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La responsabilidad de la OTAN de salvar afganos

Los miembros de la Alianza no podemos retirarnos como sombras junto con nuestros ideales, principios y la promesa de libertad y democracia que mantuvimos durante más de dos décadas

Existen pocos episodios más honorables en la historia de Albania que su solitario ejemplo de heroísmo de cara a la destrucción de las comunidades judías europeas durante la Segunda Guerra Mundial. Nadie pidió a nuestros abuelos que se arriesgaran, y a menudo sacrificaran sus vidas, para salvar gente del Holocausto. Sin embargo, así lo hicieron incontables albaneses, tanto musulmanes como cristianos y ateos.

Gracias al código de honor albanés, que nos exige ofrecer refugio a los extranjeros que lo necesiten, Albania fue el único país de Europa que acabó la guerra con más judíos que en su comienzo.

Inmediatamente después, vivimos la persecución de primera mano. Tras derrotar a nuestros enemigos externos, encontramos un círculo igual de vicioso dentro de nuestras fronteras: un régimen opresivo que encarceló, torturó y asesinó a quienes percibía como enemigos.

Vivimos lo que hoy el pueblo de Afganistán enfrenta a medida que los talibanes consolidan su poder en todo el país. En su momento, vivimos en un Estado que selló sus fronteras y persiguió a los disidentes y sus familias, tal como se prevé que los talibanes lo hagan con sus adversarios. Durante cerca de 50 años, aspiramos a la libertad que disfrutaron los afganos en los últimos 20 años y que hoy parecen destinados a perder.

Hoy Albania es miembro de la OTAN: disfruta de sus beneficios y comparte las responsabilidades de la cooperación. Dada nuestra historia, parece correcto que seamos el primer país del mundo en ofrecer refugio a miles de refugiados afganos que huyen de los talibanes. Todos los miembros de la OTAN deben reconocer su responsabilidad.

Es cierto que existen cruciales preguntas sobre lo que está ocurriendo en Afganistán y por qué, y cómo los actuales acontecimientos darán forma al futuro de la Alianza. Pero, si bien es imperativo sostener esas conversaciones con una actitud desapasionada, hoy hay que esforzarse con urgencia por salvar tantas vidas como sea posible. Debemos sostener los valores de la Alianza del Atlántico Norte que comparten todos los países democráticos, lo que significa no dar la espalda a quienes se encuentran en peligro porque creyeron en nosotros.

Hasta hace unos cuantos días, los miembros de la OTAN éramos la principal fuente de apoyo para el pueblo de Afganistán. No podemos retirarnos como sombras junto con nuestros ideales, principios y la promesa de libertad y democracia que mantuvimos durante más de dos décadas.

La alianza militar más potente del planeta, creada para sostener esos ideales mediante la amenaza de la fuerza y la fuerza del ejemplo, no puede convertirse en una entidad sin carácter ante los ojos del pueblo afgano y los millones de personas de otros lugares del mundo que ansían vivir en una sociedad libre, justa y democrática. Todos nosotros, nuestra comunidad de países, debemos ofrecer esperanza, refugio y una nueva vida a aquellos que nos creyeron, trabajaron para nosotros y lucharon por la promesa del futuro que representábamos.

Cuando acordamos acoger refugiados afganos, lo hicimos porque nos tomamos en serio nuestras obligaciones para con nuestros aliados. Pero lo más significativo es por quiénes somos. Apenas hace 30 años éramos los afganos de la costa adriática, tratando desesperadamente de escapar del «talibán rojo» de Tirana, y que en la guerra de Kosovo abrimos nuestras puertas para acoger a medio millón de refugiados que escapaban de las limpiezas étnicas en la Serbia de Slobodan Milosevic.

Conocemos bien todos los aspectos de la tiranía, tanto cuando viene desde un régimen brutal como al buscar construir una nueva vida como refugiados en otros países. Esas experiencias nos han enseñado que no es el peligro lo que genera temor, sino el temor lo que crea el peligro.

Albania no es un país extenso ni rico. No está desvinculado de las complejas realidades de Europa, y de cómo a menudo la inmigración se percibe como una carga. Sabemos que el temor a los extranjeros afecta las encuestas, las elecciones y los compromisos de partidos y políticos que intentan ser elegidos, y respetamos las difíciles decisiones que todos los demás países deben tomar. Sin embargo, al vernos ante opciones de vida o muerte sobre las personas a las que nos comprometimos a ayudar, la decisión es evidente.

No actuar hoy significaría volver las espaldas a nuestra propia historia y olvidar lo aprendido en las tragedias del siglo pasado. Sería dejar de lado el recuerdo de tantos soldados caídos y borrar los innumerables sacrificios tomados a lo largo de 20 años en el campo de batalla, mientras los talibanes y las crueldades que representan recuerdan a la humanidad una vez más que el mal nunca muere.

Albania está lista para compartir la carga que deben asumir juntos todos los países de la OTAN. Pero ahora pregunto: si incluso Albania, el país más pobre de la Alianza, puede arreglárselas para manejarla, ¿cuál de los otros Estados miembros de la OTAN no puede hacerlo? ¿Y qué excusa política puede ser tan importante como para traicionar nuestras obligaciones humanas más básicas?

Hay demasiados dedos acusando y demasiadas pocas manos alzándose para beneficiar a la humanidad. El principio fundador de la OTAN es que un ataque sobre uno de sus miembros es un ataque a todos. Así, también, debería ser la respuesta al reto humanitario que la OTAN está dejando tras sí en Afganistán.

El autor es primer ministro de Albania.

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