
Tras años de actitudes no siempre ejemplares, la Iglesia católica costarricense dio un claro paso al frente en transparencia, compromiso, arrepentimiento y determinación ante un flagelo inaceptable: los abusos cometidos en su seno contra personas vulnerables, en particular menores de edad víctimas de delitos sexuales.
El martes 3 de marzo, al inaugurar el Quinto Congreso Latinoamericano del Centro de Investigación y Formación Interdisciplinar para la Protección del Menor (Ceprome), monseñor Javier Román Arias, obispo de Limón y presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica (Cecor), no pudo ser más claro y directo en sus palabras. Tras reconocer que nuestro país no ha estado al margen de los abusos sexuales, de poder, conciencia y autoridad espiritual que han “sacudido a la Iglesia en el mundo entero”, dijo una frase que por años hemos esperado: “Por esto, hoy, también yo pido perdón de corazón”.
Al pronunciarla desde su investidura como la más alta autoridad eclesiástica nacional, su afirmación –de hondo carácter personal– refleja también un compromiso y actitud institucionales.
En su alocución, breve en extensión, pero abundante en contenido, monseñor Román partió de renunciar a “las palabras suaves” y calificó la actividad del Ceprome como “el clamor de una Iglesia que reconoce su dolor por los pecados cometidos y decide mirarlos de frente”.
Esa mirada directa estuvo ausente por muchos años, en la Iglesia de Costa Rica incluso más que en la de otros países. Además, contribuyó a la impune perpetuación de los abusos y acentuó el dolor y los traumas de las víctimas. En su lugar, a menudo prevalecieron el encubrimiento, la tolerancia cómplice –quizá como reflejo del perdón mal entendido– y la reticencia a tratar los casos como lo que en su mayoría han sido: delitos que deben ser investigados y juzgados por las autoridades civiles.
No es posible olvidar, entre los casos nacionales más relevantes, los 15 años que tardaron las autoridades de la arquidiócesis de San José en suspender a un sacerdote de sus labores tras las quejas presentadas en su contra desde 2003. Por las violaciones contra un menor de 11 años cometidas ese año, fue condenado a 20 años de prisión en marzo de 2022, tras ser extraditado desde México, adonde había escapado. Otros delitos de los que había sido acusado ya habían prescrito.
El mensaje emitido por monseñor Román fue muy distinto a las actitudes de entonces: “No podemos, como seguidores del Maestro, limitarnos a escuchar y luego continuar como si nada”. Al contrario, dijo a los sacerdotes y fieles reunidos para la ocasión: “Debemos reconocer con humildad nuestra responsabilidad”. Esto incluye “colaborar con las autoridades civiles y asumir las responsabilidades”. Añadimos que tal colaboración debe ser oportuna y proactiva.
Sin duda, como dijo, la Iglesia debe ser prudente ante “acusaciones sin fundamento que pueden destruir honras de personas honorables”. A la vez, sin embargo, debe desplegar la “tolerancia cero” ante los abusos, como lo solicitó el fallecido papa Francisco, y la “transparencia y coherencia moral de sus ministros” exigida por su sucesor, León XIV. A ellas también se refirió monseñor Román.
Gracias al liderazgo de estos dos papas, y luego de insistentes denuncias, investigaciones y sanciones eclesiásticas o penales contra prelados por delitos sexuales en varios países, el Vaticano al fin pasó del silencio y el ocultamiento a la beligerancia contra los abusos.
Cuando se desempeñaba como obispo de Chiclayo, en Perú, León XIV enfrentó con decisión los múltiples abusos cometidos por Sodalicio, un grupo católico ultraconservador de ese país. Además, dio apoyo a los periodistas que documentaron sus desmanes frente a presiones en su contra.
En junio del año pasado, al estrenarse en Lima una obra de teatro sobre el caso, el Papa envió un mensaje en el que calificó la prevención y el cuidado como “el corazón del Evangelio”. Llamó a arraigar en toda la Iglesia “una cultura de la prevención que no tolere ninguna forma de abuso, ni de poder o de autoridad, ni de conciencia o espiritual, ni sexual”, y recordó que esta solo será auténtica “si nace de una vigilancia activa, de procesos transparentes y de una escucha sincera a los que han sido heridos”.
Las palabras del obispo Román ante el congreso del Ceprome se inscriben en esta línea. Es la que debe seguirse como práctica permanente, por apego a la doctrina cristiana, sin duda, pero más aún como obligación ante la legislación nacional y deber hacia víctimas. “No podemos vacilar ni retroceder –dijo–. Solo la verdad nos hará libres y solo una Iglesia purificada podrá anunciar con credibilidad la esperanza que proclama”. Que así sea.
