Thelmo Vargas. Hace 5 días

A mediados de la década de los cincuenta del siglo pasado, Moravia no era un cantón lleno de urbanizaciones, como ahora, sino de cafetales, la mayoría de estos eran propiedad de André Challe, quien poseía también un beneficio, una lechería y una fábrica de quesos a pocas varas de la plaza de San Vicente.

Por estas fechas de noviembre, el año académico estaba por terminar, venían tres meses de vacaciones, de verano y de viajes a las muchas pozas de un cristalino río Virilla, que se movía como una culebra por tupidos cañones, de suerte que unas recibieran los rayos del sol por las mañanas y otras por las tardes y así más pudieran disfrutarlas.

También estaban cerca la Navidad y las fiestas en Guadalupe, Plaza Víquez y en otros lados, para lo cual era conveniente contar con alguna platita.

Mi familia poseía un pequeño cafetal en Moravia, muy ecológico porque las matas eran altas y requerían sombra, la cual aportaban frondosos árboles de cuajiniquil, llamas del bosque y, especialmente, matas de plátano criollo, de banano y guineo.

De ahí salían las hojas para envolver tamales y también las amarras. ¡Qué bien saben los plátanos en una olla de carne y los guineos celes cocinados junto con los frijoles negros! Ese cafetal no conoció lo que era el abono químico, pues se fertilizaba con las hojas secas que producía.

El terreno lo paleábamos los hermanos y la recolecta del café la hacíamos hermanos y hermanas. La primera cosecha tenía pocos granos maduros, la segunda era la importante, porque estaba maduro una gran cantidad del producto. Había una tercera, la repela, en que se recogía todo, teniendo el cuidado de no dañar las bandolas para que pudieran producir el año siguiente.

Costumbres. En la época de recolecta, al cafetal llegábamos pasaditas las 6 de la mañana para construir un rancho donde almorzar, tomar café y descansar.

También, en un sitio central, construíamos un reloj de sol, con las horas en números romanos, en la posición que mostrara la sombra de un grueso palo clavado en el suelo, la cual ajustábamos el primer día con la hora que marcara el reloj de la iglesia de la parroquia, la que veíamos desde un alto árbol.

La actividad se iniciaba cantando boleros del trío Los Panchos, rancheras de Jorge Negrete, mambos de Benny Moré y lo que fuera. Quien se topaba con una ranita o un gusano ratón detrás de alguna hoja lo anunciaba de viva voz.

Más fuerte era el grito cuando se encontraba una guápil (dos granos de café pegados), y ni que decir de una peineta (tres granos de café pegados), las que cuidadosamente guardábamos como trofeos de guerra.

Pero lo mejor era cuando llegaba el almuerzo, como a las 10:30, pues nos ubicábamos en el rancho a comer lo que mamá nos enviaba, a parlotear y luego a tomar una siesta en el rancho o a la sombra de un árbol.

La comida nos sabía a gloria, pues, como afirmó Teresa, la esposa de Sancho Panza, «la mejor salsa del mundo es la hambre», y como esta no falta en los cafetales, allí se come con gran gusto.

A las 2 de la tarde era la hora del café, lo que tomaba unos veinte minutos. A eso de las 4:30 parábamos para llevar al beneficio de Challe, en un carretillo, los sacos con el café recogido.

En el beneficio había muchas carretas tiradas por bueyes y algunos camiones de carga haciendo entrega del café proveniente de muchos cafetales de la zona.

Como lo nuestro era poco, los encargados de medir las entregas nos dejaban pasar casi de inmediato e informaban a la oficina de al lado para que confeccionara un recibo a nombre de don Telmo Vargas Guerrero, nuestro padre, y, a partir de 1956, cuando este murió, a nombre de mamá.

En algún momento el beneficio hacía adelantos de plata contra esos recibos y después una liquidación, ajustada de conformidad con el precio que obtuvo en el mercado internacional.

Vivencia familiar. Las hermanas acompañaban a los hermanos a la entrega, no solo para disfrutar de toda la actividad que tenía ese beneficio —un gran tanque donde se echaba la fruta, máquinas que le quitaban la cáscara, amplios patios para el secado de la semilla y hasta una fábrica de yates—, sino también porque de regreso a casa, que quedaba a unas 500 varas al este, se turnaban para ser transportadas en carretillo.

No mediaba paga en dinero por la labor de recolección que nos ocupa, pues, como dice otro refrán, «si hay gloria no hay paga, si hay paga no hay gloria».

Dos hermanas mías vivían en propiedades que colindaban con un gran cafetal de Challe, cuyas matas eran de una variedad pequeña, no tenían sombra y producían enormes cantidades del grano.

Mi hermana Seidy siempre decía que coger café ahí era facilísimo y, además, un día se enteró de que pagaban seis reales (75 céntimos de colón) por cada cajuela. Convenció a unas sobrinitas y a unas amigas para que se metieran a coger café, ya que era muy sencillo, divertido y hasta ganarían alguna platilla.

Dicho y hecho. En unas latitas de leche Nido depositaban lo recogido y luego pasaban el producto de su labor a unas bolsas de yute para llevarlo hasta el beneficio, confiando en que allí, inmediatamente, les pagarían.

La entrega sería al día siguiente, pero mi madre se dio cuenta de lo sucedido y les dijo que eso equivalía a robar café, y obligó a mis hermanas a ir al beneficio, entregar el café y explicar lo que había ocurrido.

«Nosotras somos cogedoras de café, no somos ladronas —explicó mi hermana—, y nos metimos al cafetal porque vimos que el café estaba madurititico y las matas eran bajitas. Además, porque nos dijeron que donde Challe les pagaban a los cogedores».

Mi mamá les había señalado que primero había que averiguar quién era el mandador de la finca, dónde vivía, visitarlo y casi rogarle para que las contratara, porque había muchos jóvenes mayores que buscaban trabajo en vacaciones. «¿Entonces no nos van a pagar?», preguntó Seidy. «No», fue la respuesta.

Yo me pregunto: ¿Cómo habría sido contabilizada esa diferencia entre lo recibido ese día por el beneficio y lo facturado? ¿Habría recurrido el contador a la cuenta «errores y omisiones», como hace el Banco Central para igualar el debe y el haber de la balanza de pagos?

Aporte menor. Por aquel entonces al café se le llamaba el grano de oro, por el gran aporte que hacía a la generación de divisas del país y hasta un presidente había afirmado que el mejor ministro de Hacienda de Costa Rica era una buena cosecha de café. En la actualidad su aporte relativo a las reservas monetarias internacionales es más bajo.

Con el paso del tiempo, los vehículos automotores desplazaron a las carretas tiradas por bueyes utilizadas para el transporte del grano y de las que los chichillos se colgaban.

Hoy muy pocos jóvenes costarricenses disfrutan el coger café y gran parte de la recolecta debe hacerse con mano de obra importada, que se mueve de una zona productora a otra según la época de maduración.

Quizá no cantan La múcura ni conversan con sus compañeros de labor por estar pegados a sus celulares.

El autor es economista.