Los refranes, como “a quien árbol se arrima, buena sombra lo cobija”, “al que madruga, Dios lo ayuda” o “a grandes males, grandes remedios”, constituyen sabiduría condensada.
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha está lleno de ellos. También la Biblia. En el mundo financiero, la ventaja de no poner todos los huevos en una misma cesta es de aceptación casi general. Veamos por qué.
Si suponemos que la probabilidad de que la canasta de huevos que Caperucita Roja lleva a su abuelita se le cayera y todo su contenido se quebrara fuera del 10 %, y optamos por dividir el contenido en dos canastas, la probabilidad de que ambas fueran a dar al suelo baja un 1 %. Algo gana Caperucita con la separación.
Pero no hay almuerzo gratis, pues esa ganancia se logra a un precio. El precio es que ante la posibilidad de que toda la carga de huevos llegara intacta a su destino era un 90 %, mientras al dividir en dos el contenido la posibilidad bajó al 81 %. Esto es así porque, al utilizar dos canastas, la quiebra de una u otra produce pérdidas, por lo menos, parciales.
La diversificación baja la probabilidad de incurrir en pérdidas totales, pero aumenta, como se vio, la de las parciales. Y aquí entra en escena lo que se conoce como “temor al riesgo”, definido como la preferencia de una persona por un resultado seguro de tamaño X, sobre uno incierto de promedio X.
Así, por ejemplo, una persona temerosa al riesgo prefiere recibir con certeza un regalo de ¢10 millones, que uno de ¢20 millones si al lanzamiento de una moneda al aire cae mostrando escudo, y cero si la moneda muestra corona.
La segunda opción tiene un promedio de ¢10 millones, igual que la primera, pero tiene riesgo, mientras la primera es segura.
El temor al riesgo lo explica la hipótesis de la “utilidad marginal decreciente del dinero”, el cual sostiene que es preferido más que menos, pero cada unidad monetaria adicional brinda a la persona una utilidad más baja que la de la unidad anterior.
Por eso, nadie se la juega a perder o ganar, en el futuro, la mitad del sueldo dependiendo del resultado de lanzar una moneda al aire. El razonamiento es que la mitad del sueldo que perdería le aporta más utilidad (satisfacción) que la mitad que ganaría. De modo que, si bien ambas opciones tienen igual valor actuarial, ¢10 millones en el ejemplo, la segunda está utilitariamente recargada en su contra.
Prima de riesgo. Si se eleva paulatinamente el valor del regalo bajo la segunda opción, es posible encontrar una cantidad para la cual la persona sea indiferente entre esta y el recibir los ¢10 millones con certeza. Puede que un regalo de ¢50 millones la lleven a jugársela. La segunda opción pasaría a tener un valor promedio de ¢25 millones, y la diferencia de ¢15 millones respecto al promedio anterior, se conoce justamente como la “prima de riesgo”.
Lo anterior explica también por qué la gente está dispuesta a pagar una prima por rehuir a determinados peligros que la vida o las empresas enfrentan, como los accidentes, el deterioro de la salud, el robo y los incendios.
Técnicamente, la prima económica no es la misma que la prima comercial pagada a un asegurador. La primera, la económica, es la diferencia entre lo que se le paga y lo que, en promedio, se recibe en reclamos pagados. En otras palabras: la prima económica es la que no se recupera y es, por tanto, el verdadero precio pagado por trasladar el riesgo.
Si esto es así, la gente que juega lotería debería comprar pedacitos de diferentes números y no un entero del mismo número. Pero no siempre lo hace, quizá porque supone que la probabilidad de ganar el gordo es casi igualmente baja en uno y otro caso.
En la década de los cincuenta, y atrás, el ingreso por exportaciones de Costa Rica dependía fuertemente de tres productos básicos: café, banano y cacao. Un precio bajo del banano acarreaba problemas. Una cosecha baja de café, también. No en vano Ricardo Jiménez llegó a afirmar que el mejor ministro de Hacienda era una buena cosecha de café. Nuestra producción exportable estaba altamente concentrada.
Pero eso, por fortuna, cambió, y el país recibe hoy divisas por la exportación de una gran cantidad de bienes y servicios. Además, los destinos de las ventas al exterior se han diversificado. El resultado es que un problema en un producto o en un país comprador no tiene ahora la importancia de hace 70 años atrás.
Ida y vuelta empresarial. Muchas empresas en el mundo encontraron ventajoso encargar parte creciente de su producción a terceros cuyos costos de producción eran inferiores. Notaron que en ciertos casos les convenía trasladar las fábricas a otros países, donde la mano de obra, los impuestos, etc., fueran más bajos.
A lo primero se le conoce como outsourcing; a lo segundo, como offshoring. Pero, quizá, abusaron de esas posibilidades porque, en busca de abaratar costos, concentraron el riesgo en algunos países, como China. ¿Qué tal si en China comenzaban a subir los salarios y la producción de insumos ya no era tan barata? Esto empezó a darse hace unas décadas y derivó en que empresas estadounidenses volvieran a su país. A esto se le conoce como reshoring.
El problema no ha sido resuelto en su totalidad. Hace unos años, debido a un fuerte terremoto en Japón, se interrumpió el envío de insumos clave desde ese país. Recién, con la aparición del covid-19, la ciudad de Wuhan, en Hubei, y otras provincias chinas, productoras baratas de insumos para la industria de muchos países, se paralizaron y, hasta nuevo aviso, entraron en un sueño como el de la Bella Durmiente. Igual está ocurriendo en ciudades en el norte de Italia.
Yo, por ejemplo, encargué unos audífonos alemanes, pero en la clínica me informaron de que, por tener algunos componentes chinos, debo esperar. A escala mundial, esperas como esa presagian una caída significativa de la producción, del producto interno bruto.
En el futuro, si se encuentra una vacuna para vencer al covid-19, la actividad industrial puede, cuando menos en parte, recuperar lo perdido. Pero, difícilmente, se levantrá la industria turística, pues lo que no llegó el viento se lo llevó.
Esa experiencia, más la vivida durante el terremoto en Japón hace unos años, ha llevado a líderes empresariales a volcar su atención en la gran conveniencia de diversificar las fuentes de sus insumos, a no poner todos los huevos en una misma cesta, a no depender de un solo país ni de una sola fábrica. Ciertamente, la diversificación casi que implica asumir costos más elevados en la cadena de valor, pero bien vale la pena, como podría reafirmar Caperucita.
De una diversificación como la indicada, Costa Rica saldría favorecida. Por tanto, conviene redoblar esfuerzos para acelerar el ingreso del país a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), así como a la Alianza del Pacífico, y estimular, en vez de asustar de tiempo en tiempo, a las empresas ubicadas en zonas francas y a las locales, que son suplidoras actuales y potenciales de insumos para ellas.
En cuanto al gobierno, es de esperar que el esfuerzo del equipo coordinado por Rodolfo Méndez rinda frutos perdurables y la improvisación en materia de política pública pase a ser historia patria.
El autor es economista.