
En los últimos años, la apreciación del colón frente al dólar ha generado una sensación de alivio económico: los bienes importados son relativamente más baratos, los créditos en dólares se abaratan y el costo de vida urbano parece disminuir. Sin embargo, detrás de esa estabilidad aparente existe un desequilibrio estructural que pone a Costa Rica en riesgo de un ajuste cambiario brusco en el mediano plazo: lo que llamamos el efecto boomerang del tipo de cambio.
Entre 2015 y 2024, las reservas internacionales netas del país pasaron de aproximadamente $7.200 millones a más de $14.000 millones y la inversión extranjera directa superó niveles históricos. A primera vista, estos resultados parecen reflejar fortaleza económica. Pero mientras eso ocurría, el déficit comercial de bienes alcanzó cifras superiores a los $6.500 millones anuales, señal de que el país compra al exterior mucho más de lo que le vende. Si la apreciación del colón fuera producto de más exportación y competitividad, el saldo comercial sería equilibrado o superavitario; ocurre lo contrario.
Además, la estructura productiva se ha vuelto más vulnerable. Cerca del 44% de las exportaciones provienen de un solo sector –dispositivos médicos–, altamente concentrado en pocas empresas y zonas geográficas. Paralelamente, actividades intensivas en empleo y arraigadas territorialmente —agroindustria, turismo fuera de los principales polos y manufactura local— enfrentan márgenes decrecientes y pérdida de competitividad ante un colón fuerte. Cuando un país depende crecientemente de pocos sectores para generar divisas, y si estos operan en regímenes especiales que no arrastran al resto de la economía, la apreciación cambiaria no es señal de fortaleza, sino de fragilidad oculta.
Este ciclo de apreciación se potencia por factores externos poco sostenibles. Estados Unidos aplicó un proceso masivo de expansión monetaria durante la pandemia, inyectando liquidez global que se colocó temporalmente en economías consideradas estables y con tasas reales atractivas, como Costa Rica. Parte de esos dólares no llegó para producir más en el país, sino para aprovechar condiciones financieras favorables. Y, al igual que entraron, podrían retirarse cuando cambien las condiciones internacionales: ajuste monetario en Estados Unidos, desaceleración económica global o eventos geopolíticos relevantes.
El riesgo principal es que la apreciación actual debilita la base que produce los dólares del futuro. Si exportadores reducen actividad, si el turismo se encarece frente a competidores regionales y si la industria local deja de producir porque importar es más rentable, entonces el día que esos capitales externos salgan, el país no tendrá capacidad exportadora suficiente para sostener el nivel cambiario previo. Es entonces cuando el boomerang regresa con fuerza.
Ese ajuste no sería progresivo: sería repentino. Su dinámica está documentada en México (1994-1995), en Asia (1997-1998) y en economías pequeñas altamente abiertas, como Islandia (2008). El patrón es simple: se aprecia artificialmente la moneda, se deteriora la producción transable, entran flujos financieros temporales, cambian las expectativas y se produce una corrección abrupta.
Costa Rica aún está a tiempo de anticipar el ajuste. La señal no es si el tipo de cambio se revertirá, sino cuándo. El riesgo se intensifica si coincide con un ciclo recesivo en Estados Unidos, un cambio geopolítico relevante o un aumento de incertidumbre interna derivado del calendario electoral del 2026.
Un tipo de cambio apreciado genera beneficios inmediatos, pero también puede incubar daños futuros irreversibles. Hoy existe bienestar aparente; mañana puede haber ajustes abruptos en precios relativos, pérdida acelerada de empresas y empleo, y deterioro de la estabilidad fiscal y financiera. Por eso, el análisis correcto no se centra en el “dólar barato”, sino en la capacidad real del país para generar divisas sostenibles en el tiempo.
Mantener apreciado el colón sin fundamentos productivos crea una ilusión temporal. Cuando se rompa el flujo de capital externo que sostiene esa ilusión, el boomerang regresará.
La pregunta no es si ocurrirá, sino con qué fuerza y cuántas empresas y empleos encontrará expuestos cuando se devuelva.
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Oswald Céspedes Torres es economista.