Pablo Torres. 12 agosto

Claire de Mezerville López preguntaba el 7 de agosto en esta sección (“El dilema del lenguaje inclusivo”) cuáles son los argumentos para cuestionar o mantener nuestra forma de hablar, en referencia al lenguaje inclusivo.

Soy consciente de la disparidad de género que existe en la sociedad y me complace ser testigo de los avances que a diario consiguen las mujeres en cuanto a equidad y protagonismo en el escenario internacional. Sin embargo, el lenguaje inclusivo no termina de convencerme porque, aunque considero que sí hay mucho por mejorar en nuestra forma de hablar para construir un idioma más equitativo, algunas propuestas no las apruebo por tres aspectos puntuales.

Es notable que para referirse a un movimiento social que, según se dice, busca la “igualdad de ambos sexos” se utilice el término “feminismo” y no algo como “feminimasculinismo”

Coincido con Claire en que hablar de las “artes” y los “artos” no viene mucho al caso porque, como bien lo señala ella, son palabras que no se refieren a personas propiamente, pero sí estoy de acuerdo con que en español es posible usar palabras en masculino como “padres”, “niños”, “enfermeros” para referirse a hombres y mujeres juntos porque el género es de la palabra no de las personas a quienes se refiere.

Es como si peleáramos por decir “personas” y “personos”, pensando que la palabra “personas” se refiere solamente a mujeres por ser un vocablo femenino. Desde su creación hasta la fecha, ninguna niña ha dejado de recibir atención en el Hospital Nacional de Niños solo porque el nombre del centro médico no diga niñas. Claramente es porque nunca se ha entendido en ese contexto la palabra niños como “solo varoncitos”. Por ello, cuando se insiste tan vehementemente en que “abogados” no se entienda como hombres y mujeres juntos, sino solo como hombres, percibo una necesidad malintencionada de conseguir que las palabras no signifiquen lo que significan para decir que el lenguaje discrimina.

Neutralización. Otro caso problemático se produce cuando se pretende colocar una “e” en lugar de la “o” para “neutralizar” el género de las palabras y se dice “arquitectes” o “maestres”, mientras otras palabras buenas candidatas para ser neutrales, como “presidente”, “gerente” o “fiscal”, no son aceptadas tampoco.

Las feministas son incapaces de darse cuenta de que a esas palabras el género se lo da el artículo que las antecede: “la gerente”, “el gerente”, y no la palabra en sí, y que, en el mejor de los casos, lo que tendría más sentido sería neutralizar el artículo: “les gerentes”, “les profesionales”. Con esto se hace evidente que la posición feminista carece de criterio técnico sobre el asunto, y que tales propuestas resultan arbitrarias y caprichosas.

Otra cosa que se dice mucho, y Claire menciona también en su artículo, es que “lo que no se nombra no existe”. Diciéndolo así, parece razonable. El problema está en la práctica. Dentro del mismo movimiento feminista, existen inconsistencias en este sentido.

Es notable que para referirse a un movimiento social que, según se dice, busca la “igualdad de ambos sexos” se utilice el término “feminismo” y no algo como “feminimasculinismo”. Ahí “lo que no se nombra no existe” porque se aplica, haciendo evidente (otra vez), que esa posición es superficial, caprichosa y parcializada.

Explicación. Considero que tales fallas podrían deberse a la facilidad con que caemos en parcialidades al enfocarnos en un sector en particular al hacer un análisis social. Si bien el feminismo es un movimiento justificado y necesario, debería estar siempre incluido dentro de un criterio mucho más amplio de derechos humanos porque al ser un movimiento enfocado en la mujer es fácil perder de vista a los demás miembros de la sociedad: los hombres, los ancianos, las personas con discapacidad, la población LGTBI, etc. Aunque estemos procurando derechos para las mujeres, debemos manejarnos siempre bajo parámetros universales que no entorpezcan el espacio de los demás.

No debería decirlo porque toda persona que discrepe conmigo debería referirse a mis argumentos y no a mi persona, pero de nuevo lo voy a aclarar para evitar que una discusión meramente idiomática se desvíe hacia si soy machista o no.

Pocas cosas me hacen tan feliz como ver mujeres jugando fútbol representando dignamente al país en el extranjero, ver mujeres en el Poder Ejecutivo de este gobierno, que la principal candidata para tripular el primer viaje a Marte sea una mujer o leer libros como Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, donde narran historias de mujeres exitosas y rompedoras de esquemas.

No me siento en absoluto amenazado por las conquistas femeninas porque sé que para dar derechos a unas no hace falta quitárselos a otros. Habiendo dicho esto, me despido esperando que este artículo aporte algo a quienes lo lean.

El autor es animador digital.