
“Costa Rica punches above its weight”. Esa es la frase más recurrente en los círculos políticos y académicos internacionales: el país posee una relevancia global muy superior a su tamaño. Sin embargo, en pleno 2026, esta pequeña nación debe transitar un entorno de profundas transformaciones geopolíticas. En este escenario, la política exterior ya no es un ejercicio ordinario de elegir opciones bajo una relativa estabilidad; hoy, los retos son existenciales. Para navegar estas tormentas globales, la diplomacia costarricense enfrenta el desafío de generar un cambio de paradigma y evolucionar, sin divorciarse de sus fortalezas históricas, a través de cinco claves estratégicas.
1. La perspectiva histórica
Desde su fundación, Costa Rica ya ha atravesado múltiples transiciones de poder y órdenes mundiales: desde el declive español y el siglo británico, hasta el ascenso estadounidense, la Guerra Fría y el reciente momento unipolar con la hiperglobalización. Con más de 200 años de experiencia sobreviviendo a las metamorfosis del orden mundial, el país se enfrenta hoy a una transformación en la que se yuxtaponen tres procesos complejos: una marcada fragmentación geopolítica, una interdependencia sin precedentes y una alta volatilidad impulsada por la competencia entre grandes potencias. Esta interdependencia aumenta la vulnerabilidad nacional ante crisis confluyentes, como el shock energético derivado de la guerra en Irán. Ante este escenario, Costa Rica requiere, hoy más que nunca, una visión de conjunto a largo plazo, así como equilibrio y una renovada capacidad de análisis y de anticipación de riesgos y conflictos.
2. La autonomía estratégica y la importancia de los equilibrios
Aunque el concepto de “autonomía estratégica” se ha acuñado recientemente, Costa Rica lo desarrolló tempranamente. El país aprendió a combinar principios, mecanismos, alianzas, el derecho internacional y los equilibrios geopolíticos en una sola estrategia. Prueba de ello es que, en plena Guerra Fría, restableció relaciones comerciales con el bloque soviético. Asimismo, acudió a los mecanismos establecidos cuando las cosas salieron mal. Frente a las incursiones nicaragüenses de 1948, 1955 y 2010, activó con éxito el TIAR y acudió a la OEA y la Corte Internacional de Justicia (CIJ); gracias a esta estrategia, obtuvo fallos favorables para su soberanía.
Por la vía judicial, también consolidó un espacio marítimo patrimonial 10 veces mayor que su territorio continental. En el ámbito comercial, el país litigó con éxito ante la OMC en casos de banano, textiles, acero y productos agrícolas, logrando resultados favorables en todos los procesos resueltos antes del 2019. Sin embargo, los litigios recientes contra República Dominicana y Panamá ilustran con claridad que los países pequeños son los que más pierden cuando el sistema multilateral colapsa.
3. Propositiva, no hostil
El éxito pasado de Costa Rica le impone una responsabilidad en el presente. El país tiene una relación simbiótica con el orden internacional liberal. Mientras buena parte de América Latina se aferraba a la lógica de Westfalia –la soberanía respaldada por las armas–, Costa Rica optó en 1945 por un modelo centrado en instituciones, el derecho internacional y la seguridad colectiva como sustitutos de la defensa militar, y eligió la inversión en capital humano en lugar de armamentismo. El modelo costarricense dio frutos incuestionables: Costa Rica logró uno de los mayores incrementos en la esperanza de vida y bienestar humano de Latinoamérica durante la segunda mitad del siglo XX. En paralelo, el país aprovechó las oportunidades del orden global para su transformación económica, pasando de una economía agroexportadora a convertirse en un imán para empresas de alta tecnología y de dispositivos médicos de alto valor agregado.
En el choque global actual entre el poder duro y el institucionalismo, la lección es clara: por su propia trayectoria, Costa Rica no puede adoptar una postura revisionista ni hostil frente al orden internacional que le permitió consolidar su modelo de desarrollo único. Tampoco puede permitirse un uso selectivo del derecho internacional –condenando violaciones de derechos humanos en unos países mientras calla sobre lo que ocurre en otros–, ya que eso minaría su autoridad moral. Si preserva su coherencia política y jurídica, Costa Rica será una voz respetada y aportará propuestas valiosas en el debate sobre la renovación del orden global.
4. La coherencia como fuente de poder
Hace unos años, en la Universidad de Harvard, le pregunté al Dr. Joseph Nye –icónico pensador de la política global– sobre el rol de naciones pequeñas como Costa Rica en el contexto contemporáneo. Para él, nuestra influencia, al igual que la de Noruega o Singapur, no nace de la coerción, sino de la congruencia. Una política de Estado que defiende los derechos humanos, la democracia, el ambiente y el Estado de derecho es la proyección lógica de nuestro modelo interno. Esta coherencia es la raíz de nuestro poder blando (soft power): una influencia política global muy superior a nuestra dimensión material. A la tesis de Nye añado: sin esa línea de consistencia internacional, ¿qué nos distinguiría de las llamadas “repúblicas bananeras”?
5. Cambio de paradigma: la supervivencia crítica
La diplomacia costarricense enfrenta el desafío de generar un cambio de paradigma sin divorciarse de sus fortalezas históricas. Su éxito ya no depende de la gestión tradicional entre agendas bilaterales o multilaterales, económicas o políticas, sino de estructurar la acción exterior en torno a grandes imperativos nacionales interconectados con las fuerzas que moldean el mundo. Ante la volatilidad global, el país debe adoptar una línea prioritaria de política exterior de supervivencia vital, centrada en la prevención, la anticipación y la gestión estratégica de los riesgos sistémicos. Esta estrategia de aseguramiento deberá estar orientada a tres áreas críticas: primero, la seguridad de suministros para proteger las cadenas de abastecimiento de energía, alimentos e insumos médicos para Costa Rica; segundo, la salvaguarda de la infraestructura crítica y la conectividad del país frente a riesgos sistémicos; y tercero, la seguridad territorial y multidimensional. Esto último exige abordar amenazas tanto tradicionales –como la cooperación militar entre Nicaragua y Rusia– como la criminalidad transnacional, bajo el entendido de que las economías ilícitas no se destruyen con bombas.
Otro paso indispensable es organizar la respuesta estatal ante las fuerzas estructurales del cambio global: desde las transformaciones energéticas, tecnológicsa y productivas, la gestión de los bienes comunes de la humanidad (océanos, espacio, atmósfera) y las nuevas estructuras de poder, hasta la erosión normativa global, marcada por la pérdida de cohesión social y la violación sistemática de los derechos humanos y de las leyes de la guerra.
Este enfoque obliga a repensar a fondo el servicio y la política exterior –sus instrumentos, recursos y capacitación–, un tema crucial del que me ocuparé más adelante. Asimismo, esta recalibración exige estudiar los polos estratégicos de la nación y responder a una pregunta históricamente relegada por nuestra diplomacia: cómo relacionarse de forma constructiva con la compleja y desafiante realidad de Centroamérica.
Conclusión: la legitimidad como escudo nacional
Para un país sin ejército ni músculo coercitivo, la previsión, los equilibrios políticos y la legitimidad que nace de la coherencia política, jurídica y moral no son adornos: son su principal línea de defensa. Esta consistencia ética sigue siendo también su mejor estrategia de supervivencia y prosperidad, y la base inamovible de la política internacional de la República.
Elayne Whyte Gómez es exvicecanciller y exembajadora ante la ONU, y profesora en la Universidad Johns Hopkins.