Columnistas

Una modernización clave y barata

Para facilitar el flujo de cartas, paquetes o pizzas, estamos anclados en la cola de América

Costa Rica es un país líder en pagos electrónicos. Estamos entre los primeros de América, por encima incluso de Estados Unidos. Pero si de facilitar el flujo de cartas, paquetes o pizzas se trata, estamos anclados en la cola. No culpo a Correos de Costa Rica, que ha realizado una tarea titánica para sortear obstáculos y cumplir, lo mismo que DHL, FedEx y otros. El problema se oculta «cien metros al norte de...» donde queramos, es decir, tras nuestra forma de dar direcciones.

Con el liderazgo del Banco Central y la adhesión del sistema financiero, la movilización electrónica de fondos ha crecido exponencialmente. Sus resultados se llaman conveniencia, eficiencia, rapidez, transparencia, seguridad y trazabilidad; como resultado, impulso a la productividad y el control fiscal. Pero seguimos atados a un sistema arcaico para la circulación de los bienes que, precisamente, podemos intercambiar más fácilmente gracias a Sinpe Móvil, las tarjetas y otros métodos digitales de pago.

La disociación es paradójica: grandes saltos en lo que técnicamente resulta más difícil y legalmente más delicado (transacciones monetarias), pero parálisis en lo que puede resolverse con plaquitas que den nombres a todas las calles y números a todas las casas (direcciones precisas).

¿Por qué el contraste? Mi hipótesis contempla dos factores: cultura y liderazgo. Una cultura de innovación y competencia, clave en la industria financiera, logró asentarse en el Banco Central y el resto del sistema, impulsada por la visión de funcionarios capaces y proactivos. En cambio, un apego a la tradición arcaica de dar direcciones como contar cuentos ha paralizado el cambio. Peor, poco hemos hecho por propiciarlo: un nuevo sistema de nomenclatura diseñado hace años era tan conceptual que no pudo franquear la corronga barrera de los puntos cardinales, los referentes y metros (al menos enterramos las varas).

Lo notó recientemente la revista The Economist, que dedicó una nota de «color» al sistema, sin omitir sus consecuencias: pérdidas para la economía e inconveniencia para los usuarios. ¿Qué esperamos para emprender, mediante simples decisiones municipales, la gran modernización en la materia? En términos de costo-beneficio, difícilmente habrá una iniciativa más rentable. Y su dirección es clara.

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