Juan Carlos Mora Montero. 12 abril

Distintas voces autorizadas afirman que cuando superemos este «tiempo excepcional», habremos ascendido a una «nueva normalidad»; una sociedad con valores y perspectivas nuevos, una sociedad que aprendió de sus errores y se dispone a un «reinicio».

En esa «nueva normalidad» —señalan—, múltiples cosas no volverán a ser como antes; una de ellas es la forma como los seres humanos concebimos el futuro. No será el día de mañana o el hoy en la tarde o el cortoplacismo que, en general, nos ha caracterizado.

De la misma forma, el egoísmo individual habrá sido superado por la solidaridad humana y la disminución de la polaridad política en los países. «En las grandes crisis, emerge lo mejor de las personas», algo similar a lo que el profesor Peter Coleman, de la Universidad de Columbia, documentó como la diplomacia de los desastres o el escenario del enemigo común.

En otras palabras, si usted ahorra agua y su vecino no, ambos y las futuras generaciones resultarán afectados. Lo mismo podría decirse si un país usa un arma nuclear o aplica una vacuna a la población y los vecinos no.

En el futuro no funcionará solo el sálvese quien pueda; demandará salvarnos todos juntos o, de lo contrario, nadie, o solo muy pocos, sobrevivirán.

El cambio hacia una sociedad como la descrita no es una tendencia actual (señal fuerte). La consideramos todavía un «hecho portador de futuro» (señal débil) en un mundo en constante y acelerado cambio. Un mundo en un tiempo líquido, como lo denominó el sociólogo y escritor Zygmunt Bauman, en el cual las estructuras sociales cambian tan rápidamente que no llegan a niveles de madurez para entenderlas plenamente y hasta conceptualizarlas.

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Los comunes. ¿Por qué pensar en la posibilidad de crear una sociedad más solidaria, ética y futurista? La respuesta es que los grandes retos de la humanidad ya no son los de un país, una empresa o un gobierno en particular. Hace algunas décadas iniciamos la entrada a lo que la premio nobel de economía Elinor Ostrom denominó el gobierno de los comunes.

El calentamiento global, los desplazados climáticos, las amenazas nucleares, las hambrunas, las pandemias exigen respuestas colectivas, universales y solidarias. Ninguna nación puede aislarse de la globalización y la interconexión del sistema global.

Entonces, ¿cómo pensar y planificar el futuro de la humanidad, del país, de una empresa y de la familia de acuerdo con las condiciones antedichas?

Si hacemos un recuento de la producción cinematográfica y literaria sobre el futuro de los últimos veinte años, en especial en la última década, la gran mayoría presenta un panorama distópico, ausencia significativa de finales felices, supuestos orwellianos.

Blaise Pascal (1623-1662) señaló lo que en tiempo presente sería una profecía: en tiempos futuros, la gente buscaría cómo distraerse de buscar definiciones del ser y su futuro (¿quién soy?, ¿por qué existo?, ¿para dónde voy?) y que el inmediatismo y el hedonismo ofrecerían muchas formas de desviar a la humanidad de lo verdaderamente importante y duradero.

La invitación contemporánea es cambiar el «destino manifiesto». El futuro no está escrito; se construye a fuerza de decisiones que se toman en el presente. Como cuando la humanidad, en el pasado, superó las grandes crisis militares, naturales, pandémicas, necesitamos en este momento un poco de utopía.

Anticipación. De acuerdo con Anatole France, la utopía es el principio de todo progreso y el ensayo de un futuro mejor. Oscar Wilde indicó que el progreso no es más que la realización de las utopías.

¿Hace cuánto Costa Rica renunció a tener sus utopías? ¿Hace cuánto solo se piensa en intentar resolver los problemas inmediatos? ¿Hace cuánto se castiga el pensamiento utópico e innovador que intenta emerger de algunos sectores y personas? ¿Hace cuánto nuestros partidos políticos dejaron de pensar en utopías? ¿Hace cuánto nos hemos dedicado a tapar goteras en lugar de pensar en cambiar el techado?

Cuando se hace referencia al pensamiento utópico, debe distinguirse entre sueños alejados de la realidad y fantasías sin asidero real o ciencia ficción. La utopía, como la describió el filósofo Tomás Moro en su obra de 1516, es una construcción a partir del desempeño óptimo de las variables clave y de la mejor versión de las personas encargadas de tomar decisiones.

La prospectivista Fabienne Goux-Baudiment sostiene que «históricamente, la utopía es uno de los tres grandes ángulos de aproximación ficticia al futuro, junto con la ciencia ficción (exploraciones racionales) y la anticipación (evoluciones realistas)».

No tenemos un nuevo mundo como Moro para partir de la nada y tomar las decisiones necesarias para construir una sociedad utópica; nos corresponde, por tanto, con lo que tenemos, recuperar la confianza y la ilusión en que el futuro que tendremos y legaremos a las nuevas generaciones será un lugar («una nueva normalidad») donde todas las personas querríamos vivir y no solo sobrevivir.

Esto arranca con hacernos de manera decidida las preguntas: ¿Cómo deseo que sea mi futuro y qué debo hacer para construirlo?

El autor es docente en la UNA y la UCR.