
¿Para qué carreras como Antropología? La pregunta es válida. No porque un funcionario o político de pensamiento anacrónico lo haya planteado en el marco de la discusión del FEES. Tampoco porque el rector de la Universidad de Costa Rica le replicara en una columna de este diario, el pasado 25 de mayo.
La pregunta es válida porque no hemos demostrado lo contrario. Porque no se trata solamente de las Ciencias Antropológicas (sí, es una ciencia y tiene el rigor y validez científica de cualquier otra profesión), sino de las Ciencias Sociales en su conjunto y de una tendencia, en los últimos años, que por alguna razón intenta regresar a ese estándar positivista o de “ciencias duras” de mediados del siglo XX, solo que ahora bajo un acrónimo teñido de modernismo como lo es STEM (Ciencias, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas, en inglés).
Me explico. Durante buena parte del siglo XX, se apostó a las “ciencias duras” (ingenierías, matemáticas) como parámetro para el “desarrollo”, cuya filosofía era apropiarse de los recursos, demostrar la superioridad humana y su capacidad de controlar todas las fuerzas de la naturaleza.
Sin embargo, ya en la década de 1970 se empezó a evidenciar que ese modelo de desarrollo basado en las “ciencias duras” empezaba a acumular señales en todo el mundo de que eran más sus impactos negativos. Que los retos y necesidades de la humanidad no eran de una sola dimensión, y que por ello se requería de análisis y enfoques distintos, tanto cuantitativos como cualitativos. De modo que los abordajes interdisciplinarios ya no eran solamente una opción, sino una necesidad para un mejor entendimiento de los problemas de la humanidad, la única vía para poder desarrollar soluciones más sostenibles y sustentables.
La pregunta de para qué carreras como Antropología es válida porque resulta que, en nuestro caso, “el frío sí está en las cobijas”. Si aquel funcionario planteó esa duda, no solo se debe a su propia limitación de entendimiento actual, sino a la incapacidad que han tenido las universidades públicas (la UCR en particular) de exigir a sus Ciencias Sociales (a la Escuela de Antropología en particular) que entiendan que, en el siglo XXI, deben salir de ese “ombliguismo” académico debido al cual consideran que el rol del científico social es el que delimita la burbuja universitaria. Que, en estos tiempos, el valor real de ciencias como la Antropología está en su capacidad de aplicarse en la búsqueda de explicaciones y la construcción de soluciones a los problemas de la sociedad, ya no solo a través de la academia, sino a través de su posicionamiento en “la calle”, o sea, con antropología aplicada a las necesidades del hoy y el ahora.
La Rectoría, más que señalar las estrecheces de mira del político de turno, debería volver a ver hacia dentro y preguntarles a sus unidades académicas: ¿qué están haciendo para ampliar el mercado laboral de sus graduandos? ¿Cómo están posicionando a sus profesionales en un mercado laboral que ya no es el del siglo XX? ¿Cómo van ajustando sus mallas curriculares para dar respuesta a las necesidades de la sociedad con profesionales capaces de participar en la construcción de soluciones desde cualquier frente laboral, con enfoque aplicado y no solo teoría? ¿Saben qué enfrentan sus graduandos una vez salidos de la ‘U’?
Si la UCR se hiciera estas preguntas, o se las planteara seriamente a sus unidades académicas; si les exigiera, como ya lo han hecho algunas escuelas, promover, pelear y abrir espacios laborales para sus nuevas generaciones, descubriría que las opciones profesionales son muchas y que su aporte podría ser no periférico, sino estructural dentro del funcionamiento de instituciones públicas y privadas. Entonces, no habría necesidad de responder a las dudas de políticos confundidos, porque simplemente nadie haría esa pregunta.
Por eso, la pregunta es válida. Pero la respuesta no puede quedarse en una defensa tradicional y académica, como la del señor rector. Debe ser práctica, visible y funcional. Si no queremos que se siga preguntando “¿para qué Antropología?”, debemos demostrar con acciones concretas cuál es el papel de la Antropología en el siglo XXI y cómo puede contribuir a comprender y resolver los problemas contemporáneos.
Y volviendo a las STEM, bien haríamos en mirar ejemplos de otras sociedades donde las Ciencias Sociales, incluida la Antropología, se justifican por sí mismas debido a su impacto real en la formulación de políticas públicas, la innovación social y la comprensión de fenómenos complejos.
Tal vez el reto ya no sea hablar solo de STEM, sino de STEMS: Ciencia, Tecnología, Ingeniería, Matemáticas y Sociedad. Porque lo que el siglo XXI demanda son profesionales capaces de entender un mundo multidimensional, donde ningún conocimiento basta por sí solo y donde cada disciplina aporta apenas una parte de un todo mucho más amplio.
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Bohián Pérez Stéfanov es antropólogo y arqueólogo.