
Entre el “suicidio político” del peruano José Jerí por sus actos propios y la “barbaridad jurídica” parlamentaria de censurarlo como presidente del Congreso (cargo que ya no ejercía) en lugar de vacarlo como presidente de la República, no descartemos que pueda sobrevenir, en poco tiempo, como producto de los hechos consumados de este martes, una “anarquía perfecta” de imprevisibles consecuencias.
No es poca cosa que, así como en tantas ocasiones de la historia peruana se ha corrido a toda prisa detrás de nuevas elecciones, ayer se haya corrido igualmente a toda prisa detrás de una inconstitucional censura al presidente Jerí, el primero que viene de una destitución (la de Dina Boluarte) para encontrarse con la suya propia, en un desfile de siete presidentes en diez años.
La alteración del orden constitucional para optar por la censura en lugar de la vacancia representa, sin duda, una decisión política parlamentaria no judicializable (nadie presentará una acción de amparo ni una demanda competencial), pero marca un precedente oscuro y nefasto contra la institución presidencial, al colocarla por debajo del interés sancionador y del sujeto a sancionar.
¿Frente a qué presidencialismo democrático estamos que frecuentemente resulta insostenible (en un vasto historial de crisis e interrupciones autoritarias y dictatoriales), como insostenibles también resultan los que llegan a representarlo por elección o sucesión?
Las tres frases entrecomilladas arriba, “suicidio político”, “barbaridad jurídica” y “anarquía perfecta”, corresponden en su orden a los constitucionalistas Aníbal Quiroga, Domingo García Belaunde y Enrique Guersi, frases que sirven aquí, en su significado y significante, para centrar un poco al vuelo la grave crisis de la institución presidencial y la triste suerte que envuelve no solo a quienes no terminan sus mandatos, sino a quienes lo terminan procesados y encarcelados por delitos penales.
El mal presidencial en el Perú proviene de varias fuentes: de la carencia de un sistema de partidos que ha derivado en la peor fragmentación política de la historia, esta vez con 32 aspirantes a ejercer el mayor poder de la nación; de la marcada tendencia de hace tres décadas de que cualquiera puede ser presidente, con total desprecio de la meritocracia política; de un inconsistente y complaciente sistema electoral que hace de la vista gorda el mercado persa de partidos y candidaturas, y de un viejo diseño legal y constituicional de la Presidencia que se resiste a ser reformado, modernizado y fortalecido en eficiencia e integridad.
Bajo este referente crítico, ¿quién da ahora la talla –que, por supuesto, no tuvieron Jerí ni sus predecesores– para honrar real y efectivamente la presidencia en su día a día, la jefatura de Estado con el nivel que se quiere, la comandancia suprema de las fuerzas militares y policiales en decidido desafío al crimen organizado y la personificación de la nación, que equivale de veras a representar digna y ejemplarmente a la patria?
Vamos, pues, señores promotores de la censura a tontas y locas de este martes, preocúpense ahora por elegir a quien dé la talla para el cargo que al cien por ciento deshonró Jerí. Propongan y sienten en el sillón de Palacio a quien por unos meses honre la presidencia siquiera al 50 por ciento de sus competencias y majestades.
No vengan a traernos remedos de Pedro Castillo ni avispados ronderos del Tesoro Público.
Juan Paredes Castro es periodista y escritor. Artículo del diario ‘El Comercio’, de Perú, reproducido con autorización del medio y gracias a acuerdo con el Grupo de Diarios de América (GDA).