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La mente de Guido Sáenz nunca dejaba de volar

Cuando se escriba la historia cultural del siglo XX, Guido Sáenz será una figura señera por excelencia

Por tratarse de una personalidad como la de Guido Sáenz González, retomo algunos de los contenidos que escribí cuando cumplió 90 años y con ello me uno a quienes, en estos momentos de su fallecimiento, elevarán sus voces para recordar la trascendencia que tuvo en su compromiso con el quehacer en el campo de la cultura.

Por ello, y sin duda alguna, cuando se escriba la historia cultural del siglo XX, Guido Sáenz será una figura señera por excelencia y referente obligado por su inclaudicable compromiso con sus ideales.

Su gran pasión por el desarrollo del quehacer artístico merece ser recordado. Es imperativo hacer un recuento de sus hitos en el campo de la cultura (con mayúscula): la puesta en valor y recuperación del Parque Metropolitano La Sabana, la creación del Museo de Arte Costarricense y la reorganización de la Orquesta Sinfónica Nacional, proyecto de gran envergadura, amén de una difícil decisión, y, relacionado con esto último, la creación del Programa Juvenil de la Sinfónica.

También el Parque de la Paz; el teatro Arlequín, donde fue también actor junto con otras destacadas personalidades y momento crucial en el desarrollo del teatro costarricense; la consolidación de las ruinas de Ujarrás; y la restauración de las iglesias de Orosi y de Quircot, y de la casa de Alfredo González Flores y el Fortín, ambos en Heredia.

Cabe señalar, asimismo, el programa de cultura en los parques, junto con Rafa Fernández; el Taller Nacional de Teatro, el programa Atisbos, en el Canal 13, espacio de encuentro de personalidades de la cultura. Y, su gran hito, la recuperación del edificio de la Aduana, convertido hoy en un magnífico espacio cultural. El espectro que cubre este listado habla por sí solo.

Recordar la personalidad de Guido Sáenz es hablar de un espíritu visionario; de una persona con empuje, tenacidad y valentía que llevó a cabo proyectos de gran envergadura, atrevidos y necesarios; también, vale recordar su perseverancia (muchas veces con una dosis de sana “terquedad”) en aras del logro de sus ideales.

Fui testigo de cómo su mente nunca dejaba de volar, siempre mirando al horizonte, hacia la búsqueda y encuentro con nuevos proyectos para enriquecer continuamente el desarrollo cultural del país.

Hablar de mi amistad y respeto hacia Guido Sáenz se remonta a mi función como directora del Museo de Arte Costarricense y luego se consolida cuando tuve el honor de ser su viceministra de Cultura, donde fuimos compañeros de trabajo durante cuatro años.

Durante los años que trabajé con él, tuve la oportunidad de contar con su confianza, su respeto y sus enseñanzas. Fueron cuatro años de un aprendizaje constante, de un goce producto de diálogos fascinantes, de un compartir su pozo de recuerdos, de disfrutar de sus incontables anécdotas, de su sentido del humor, pero también de oírlo quejarse, con sobrada razón, de la burocracia estatal que retrasaba o impedía llevar a cabo muchos de los trabajos deseados.

Los costarricenses debemos recordar, con reverencia, su trayectoria, y estar agradecidos con esta figura difícilmente comparable en el campo de la cultura nacional.

amalia.chaverri@gmail.com

La autora es filóloga.

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