Columnistas

Un oficio peligroso

Con mi lengua, recorro todo un continente, atravieso el mar, y siempre me dejaré escuchar

La literatura es un oficio peligroso cuando se enfrenta a las desmesuras del poder de las tiranías, que nunca dejan de sentirse amenazadas por las palabras. El poder que se ejerce con crueldades y excesos tiene rostro de piedra y es contrario a las verdades y a la invención, y al humor y a la risa, que son cualidades cervantinas.

Enjuiciado por mis palabras, he sido forzado al exilio; por mostrar la realidad de un país sometido a la violencia de la tiranía y por imaginar. La invención también tiene un precio y, a los ojos del poder absoluto, la novela se vuelve subversiva.

Ovidio fue desterrado a los confines más inhóspitos del Imperio romano, en el mar Negro, «allá, donde ninguna otra cosa hay, sino frío, enemigos y agua de mar que se congela en apretado hielo», porque sus poemas, o su irreverencia, o sus opiniones, eso ya nunca llegará a saberse, ofendieron al emperador Augusto, y habría de morir lejos, afligido por las calamidades de la soledad y el ostracismo.

Extrañado. Cuando a un escritor se le envía al exilio, la pretensión es convertirlo en un extraño de su propia tierra, de su vida y de sus recuerdos.

«Como la nave podrida que es devorada por la invisible carcoma, como los acantilados socavados por el agua marina, como el hierro abandonado atacado por la mordaz herrumbre, y como el libro archivado devorado por la polilla», dice de sí mismo en sus «Tristes», porque aun en aquellas lejanías siguió escribiendo, un oficio al que no se renuncia nunca, aun en medio de las peores calamidades. Más bien, la necesidad de escribir se exacerba entonces, si uno se debe a las palabras o debe su vida a las palabras.

«El arte de amar», uno de sus libros capitales, quedó prohibido y fue sacado de las bibliotecas públicas. Prohibidas sus palabras y alejado para siempre de su tierra, que era, según él mismo afirmó, como «ser llevado al sepulcro sin haber muerto».

En América Latina se ha pagado siempre un alto precio por la palabra libre. Muerte, desaparición, cárcel, destierro. Haroldo Conti y Rodolfo Walsh, asesinados por la dictadura del general Videla en Argentina.

Al destierro fue a dar dos veces Rómulo Gallegos, primero bajo la dictadura de Juan Vicente Gómez y luego bajo la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, después que fue derrocado de la presidencia de Venezuela.

Había durado solamente nueve meses en el cargo, los mismos nueve meses que duró Juan Bosch, exiliado por la dictadura del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo, y luego de muerto Trujillo, elegido presidente de la República Dominicana, solo para ser derrocado por los militares trujillistas y vuelto otra vez al exilio.

Pablo Neruda se comprometió en 1946 con la candidatura de González Videla, y se involucró en su campaña electoral, pero, ya en el poder, aquel lo mandó perseguir y tuvo que huir a través de la cordillera hacia Argentina.

Exiliados tras el derrocamiento de Jacobo Árbenz en Guatemala, Tito Monterroso y Luis Cardoza y Aragón, por la dictadura de Castillo Armas. Exiliado Augusto Roa Bastos por la dictadura de Stroessner en Paraguay. Exiliado Mario Benedetti de Uruguay, exiliado Juan Gelman de Argentina, su hijo asesinado y su nuera secuestrada y llevada a Uruguay, donde dio a luz a una niña, desaparecida por largos años; y él mismo canta mejor que nadie esa desolada canción del exilio: «Huesos que fuego a tanto amor han dado / exiliados del sur sin casa o número / ahora desueñan tanto sueño roto / una fatiga les distrae el alma…».

Y exiliados de Cuba Reinaldo Arenas y Guillermo Cabrera Infante y Severo Sarduy; y de Venezuela, hoy, tantos escritores y artistas que forman una inmensa, e intensa, diáspora.

De modo que yo pertenezco a esa larga tradición de quienes pagan un precio por sus palabras, dos veces bajo orden de prisión y dos veces obligado al exilio: primero en mi juventud, por una dictadura familiar, y tantos años después, por otra dictadura familiar.

Pero hay algo de lo que nunca nadie podrá exiliarme, y es de mi propia lengua. Porque mi lengua de escribir realidades y de crear mundos imaginarios es una lengua que no conoce fronteras.

Hay lenguas que tienen el país por cárcel, lenguas que terminan donde terminan las fronteras. No sé lo que es vivir en uno de esos espacios verbales cerrados. Ese sentimiento de que la voz se escucha de cerca, pero no de lejos. Que le quiten a uno su lengua por la fuerza.

Uno de los grandes escritores centroeuropeos, Sándor Márai, sintió que había muerto cuando sus libros, que entonces solo podían leerse en húngaro, también fueron prohibidos en su patria.

Le extirparon la voz como castigo. No solo nadie podría leerlo al otro lado de la guardarraya, ni siquiera en Polonia o en Austria, donde no estaba traducido, sino que tampoco podría ser leído en su propio país. Como que no existiera. Y, así, el mundo se perdió durante muchos años la espléndida belleza de sus palabras, mientras él decidía su suicidio en el exilio, ya sin lengua.

Nicaragua es un país más pequeño que la Hungría de Sándor Márai, y por eso me intriga y me aterra esa posibilidad de que nadie pudiera oírme más allá de mis fronteras, o la de quedarme alguna vez sin lengua. El limbo de las palabras o su infierno.

Pero yo, con mi lengua, recorro todo un continente, atravieso el mar, y siempre me dejaré escuchar. Y si mis libros están prohibidos en Nicaragua, las veredas clandestinas de las redes sociales hacen que lleguen a miles de lectores, igual que pasaba antes con los libros inscritos en las listas negras de la Inquisición, que atravesaban de contrabando las fronteras a lomo de mula o burlaban las aduanas escondidos en barriles de vino o de tocino.

Por eso es que las palabras se vuelven tan temibles. Porque tienen filo, porque desafían, porque no se pueden someter. Porque son la expresión misma de la libertad.

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