
Hay un endurecimiento de la política monetaria que no aparece en ningún comunicado del Banco Central. No se decidió en una junta, no se anunció, no lo pidió nadie. Y, sin embargo, está ahí, estrujando el crédito y la actividad. Para verlo, hay que hacer una distinción que los economistas repetimos hasta el cansancio y que la conversación pública suele pasar por alto: la diferencia entre la tasa nominal –la que sale en el informe del Banco Central de Costa Rica (BCCR)– y la tasa real, que es la que de verdad cuenta.
La tasa de política monetaria del Banco Central se ubica hoy en 3%. En Estados Unidos, la Reserva Federal mantiene su rango entre 3,5% y 3,75%. Vistas así, en términos nominales, las dos casi coinciden; incluso la nuestra es un poco más baja. Uno diría que tenemos una política monetaria tan holgada como la estadounidense, quizá un poco más. Pero esa lectura es engañosa, porque olvida lo que les está pasando a los precios.
La tasa real es, en esencia, la tasa nominal menos la inflación. Es una identidad que formuló Irving Fisher hace casi un siglo y encierra un corolario que suele descolocar a quien lo oye por primera vez: cuando la inflación es negativa –cuando hay deflación–, restar esa inflación equivale a sumar. Si la tasa nominal es 3% y los precios, en vez de subir, caen 0,3% en el año, la tasa real no es 2,7%: es 3,3%. La deflación, por sí sola, encareció el dinero sin que el Banco moviera un solo punto.
Eso es exactamente lo que ha ocurrido en Costa Rica. Con una inflación que lleva meses en terreno negativo, nuestra tasa real de política ronda +3,3 % a mediados de 2026, y llegó a rozar +7,8 % en 2023. La estadounidense, en cambio, apenas supera el cero. Es decir: con tasas nominales prácticamente iguales, el costo real del dinero en Costa Rica está muy por encima del de Estados Unidos. Vivimos, en la práctica, un estrujamiento monetario mucho más severo que el que sugieren los titulares.
Las consecuencias no son abstractas. Una tasa real alta desincentiva el crédito, y el crédito es el combustible de la inversión y del consumo duradero. Para una empresa que evalúa ampliarse, o para una familia que sopesa una hipoteca, lo que pesa no es la cifra publicada por el BCCR, sino cuánto vale, en poder de compra, la plata que van a devolver. Cuando los precios caen, esa devolución se encarece. No sorprende, entonces, que el crecimiento del crédito haya sido pobre, ni que sectores enteros describan las condiciones financieras como “excesivamente restrictivas”. El costo real de endeudarse subió, aunque la tasa nominal no se moviera, y esa es la tuerca que estruja.
Conviene detenerse en el mecanismo, porque explica por qué la deflación no es la buena noticia que a veces parece. La tasa real es la que gobierna las decisiones de ahorrar, invertir y pedir prestado. Quien tomó una deuda en colones descubre que, con los precios a la baja, esa deuda se hizo más pesada: es la vieja “deuda-deflación” que el propio Fisher describió en 1933, en medio de la Gran Depresión. Por eso, la teoría monetaria trata la deflación con recelo, no con alivio. Cerca del piso de las tasas nominales, una política que luce laxa puede ser, en términos reales, contractiva.
Soy el primero en reconocer que el cálculo tiene matices. La tasa real que describo es una tasa ex post, calculada con la inflación ya observada; el Banco Central fija la suya mirando hacia delante, con la inflación que espera. Y una parte de nuestra deflación es importada: viene de la propia apreciación del colón y de precios internacionales bajos.
Hay, de hecho, un círculo que se retroalimenta –apreciación, menos inflación importada, deflación, tasa real todavía más alta– del que conviene ser consciente. Nada de esto prueba, por sí solo, un error de manual. Pero sí ilumina con crudeza una tensión real.
Hay un dato que remata el argumento. En 2022 y 2023, cuando la tasa de política llegó a 9%, muy por encima de la de la Reserva Federal, ese diferencial atrajo capitales y ayudó a apreciar el colón. La causa dominante de la apreciación ya no es el diferencial de tasas, sino algo más estructural –una fuerte generación de divisas por exportaciones, servicios, inversión extranjera y endeudamiento externo y vaya usted a saber qué otras fuentes adicionales–, lo que en otros artículos he llamado una enfermedad holandesa de origen financiero. La tasa real elevada es, en ese cuadro, el canal que explica el crédito no vigoroso.
¿Qué hacer con todo esto? No pido bajar la guardia frente a la inflación; pido mirar más de un termómetro. Un banco central que persigue exclusivamente una meta de inflación puede, por la vía de la deflación, producir un estrujamiento real involuntario sobre la actividad y el crédito.
La tradición que la Cepal llama “macroeconomía para el desarrollo” plantea algo sensato: que la política monetaria pondere también el tipo de cambio real, el empleo y la estabilidad financiera, y no solo el índice de precios. No es heterodoxia temeraria; es reconocer que la estabilidad nominal es necesaria, pero no suficiente. La ley del BCCR fija así, por cierto, sus objetivos.
La próxima vez que escuchemos que la tasa está “baja”, vale la pena preguntarse: ¿baja respecto de qué? Con precios cayendo, un 3% nominal puede ser una de las políticas monetarias más restrictivas de la región. Es una tasa que estruja sin que nadie la haya subido y, precisamente por invisible, merece dedicarle estas líneas, antes de que muera el paciente asfixiado. Se me escapa que ya ha sido demasiado paciente.
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Miguel Gutiérrez Saxe es economista y analista de política pública costarricense.