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El dilema del lenguaje inclusivo

Creo firmemente en la batalla de las ideas. Si las ideas son sólidas, que se ofenda quién se ofenda, y que eso caiga en el saco de la responsabilidad personal.

En el comentario de Pedro Haba “Mitos de la magia verbal llamada ‘lenguaje inclusivo’” (“Opinión”, 31/7/18) como respuesta al artículo “¿Quién decidió no nombrarme?” (“Opinión”, 18/7/18), Haba niega como un mito la afirmación de que “lo que no se nombra no existe”. Afirma que el desdoblamiento del lenguaje no reduce la discriminación ni la violencia (quizás, o quizás no, pero valida la presencia de las mujeres).

¿No es eso suficiente? ¿No es eso algo positivo? Finalmente, habla de sustantivos inanimados (entiéndase no personas), lo cual me pareció confuso e irrelevante. La reflexión sobre el lenguaje inclusivo es profundamente social. Es sobre las personas más que sobre las normas.

Hablar de “las artes” y “los artos” me muestra lo poco que el señor Haba comprende las razones por las cuales existimos quienes creemos en el lenguaje inclusivo. Me llama la atención cómo a Haba le preocupa muchísimo que la Real Academia Española acabe cediendo “a los poderosísimos cabildos de lo ‘políticamente correcto’ en España —o a los comisariatos estatales del lenguaje ‘inclusivo’ (así en la UCR, Poder Judicial, etc.)”. Es curioso que considere a los cabildos de lo políticamente correcto como poderosos, como si no existiera poder en las élites intelectuales del lenguaje.

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