
La renuncia a pensar a largo plazo lleva a las personas a refugiarse en mirar hacia abajo, probablemente la pantalla del celular o la computadora, convertidas en la frontera de nuestra imaginación.
En el pasado, cuando no portábamos celulares, ni siquiera una cámara fotográfica, las personas se concentraban en ver los paisajes, los eventos, las situaciones que llamaban su atención para vivir el momento y, a la vez, dejarse un recuerdo en la memoria para compartirlo. Hoy las cosas son muy diferentes.
Recientemente, fui a un concierto y me percaté de que la gran mayoría de las personas tenían más interés en grabar con el celular al artista y a sí mismas que en apreciar y disfrutar las canciones y el ambiente.
Es decir, hace mucho que estamos plagados de señales que nos dan información fundamental de que algo no estamos haciendo bien, pero de pronto sucede algún acontecimiento —comúnmente casual— que nos lleva a pensar que no andamos tan mal, y nos olvidamos de los problemas.
Solucionar los grandes problemas nacionales ajustando el artículo de una ley o emitiendo un decreto es signo de que estamos viendo hacia abajo y no al frente. Puedo citar varios ejemplos de los últimos meses para fundamentar el argumento; sin embargo, voy a puntualizar en uno solo: el proyecto para la reforma parcial del artículo 16 de la Ley de Planificación Nacional (5525); expediente 23214.
Esta enmienda le otorgaría al Ministerio de Planificación Nacional y Política Económica (Mideplán) la facultad de ser el órgano técnico de consulta obligatoria de todo proyecto de ley para la “creación, fusión o supresión de los órganos o entes menores de la administración”, prerrogativa que ya tiene, pero además el Parlamento puede consultar al Mideplán, si lo considera necesario, sin necesidad de que haya una ley específica.
El argumento esgrimido con el fin de darle más espacio de acción al Mideplán es que la estructura institucional del Estado creció de manera desordenada y es muy grande y burocrática. Es decir, la hipótesis se funda en que, por no ser órgano de consulta de las reformas efectuadas, probablemente las menos, tenemos un Estado con muchas instituciones y un funcionariado que duplican funciones.
Responsabilidad de los jerarcas
Sugiero una hipótesis diferente. En los últimos años, ha habido un deterioro en la creación de valor público por parte de la institucionalidad y sobra evidencia de ello. No obstante, el motivo no es la falta de un Mideplán que apruebe reformas institucionales y cree unidades, porque esa competencia, insisto, siempre la ha tenido, con excepción de los proyectos de ley que las crean, pero que no son tantos.
Hay cuando menos dos factores que me parece correlacionan de mejor manera la situación. El primero es un discurso sistemático en las campañas electorales del siglo XXI de ataque a la institucionalidad, lo que drena la confianza de la ciudadanía en esta. El segundo es que en las últimas tres administraciones los nombramientos de los jerarcas, con algunas excepciones, han sido desafortunados.
Dice una frase que la persona dignifica y engrandece el puesto, y no a la inversa. Creo que muchos jerarcas no están preparados para asumir responsabilidades y conducir con liderazgo y visión las entidades a su cargo; y esto no se evidencia solo en lo que han hecho, sino también, y fundamentalmente, en lo que han dejado de hacer.
Mirar más allá del ahora
La impericia política y falta de formación técnica para los puestos que ocupan deslucen la imagen de la institución que dirigen. Cuando escucho críticas contra las instituciones, propuestas de cerrarlas o fusionarlas, busco la razón por la cual fueron creadas, y encuentro una gran relevancia en su existencia, pero que no es honrada por los jerarcas designados para guiarlas.
Tampoco niego que, en el contexto actual, algunas deben repensarse, analizar la vigencia de sus misiones y adaptarse a las condiciones de la sociedad posindustrial contemporánea, pero con una mirada a largo plazo para no cometer el error de quedarnos sin una función clave en el futuro.
El planificador francés Jean Monnet afirmó que “los hombres pasan, pero las instituciones quedan; nada se puede hacer sin las personas, pero nada subsiste sin instituciones”. En otras palabras, son las personas quienes han dañado profundamente las instituciones, y suponer que cerrarlas o dar omnipotencia al Mideplán para autorizar la creación, fusión o cierre sea la solución es señal de que estamos perdidos, porque tal potestad siempre la ha ejercido; entonces, ¿sería responsabilidad de este ministerio lo que sucede a la estructura institucional?
La fórmula del cambio no es tan complicada, no hay que toparse por casualidad con las señales, hay que crear una visión del futuro compartida y buscar las señales que nos indiquen que se va por el camino correcto.
El autor es docente en la UNA y la UCR.
