadores, se nutren de eso y logran aprovechar esas debilidades para ir destruyendo el sistema desde adentro”, señaló el politólogo Carlos Torres.
Para Rivera, el punto crítico no es únicamente la aparición de un líder autoritario, sino el momento en que la sociedad comienza a aceptar el autoritarismo. Recordó que, en democracia, la toma de decisiones puede ser más lenta porque implica controles, contrapesos y diálogo con distintos actores, incluida la oposición. “No se impone, se escucha, se dialoga”, explicó.
Esa lógica contrasta con la promesa de respuestas rápidas que ofrecen, usualmente en discursos demagogos, los modelos autoritarios. Pero el costo es alto: al final, las personas terminan cediendo derechos y libertades a cambio de “respuestas inmediatas” a problemas coyunturales.
Señales de alerta
Más que hechos aislados, los expertos coinciden en que el desvío hacia el autoritarismo se reconoce por la acumulación de señales que, en conjunto, revelan un cambio en la lógica del poder:
1- Construcción de una crisis y un liderazgo excluyente
El punto de partida suele ser la instalación de una crisis excepcional que justificaría medidas extraordinarias. Esa narrativa se acompaña de la identificación de responsables —élites, instituciones o grupos específicos— y de la construcción de un liderazgo que se presenta como el único intérprete legítimo del “pueblo verdadero”, desplazando la representación plural propia de la democracia.
2- Deslegitimación y ataque a los contrapesos
Los órganos de control dejan de ser reconocidos como garantías democráticas y pasan a ser señalados como obstáculos o enemigos políticos. En este proceso, se debilitan o someten instituciones como el Poder Judicial, la Fiscalía, la Contraloría o la autoridad electoral, muchas veces mediante decisiones legales o reformas impulsadas desde el poder.
3- Concentración de poder y captura del Estado
El oficialismo avanza en el control del partido, la burocracia y los recursos estatales, mientras impulsa cambios normativos o interpretaciones constitucionales que amplían su margen de acción. Este proceso reduce los límites institucionales y facilita la toma de decisiones sin controles efectivos.
4- Deterioro del ecosistema informativo y persecución de la crítica
Una señal clave es el debilitamiento de la prensa y de las voces independientes. Esto incluye campañas de deslegitimación, restricciones o formas de hostigamiento. “La prensa libre es un bastión de un régimen democrático”, advirtió Carlos Torres. A esto se suma el uso de mecanismos como el lawfare, mediante los cuales se recurre a procesos judiciales para desgastar o intimidar a críticos y opositores.
5- Debilitamiento de la oposición y cierre del espacio cívico
Los adversarios políticos y sociales son fragmentados, cooptados o judicializados, mientras que la disidencia comienza a ser silenciada. Paralelamente, se restringen los espacios de participación ciudadana: organizaciones sociales, asociaciones y actores civiles enfrentan limitaciones legales o prácticas que reducen su capacidad de acción y de control sobre el poder.
6- Distorsión de las reglas democráticas y electorales
En fases más avanzadas, se modifican las reglas del juego en beneficio del oficialismo. Esto incluye cambios legales o constitucionales y, eventualmente, la transformación de los procesos electorales. Aunque las elecciones pueden mantenerse, pierden progresivamente su carácter competitivo y su capacidad de garantizar una alternancia real en el poder.
En conjunto, estas señales configuran un proceso gradual que no elimina la democracia de un solo golpe, sino que la vacía de contenido desde adentro.
Los rostros detrás del fenómeno
Al aterrizar estas dinámicas en casos concretos, el politólogo Carlos Torres menciona una serie de países donde estos patrones se han manifestado con distintos ritmos y matices.
En Hungría, bajo el liderazgo de Viktor Orbán, se consolidó un proyecto político que logró sostenerse durante 16 años en el poder, convirtiéndose en una referencia internacional de la ultraderecha por sus posturas contra la migración, su rechazo a derechos LGTBQ y su distancia frente al respaldo occidental a Ucrania, hasta su derrota electoral en abril anterior.
En América Latina, el análisis ubica a Venezuela como uno de los ejemplos más visibles de este proceso, iniciado durante el gobierno de Hugo Chávez y profundizado posteriormente bajo la administración de Nicolás Maduro, con un progresivo debilitamiento de las instituciones y del equilibrio de poderes, además de masacres represivas contra manifestantes (2014 y 2017).
El recorrido continúa con Nicaragua, que Torres describe como un “caso clásico” de autocratización progresiva desde el retorno de Daniel Ortega al poder en 2007, con señales de deterioro institucional visibles desde etapas tempranas de su gestión (y también con masacres estatales contra manifestantes en 2018).
A esto se suma el caso de Turquía, donde advierte un proceso en marcha “hacia una dictadura”, marcado por una fuerte concentración de poder en torno al liderazgo de Recep Tayyip Erdoğan
Finalmente, menciona a El Salvador, donde —según detalla— uno de los primeros movimientos del gobierno de Nayib Bukele fue la reconfiguración de la Corte Suprema y del órgano electoral, una decisión que encendió alertas sobre el debilitamiento de los contrapesos democráticos.

Lucía Astorga
Politóloga y Periodista. Especializada en la cobertura legislativa y de las instituciones del Poder Ejecutivo.
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