A finales de marzo de 2022, una semana antes de ser elegido democráticamente como presidente de la República, un anuncio de campaña de Rodrigo Chaves aseguraba que sabía “conciliar” y que estaba dispuesto a “comerse las broncas” necesarias para resolver los problemas del país. Hoy, a tres años de mandato, esa promesa enfrenta su prueba más crítica.
La decisión del gobernante de romper el diálogo con el presidente de la Asamblea Legislativa, Rodrigo Arias, y de no nombrar un nuevo ministro de la Presidencia mientras Arias permanezca en el cargo es una clara señal de distanciamiento respecto a sus propias palabras.
Gobernar es construir, y solo se construye dialogando. Se equivoca Chaves si cree que el principal afectado por esta ruptura es Rodrigo Arias o los demás diputados. Quien pagará las consecuencias será la ciudadanía, porque los problemas nacionales son demasiado graves y el Poder Ejecutivo no podrá resolverlos en solitario, ya que se requiere de leyes.
Menos –como anunció Chaves cuando era candidato presidencial– podrá gobernar solo por decreto, y mucho menos por referendo, para hallar soluciones a la inseguridad ciudadana y a la delincuencia, que se han consolidado como los problemas que más preocupan a los costarricenses, según la encuesta de abril del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP) de la Universidad de Costa Rica.
Tampoco podrá afrontar por decreto otros desafíos que se suman a los problemas señalados por los costarricenses, como la corrupción, la pobreza, las deficiencias en educación, el costo de vida, el desempleo, el narcotráfico y el deterioro de carreteras e infraestructura.
En este contexto, decirle a Arias que “si sabe contar, no cuente conmigo”, como lo expresó en febrero al rechazar convocatorias al diálogo para atender una agenda conjunta de seguridad ciudadana, o negarse nuevamente en mayo respondiendo “que me llame cuando sepa qué es negociación”, constituye un grave incumplimiento del deber más básico de un gobernante: proteger y servir a su población.
Por más que le incomode, Arias fue elegido por una amplia mayoría de los diputados como presidente de la Asamblea Legislativa para un cuarto periodo. Esa decisión, adoptada dentro del marco democrático, debe ser respetada. Gobernar también implica aceptar las realidades políticas y trabajar con ellas, aunque no sean las que desearía quien ejerce la Presidencia.
En ese sentido, debemos recordarle al presidente que, en el mismo anuncio de campaña de marzo de 2022 en que afirmó “sé conciliar”, decía a los electores algo fundamental para el perfil de un presidente de la República: “Promover el consenso y la participación entre grupos es una cualidad fundamental de todo líder”. Ha llegado el momento de serlo. Su decisión de no nombrar a un ministro de la Presidencia tras la salida de Laura Fernández, el 30 de enero, resulta sumamente preocupante. Alegar que “poner a un ministro para ir a dialogar con Rodrigo Arias Sánchez, como presidente del Congreso, es un desperdicio de recursos y de tiempo” carece de sustento en alguien que conoce cómo opera el sistema político nacional.
El papel de un ministro de la Presidencia es crucial, pues se encarga de la coordinación interministerial e interinstitucional y, además, actúa como enlace entre el Ejecutivo y el Legislativo para impulsar los planes del gobierno por medio de la sana negociación. Renunciar a esa figura es, en la práctica, renunciar a promover la conciliación con los 57 diputados.
Será imposible que los costarricenses veamos soluciones a los problemas que más preocupan si el gobierno avanza por una ruta y los diputados por otra. Precisamente, en medio de tantos discursos cargados de insultos y agravios a los diputados, es vital que el mandatario caiga en cuenta de que sus palabras en nada contribuirán a la prometida conciliación para resolver los problemas nacionales.
Pero esto no es de ahora. Sus virulentos ataques al Poder Legislativo se remontan a la campaña electoral y al inicio de su gobierno. Arias no parece ser el problema, sino una excusa. Con una fracción gubernamental disminuida –en la que incluso dos diputadas de Progreso Social Democrático dieron su voto a Arias–, la única opción es tender puentes.
Debe convencerse de que el diálogo transparente sigue siendo la mejor herramienta para alcanzar acuerdos y responder a las demandas ciudadanas. Debe comprender que la democracia no se sostiene en monólogos. Gobernar para todos los costarricenses, que por mayoría aún respaldan el sistema democrático, según CIEP, exige sentarse a negociar con todos los sectores, incluso con aquellos con los que el gobernante mantiene diferencias.
Es hora de que el presidente cumpla su promesa de “comerse las broncas” y actúe con la valentía de quien entiende que la mayor muestra de liderazgo es la capacidad de unir, no de dividir. Costa Rica necesita un mandatario con la cabeza fría, la mano firme y el corazón dispuesto a anteponer el bienestar del país sobre cualquier diferencia personal.

