Columnistas

Voto razonado

El privilegio de acudir a las urnas exige al ciudadano corresponder con una profunda reflexión sobre el rumbo deseado

La democracia sobrevive a todo menos a las urnas. Triunfó sobre las fuerzas del Eje en la Segunda Guerra Mundial, pero sucumbió ante las mayorías de los primeros años de Hugo Chávez, en Venezuela. Atestiguó la caída de la Unión Soviética, pero abrió la puerta a una nueva forma de autoritarismo con las victorias electorales de Vladímir Putin en el 2000 y el 2004.

Los ejemplos abundan y se multiplican a partir de la última década del siglo pasado, cuando el autoritarismo encontró una nueva ruta hacia el poder. Allí donde no había condiciones para transitar la senda de la revolución y el golpe de Estado, halló el camino de las urnas y lo siguió hasta plantear una amenaza para la primigenia república democrática, cuya recuperación todavía no es definitiva.

En este domingo, los costarricenses estamos llamados a elegir presidente y diputados. Haríamos bien si recordamos, al ejercer el sufragio, que la democracia se defiende en las urnas, pero también en ellas se pierde. El discurso populista, concebido para dividir, exacerbar odios y explotar frustraciones, ha demostrado su eficacia en todos los continentes, y donde no ha conseguido el poder, ha echado raíces para permanecer amenazante.

La embestida del autoritarismo con base electoral pone a prueba las instituciones republicanas. Donde no logran resistir, como en Venezuela, el totalitarismo es inevitable y con él la desaparición de todo vestigio de respeto a las libertades y derechos fundamentales. El riesgo es demasiado grande y cuando se materializa suele ser muy tarde para recuperar lo perdido.

Putin lleva 21 años en el poder, contados desde su designación como primer ministro por Boris Yeltsin, y el chavismo tiene 22 años de haberse adueñado del gobierno. Ninguno de los dos parece próximo a abandonar su dominio y si las urnas sirvieron para entronizarlos, no se han mostrado igualmente eficaces para desalojarlos.

La preocupación por el surgimiento de un demagogo capaz de marear a un sector suficiente del electorado nacional, cuya fragmentación podría facilitar su éxito, está presente desde hace años. Ya no basta, en un día como este domingo, hacer énfasis en la importancia de votar. Nunca fue tan importante razonar el voto, meditarlo y descontaminarlo de las apelaciones a la emotividad y de teatrales despliegues de indignación.

El privilegio de acudir a las urnas exige al ciudadano corresponder con una profunda reflexión sobre el rumbo deseado. La antipolítica conduce a callejones oscuros de donde es muy difícil salir. Votemos con cuidado.

agonzalez@nacion.com

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