Editorial

Editorial: Falta autoridad frente a fiestas clandestinas

Mientras el sector formal observa rigurosamente las normas sanitarias, la burla representada por el negocio de las fiestas clandestinas aprovecha la oportunidad para atraer clientes. Una flagrante violación a la ley se da a vista y paciencia de las autoridades en Montes de Oca desde hace cinco meses, y continúa pese al allanamiento ejecutado hace seis semanas

El pasado domingo en horas de la madrugada la Fuerza Pública en coordinación con el Ministerio de Salud y una jueza del Juzgado Penal de Turno Extraordinario se presentaron a una propiedad ubicada en Los Yoses, en San Pedro de Montes de Oca, donde aparentemente se realizaba una fiesta clandestina.
El pasado domingo en horas de la madrugada la Fuerza Pública en coordinación con el Ministerio de Salud y una jueza del Juzgado Penal de Turno Extraordinario se presentaron a una propiedad ubicada en Los Yoses, en San Pedro de Montes de Oca, donde aparentemente se realizaba una fiesta clandestina.

La Policía apenas da abasto para frenar las fiestas clandestinas en todo el país. Ningún local debe operar, en ningún momento, sin las patentes y permisos necesarios para acreditar la seguridad, higiene, cumplimiento de obligaciones tributarias y respeto a la zonificación, pero el control nunca fue tan importante como ahora.

Las regulaciones impuestas por la pandemia de la covid-19 son un elemento crítico para la protección de la salud y la economía. Por eso estamos dispuestos a hacer el sacrificio de imponer al comercio formal, respetuoso de la ley, horas de cierre tempraneras, limitaciones de aforo, uso de mascarillas y otras regulaciones. No obstante, esas mismas normas, destinadas a evitar aglomeraciones y contagios, abonan el terreno para las fiestas clandestinas. Nadie más puede ofrecer música, baile y licor de sol a sol, sin preocupación por las medidas sanitarias. La voluntad de violar las medidas contra la covid-19 hace de la burla a la paz del vecindario una mera consecuencia de faltas más graves.

Así, en San Pedro, cerca del «mall», hay una casa, antes dedicada a la actividad formal y lícita de bar, con el nombre de «Beach Club», y ahora sede de fiestas clandestinas con cientos de asistentes. La entrada cuesta de ¢5.000 a ¢10.000 y el escándalo no cesa antes del amanecer, hasta tres días por semana. La convocatoria se hace abiertamente, por redes sociales.

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