
Costa Rica se encuentra frente a una gran encrucijada. Estados Unidos es el principal socio comercial del país: representa un 46,7% de las exportaciones; posee un porcentaje aún más alto como origen de inversión extranjera directa (IED): rondó el 74,1%, y es el país de origen de la mayor cantidad de turistas: cerca de un 60% del total, en 2024. En términos llanos, la economía de Costa Rica es altamente dependiente de la de Estados Unidos.
Las relaciones bilaterales Costa Rica-Estados Unidos, si tomamos como base un reciente artículo de opinión del canciller, Arnoldo André, están en su punto más alto en muchos años. Sin embargo, Washington anunció un 15% de arancel para Costa Rica en su última escalada de aranceles, como parte de una política comercial exterior que ha afectado a múltiples socios comerciales alrededor del mundo. Esto es un 5% más de lo anunciado inicialmente y ocurrió pese a los infructuosos esfuerzos de Comex por negociar una rebaja.
El reto, entonces, para los meses que le quedan a este gobierno y al que llegue al poder en 2026 es el mismo. Si Washington ha decidido dejar de lado su compromiso con DR-CAFTA, si hacer a Estados Unidos grandioso de nuevo implica que todo se deba producir dentro de las fronteras de esa nación, entonces queda claro que la política comercial exterior de Costa Rica requiere una reingeniería profunda y bien meditada. El presidente Trump está en todo su derecho de manejar la política comercial exterior de Estados Unidos como le parezca más conveniente para lograr maximizar el interés nacional de su país.
Dicho lo anterior, Costa Rica, también debe asumir el reto de diseñar una nueva política comercial exterior que se adapte al interés nacional. En materia de exportaciones, nuestra dependencia del mercado estadounidense en casi un 50%, y en esta nueva coyuntura, en la que un día, el arancel es cero; al otro, 10%; hoy subió a 15%, y mañana no sabemos, se genera una gran incertidumbre para un sector clave que representa un tercio del PIB de nuestro país.
La política estadounidense que busca que todo sea producido en Estados Unidos, nos guste o no, tendrá efectos directos en la cantidad de empresas de ese país que vendrán a invertir en los próximos años, lo que, en su debido contexto, implicará un golpe fuerte a la política costarricense de generar empleo por medio de la atracción de IED, máxime porque más de dos tercios de esa IED viene de Estados Unidos.
En materia de turismo, también parecen formarse nubarrones de tormenta en el horizonte. Nada es seguro, pero múltiples analistas, medios de comunicación, expertos en economía, finanzas y la bolsa, indican que la economía de Estados Unidos podría ser fuertemente golpeada por estas nuevas políticas en materia económica, comercial y fiscal.
Esperemos que eso no suceda, pero todos sabemos que cuando la economía de Estados Unidos estornuda, a nosotros en Costa Rica nos da pulmonía y esto no solo afecta el turismo; también perjudica la demanda en general, lo que tendría un efecto sobre exportaciones e IED también.
En otras palabras, la bendición que ha sido por años tener tan cerca y de manera tan estratégica un socio tan importante como Estados Unidos, con un vasto mercado demandando constantemente nuestros productos y servicios, hoy, ante los cambios geopolíticos, se ha convertido en una gran vulnerabilidad debido a la alta dependencia que tenemos a nivel económico de ese importante socio.
Queda claro que Costa Rica, siempre buscando mantener las relaciones más cordiales y cercanas con nuestro principal socio, debe iniciar el camino de reformas que durante décadas, al mejor estilo del avestruz, ha ignorado o postergado.
Y no solo se trata de diversificar mercados de exportación y de origen de IED. Se trata de que ningún país en el mundo ha logrado el desarrollo económico simplemente atrayendo multinacionales.
Costa Rica también debe, si se quiere, aprender de la política comercial de Estados Unidos y buscar una estrategia que apoye el desarrollo de industrias locales en las áreas donde tenemos ventajas competitivas. No debemos olvidar que cerca de un 85% del empleo es generado en el Régimen Definitivo, ese mismo que es tratado sin ningún beneficio, apoyo o consideración.
Los beneficios fiscales y de otro tipo los dejamos para los grandes capitales extranjeros que, aunque siempre bienvenidos, un día están y mañana deben “cerrar para consolidar huellas y acercarse a clientes y socios de manufactura externa”.
Como mencioné en algún momento: “Costa Rica es un país pequeño, pero con un potencial enorme. Nuestra legislación, en cambio, se ha vuelto enredada, desigual y poco amigable con quienes quieren producir. Somos un gran ejemplo en atracción de IED, pero aún estamos en deuda con nuestras propias empresas. Ojalá algún día logremos construir un sistema en que no importe si el capital viene de Mountain View o de San Ramón. Donde todos puedan competir en condiciones de igualdad, sin trabas, castigos, ni discriminaciones odiosas. Porque, al final del día, la verdadera competitividad no está solo en atraer capitales foráneos, sino en liberar la capacidad de creación que ya existe dentro y que, claramente, los está atrayendo”.
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José Pablo Rodríguez es experto en Comercio Internacional y Relaciones Gubernamentales. Actualmente, es árbitro y mediador en la Comisión de Arbitraje Económico y Comercial de Shanghái y en la Corte Internacional de Arbitraje Comercial de Shenzhen.