La idea era organizar una reunión de los cinco excompañeros de estudio aún localizables, todos sobrevivientes de la guerra de Corea, la muerte de Stalin, el derrocamiento de Árbenz, el vuelo de Gagarin, la Revolución cubana, la crisis de los misiles, el asesinato de Kennedy, la guerra de Vietnam, el carnaval estudiantil de mayo del 68, la invasión de Checoeslovaquia, las manifestaciones contra Alcoa, la muerte-resurrección de Franco, la caída del muro de Berlín y la consagración de Michael Jackson. Los acompañarían, desde luego, los cónyuges todavía vivos y asistiría un par de parientes jóvenes capaces de atender cualquier emergencia. Todo con el propósito de hacerle un homenaje de amistad a otro sobreviviente que, emigrado a Australia en su juventud, había decidido regresar por algunos días a la tierra natal y ahora solo ansiaba unas horas de camaradería.
Así las cosas, ella y él —encargados de la logística— reflexionaban sobre un detalle nada trivial: cuáles serían los temas más convenientes para traer a cuento en el encuentro, ya que —se les había prevenido— el emigrado se había vuelto, intelectualmente hablando, bastante delicado. “Se sabe que ahora al hombre lo aburren las confrontaciones verbales, así que debemos tratar de que las conversaciones sean, digamos, agradables, inofensivas”, dijo él. “¡Cómo se te ocurre!”, protestó ella, “en Costa Rica eso sería un milagro”. “Pues tenemos que hacer lo posible”, sentenció él.
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Decidieron confeccionar una lista de temas potencialmente conflictivos, que compartirían de antemano con los sobrevivientes. No se hablaría de política local ni internacional, ni de religión, ni de fútbol, ni del cambio climático, ni de economía, ni de historia, ni de catástrofes naturales. Sí habría espacio para las artes y la literatura, para los éxitos escolares de nietos y bisnietos, para las bellezas turísticas, para las historias de aparecidos, para las travesuras de las mascotas y para las series de televisión anteriores a 1990.
El encuentro salió a pedir de boca hasta que la misma organizadora no hizo un comentario que, de haberse escuchado en una reunión de millennials, habría terminado a silletazos. “Solo a vos”, se quejó el organizador en medio de la batahola, “se te pudo ocurrir hablar de lo que leíste en Facebook sobre las vacunas”.
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El autor es químico.