Carlos Arguedas R.. 9 mayo

¿Vale la pena ir a votar? ¿Qué ganamos si lo hacemos y qué perdemos si no? Ir, digo, porque votar comienza por ser en nuestro medio una acción física: hay que moverse para acudir a un recinto.

Todavía no podemos enviar nuestro voto por correo, ni hacerlo de manera virtual. Por consiguiente, aunque el voto es individual y secreto, votar es un acto comunitario, manifiesto y perceptible. Significa cosas como implicarse y participar.

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Entonces, ¿por qué implicarse y participar? Sobre todo en estos tiempos que desaconsejan el contacto social, la acción física de votar nos expone a un riesgo probable. Parece que lo prudente es quedarse en casa y dejar el asunto en manos de otros.

Supuse que hacía falta inventar un sistema que nos exima de votar, al menos periódicamente; uno que se guiase por la máxima que dice «nadie objeta, nadie responde».

El que se me ha ocurrido consiste en que a partir de una votación inicial, el elegido o sus adláteres se queden en adelante con el cargo sine die, como gustan decir los abogados: indefinidamente, hasta que sobrevenga la abdicación, el destierro o la muerte.

Pero me temo que con diversas variantes (una de ellas, el régimen gregario, en el que cada quien se subsume en la disciplina del grupo, bajo un único mando, sin distinguirse ni disentir de los demás), el sistema desde hace rato está inventado, opera exitosamente en algunos países de nuestro entorno y se basa en un sencillo postulado tácito, según el cual, votar, lo que se llama votar, es prohibido o no está permitido.

Nuestro sistema abjura de esa idea: está escrito que votar es obligatorio; sin embargo, esta es solo una regla de derecho y, además, una norma imperfecta, porque si la infringimos no pasa nada, ni sanción ni castigo.

Nuestra cultura no es como la griega antigua, de la que Bertrand Russell decía: «Allí donde había ocasión para ello, como en los Estados democráticos, la participación en la dirección de los asuntos públicos era universal entre los ciudadanos. Se miraba con desagrado a todo aquel que no demostrase interés por la política y se le llamaba ‘idiota’, que en griego quiere decir ‘entregado a intereses privados’».

El escritor es exmagistrado.