Editorial

Editorial: Nicaragua: la dolorosa lección de jugar con la palabra ‘dictadura’

Daniel Ortega comenzó la demolición de la democracia dividiendo a los nicaragüenses, sembrando odio entre ellos y desplegando campañas diseñadas para desacreditar las instituciones. La responsabilidad de Costa Rica es doble: no dar la espalda a un pueblo que sufre cárcel, exilio, miedo y supresión de libertades, y no trivializar dentro de nuestras fronteras el lenguaje con que comienzan las tiranías

Daniel Ortega, quien gobierna en Nicaragua, junto con su esposa Rosario Murillo. La dictadura sandinista mantiene una persecusión constante a diferentes sectores de la sociedad nicaragüense. Entre ellos el gremio religioso, oenegés y medios de comunicación. Foto: AFP
Daniel Ortega, quien gobierna en Nicaragua, junto con su esposa Rosario Murillo. La dictadura sandinista mantiene una persecusión constante a diferentes sectores de la sociedad nicaragüense. Entre ellos el gremio religioso, oenegés y medios de comunicación. Foto: AFP CESAR PEREZ
Daniel Ortega, quien gobierna en Nicaragua, junto con su esposa Rosario Murillo. La dictadura sandinista mantiene una persecusión constante a diferentes sectores de la sociedad nicaragüense. Entre ellos el gremio religioso, oenegés y medios de comunicación. Foto: AFP
En 2021, Daniel Ortega convocó una pantomima electoral después de encarcelar a sus principales rivales y se adjudicó la reelección. Luego del fraude, convirtió a Rosario Murillo en copresidenta. (CESAR PEREZ/AFP)

Nicaragua es la prueba más dolorosa de por qué ningún gobernante democrático debe jugar con la palabra “dictadura”, prometer “tomar” el Poder Judicial, situarse por encima de magistrados, jueces, fiscales o diputados, ni vilipendiar a los periodistas que revelan los abusos y las corruptelas del poder.

Daniel Ortega comenzó la demolición de la democracia con una guerra de palabras: dividió a los nicaragüenses, sembró odio entre compatriotas y desplegó campañas cuidadosamente diseñadas para desacreditar las instituciones. Su propósito era habituar a la ciudadanía a despreciar los límites al poder, hasta presentar la concentración de toda la autoridad no como un abuso, sino como un supuesto acto de rescate o “recuperación” nacional.

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