Editorial

Editorial: Violencia en una marcha democrática

Un grupúsculo desencadenó actos de violencia con la clara intención de apropiarse de la marcha del martes para servir a otras agendas, incapaces por sí mismas de convocar a una multitud

“Hombre fuerte” no es una expresión casual. La dictadura ha sido una actividad fundamentalmente masculina. Solo las democracias producen Goldas Meir, Angelas Merkel o Indiras Ghandi, y solo en ellas crece la participación de las mujeres en el ejercicio del poder político.

Las democracias, es innegable, también coexisten con el machismo, la desigualdad, la discriminación y la violencia. Hay un largo camino por recorrer, pero ningún otro sistema político tiene tanto trecho avanzado. En las democracias modernas, crece el reconocimiento de las injusticias y la urgencia de darles solución.

Manifestaciones como la celebrada el martes en conmemoración del Día Internacional de la Mujer contribuyen a acelerar el cambio. Son un ejercicio profundamente democrático donde se manifiestan, a la vez, varias libertades civiles inexistentes donde mandan los “hombres fuertes”. La libre expresión de las ideas, el derecho a reunirse y a manifestarse son todos pilares de la vida democrática.

La marcha fue un rotundo éxito como ejercicio de esas libertades y como acontecimiento político organizado para exigir el fin de la violencia contra las mujeres, la impunidad, el acoso sexual y la discriminación en todas sus formas. Nada cambiará de la noche a la mañana, pero la persistente demanda de justicia impulsará, a ritmo creciente, las reformas necesarias.

Miles de mujeres y hombres comprometidos con esos ideales los defendieron pacíficamente el martes, durante horas y a lo largo de varias cuadras de la capital. Su manifestación no debe verse empañada por la violencia de una treintena de personas al final del día y del recorrido.

Los incidentes tuvieron la clara intención de apropiarse de la marcha para servir a otras agendas, incapaces por sí mismas de convocar a una multitud. No debemos darles gusto. La marcha fue lo que vimos durante prácticamente todo el día: una nutrida protesta pacífica contra la discriminación y la violencia. La gran mayoría de los manifestantes no se habría hecho presente si se les hubiera convocado para vapulear a un diputado electo, dañar el edificio legislativo con pintura o agredir a la prensa.

En medio del ejercicio democrático de la gran mayoría, el grupúsculo actuó con irracionalidad antisistema. Impidieron al futuro legislador manifestarse como lo hacían los demás y desaprovecharon la oportunidad de entablar un diálogo para precisar sus posiciones. También, agredieron a la prensa, necesaria para dar a conocer la marcha y sus demandas a todo el país, y enfrentaron a los policías, destacados durante todo el día para mantener el orden y cuidar a los propios participantes.

Por último, la emprendieron con sus latas de pintura contra la Asamblea Legislativa, donde pronto habrá una participación histórica de la mujer. El 47% de las curules será ocupado por 27 diputadas en el plenario más equilibrado jamás visto. Es un Congreso actualmente presidido por una mujer, como también lo fue en la primera legislatura de este período constitucional. En él se han aprobado trascendentales iniciativas contra el abuso machista, como la ley de acoso sexual callejero.

Los incidentes en el cierre de la marcha llaman a reflexionar sobre los discursos antisistema y las incitaciones a la polarización y al odio. Hay sectores de la sociedad dispuestos a arrastrarnos hacia la confrontación violenta, sin rumbo definido. El sistema político es perfectible, pero solo en el marco de la democracia representativa conseguiremos avanzar hacia una sociedad más justa para las mujeres y para toda persona sometida a la marginación económica y social.

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