No se trata de hacer “una campaña del miedo”, sino de abrir lo ojos a lo que nos enfrentamos. A lo que enfrentaremos después del primero de abril.

Por: Sara Tretti Calvo 13 febrero

Cuando se estudia la historia, específicamente sobre líderes mundiales, suelen verse muy lejanas las figuras de un Hitler, un Castro o un Mussolini.

Es difícil entender cómo llegaron al poder, pues a muy pocos les cabe la idea de apoyar a líderes de este tipo, responsables de grandes atrocidades, que no solo llevaron a sus países a malas situaciones sociales y políticas, sino que también han causado revueltas internacionales. Pero no debemos ir tan atrás, ¿quién puede entender a los que le dieron el apoyo a Chávez o se lo dan hoy a Maduro?

Me he preguntado muchas veces cuál será la historia que les contaré a mis hijos o a mis nietos sobre mi país

Esas realidades, algunas vividas por mis abuelos durante la Segunda Guerra Mundial en Italia y la que viven mis amigos y sus familiares en Venezuela y Cuba, para alguien como yo, que a mis escasos 19 años solo he vivido en Costa Rica, se ven, se oyen y parecen de película.

Tristemente, hoy escribo con la mano en el corazón un poco asustada por la realidad que nos está tocando vivir a mí y a los demás costarricenses en estos últimos días y en los meses por venir. Si bien nuestra situación no ha llegado a los límites registrados en las naciones mencionadas anteriormente, da miedo ver el desinterés de los ciudadanos costarricenses en la política, porque, aunque no sea un tema de todos, es un problema que nos afecta a todos.

Abstencionismo perjudicial. Seriamente, me da miedo darme cuenta del gran porcentaje de abstencionismo tan perjudicial para la democracia de mi país porque no se trata de a quién le doy mi voto y a quién no. No se trata de si me siento decepcionada por la corrupción o no. Se trata de que, como ciudadanos, tenemos el deber de participar en el sufragio e incumplirlo de forma tan severa no solo es decepcionante y triste, sino que nos pone a todos en una realidad que da miedo.

Me he preguntado muchas veces cuál será la historia que les contaré a mis hijos o a mis nietos sobre mi país, y cruzando los dedos, espero que no sea esta. Porque más que una historia de temores e incertidumbres, de colerones e ignorancia en su máximo esplendor, sería una historia donde tanto yo como muchos otros vivimos una realidad: el resultado de la segunda ronda nos va a traer consecuencias inciertas.

No se trata de hacer “una campaña del miedo”, sino de abrir lo ojos a lo que nos enfrentamos. No le pido que viva las elecciones con el hígado, le pido más bien dejar de usarlo para comentar y votar. Como ciudadana joven y participante en mis primeras elecciones, quisiera que este momento lo vivamos con la responsabilidad de ciudadanos que viven en una democracia, que creen en ella y en la nación y usan la cabeza para emitir un voto inteligente que, a final de cuentas, vaya en pro de nuestro país.

De esta realidad de miedo, solo nosotros tenemos vela en el entierro.

La autora tiene 19 años, es maestra de preescolar y estudiante de Psicología.