Claire de Mezerville López. 6 agosto, 2018

En el comentario de Pedro Haba “Mitos de la magia verbal llamada ‘lenguaje inclusivo’” (“Opinión”, 31/7/18) como respuesta al artículo “¿Quién decidió no nombrarme?” (“Opinión”, 18/7/18), Haba niega como un mito la afirmación de que “lo que no se nombra no existe”. Afirma que el desdoblamiento del lenguaje no reduce la discriminación ni la violencia (quizás, o quizás no, pero valida la presencia de las mujeres).

¿No es eso suficiente? ¿No es eso algo positivo? Finalmente, habla de sustantivos inanimados (entiéndase no personas), lo cual me pareció confuso e irrelevante. La reflexión sobre el lenguaje inclusivo es profundamente social. Es sobre las personas más que sobre las normas.

Hablar de “las artes” y “los artos” me muestra lo poco que el señor Haba comprende las razones por las cuales existimos quienes creemos en el lenguaje inclusivo. Me llama la atención cómo a Haba le preocupa muchísimo que la Real Academia Española acabe cediendo “a los poderosísimos cabildos de lo ‘políticamente correcto’ en España —o a los comisariatos estatales del lenguaje ‘inclusivo’ (así en la UCR, Poder Judicial, etc.)”. Es curioso que considere a los cabildos de lo políticamente correcto como poderosos, como si no existiera poder en las élites intelectuales del lenguaje.

Revolución. Más allá de lo políticamente correcto o de quién tiene el poder y quién no, ¿cuáles son los argumentos para cuestionar o mantener nuestra forma de hablar? Necesitamos descubrir formas revolucionarias de reír, de amar y de hablar. Nuevas formas, amables y valientes, de construir sociedad y comunidad; revoluciones que nos hagan bien. Transformaciones en la conversación.

Por supuesto, es entendible que todo cuestionamiento enfrente resistencia. Y por supuesto que a mí me confunde cuál es la forma más apropiada de referirse a ciertas situaciones humanas, como el caso de las necesidades educativas especiales (trabajo en la Facultad de Educación) o ciertas dudas que aún tengo sobre el lenguaje inclusivo.

Pero es una confusión que navego tranquilamente si me rijo por tres reglas básicas: soy responsable por mi forma de hablar y es mi responsabilidad cuestionarla (egoísta sería imponer mi comodidad); mi forma de hablar refleja mis principios, principios que no deben cambiar como una moda y que incluyen la empatía, la justicia, la sensibilidad y la amabilidad (¿mucho pedir? ¡qué bueno!); y se vale preguntar y rectificar cuando hay confusión o tensión.

En un ambiente de respeto y confianza, o al menos de humildad y honestidad, puedo decir “no sé cómo referirme a esto, ¿vos qué opinás?” o decir “veo que te molestaste. ¿Podrías explicarme?”. Resulta que escuchar también es parte de hablar. Después de todo, el lenguaje existe para conectarnos, no para separarnos. Cuando alguien se ofende y la otra persona se incomoda, el problema no está solo en las palabras que se usaron, sino en los prejuicios que nos incapacitan para hablar sobre nuestras diferencias.

Respeto. Yo también tengo dudas sobre el lenguaje inclusivo, pero no por eso lo descarto: creo que las razones de su existencia son válidas. Nuestro lenguaje se constituyó en un contexto y una historia en los cuales el poder ha existido (¿a poco no?). Eso nos ha puesto en una curiosa situación en la cual la rectificación cae necesariamente en lo impráctico.

Yo, por encima de la practicidad, apelo a mis tres reglas de responsabilidad personal, principios y diálogo. Para mí es significativa esta experiencia, que es personal, verídica y reciente: el día de las elecciones presidenciales, hace apenas unos meses, fui con mis dos hijos a votar a la escuela correspondiente. Mi niño de poco menos de tres años preguntó por un mural sobre valores. “¿Quién hizo eso, mami?”. Le contesté: “Los niños”. Él, inmediatamente, me preguntó: “¿Por qué las niñas no?”.

Creo firmemente en la batalla de las ideas. Si las ideas son sólidas, que se ofenda quién se ofenda, y que eso caiga en el saco de la responsabilidad personal. Propongo que las personas que se especializan en lingüística complementen sus argumentos con elementos de las ciencias sociales y que quienes trabajamos con ciencias sociales nos aboquemos a estudiar los ámbitos y recovecos de la lengua española.

Le creeré a alguien que comprenda de ambas ramas. ¡Que se venga la batalla entre argumentos! No es personal, es construir presente y futuro con base en principios que nos ayuden a vivir bien. Para terminar, ¿notaron el lenguaje inclusivo en todo este artículo? Tampoco fue tan difícil.

La autora es psicóloga y educadora.