Columnistas

El dolor en Afganistán no es ajeno

No perdamos de vista que, como afirmaba Tzvetan Todorov, nadie es intrínsecamente otro

(WAKIL KOHSAR/AFP)

La viralización de los videos de gente desesperada en el aeropuerto de Kabul, intentando huir de Afganistán después de que los talibanes tomaron la capital y el presidente Ashraf Ghani abandonó el país, y la incesante difusión de otro que muestra a personas cayendo de un avión en un intento por ponerse a salvo, ameritan que nos detengamos a pensar cuál es la mirada que ve esas tragedias y de quién es ese sufrimiento, para evitar una indignación que surge porque las atrocidades suceden lejos de casa, en un país que llamamos extraño, a gente que encontramos también extraña.

Así, ver los reportes de Informativos Telecinco, la BBC o The New York Times, sobre el lúgubre futuro que se avecina para las mujeres en Afganistán, que habían adquirido derechos en los últimos veinte años de forma muy trabajosa, lo ilustra la más que probable prohibición de ir a la escuela, a la universidad o a trabajar; el borrado de las imágenes donde aparecen ellas en la vía pública; la imposición de burkas, que las encerrarán de nuevo; y los matrimonios forzados de las niñas.

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