Fernando Durán Ayanegui. 22 junio

En otra época, todo el que diera un paseo por una ciudad se encontraba tarde o temprano frente a un barbudo de desaseada apariencia, cubierto con un balandrán flotante, montado en unas sandalias desgastadas y gritando a voz en cuello y en una de las tantas lenguas que han berreado las gargantas humanas, que el fin del mundo estaba cerca. Lo que no sabemos es si repugnaba más por su pinta despelotada que por la posibilidad de que su profecía resultara acertada.

Pero ahora tal vez podamos salir de la duda. Tenemos la impresión de que los actuales profetas del fin del mundo no andan tan descachalandrados como los de antaño, sino que, más bien, tienden a verse atildados en sus trajes de estilo casual propio de científicos y académicos, de modo que si meten miedo no es por sus apariencias sino por lo que anuncian. Tan solo en el curso de esta semana, ellos han comunicado que el derretimiento de hielo en Groenlandia alcanza niveles escalofriantes, que las fábricas de agroquímicos lanzan a la atmósfera cien veces más metano que cuanto se calculaba, que la semana próxima las temperaturas promedio en Italia podrían sobrepasar los 44 grados Celsius, que la desaparición, en los últimos 25 años, del 75 % de los insectos voladores nos amenaza con un armagedón ecológico, que los incendios forestales de estos días en el noroeste de Canadá son los más infernales jamás observados, que en algunas regiones de África y la India beberse un vaso de agua cuesta recibir una puñalada, que dos terceras partes de la población de la urbe metropolitana de Yakarta tendrán que ser evacuadas casi de inmediato, y el etcétera que sigue alcanzaría para llenar unas seis columnas como esta.

Ciertamente, los científicos son abominables; tanto que los políticos ya piensan en colocarle la cereza al pastel. Los temas que dejó sin resolver la reunión de la Conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático, realizada en Polonia en diciembre del 2018, fueron transferidos a una comisión restringida que se reúne esta semana en Alemania, y ahí, se prevé, intentarán dar fin a los reportes del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, lo que significaría que, de ahora en adelante, será olvidado el aporte de los científicos al cacareado Acuerdo de París. ¡Fuera los falsos profetas de la ciencia!

El autor es químico.