Armando González R.. 19 diciembre, 2020

«El gobierno propone y la Asamblea Legislativa dispone». La paráfrasis del viejo refrán sobre la imposibilidad de controlar el destino, cuyo devenir queda en manos de Dios, se antoja facilísima, pero no es cierta. El Congreso también propone y el presidente participa de la disposición mediante el poder de veto. Entre los tratadistas hay quienes califican al Ejecutivo de «colegislador».

Esa es la naturaleza del sistema republicano de pesos y contrapesos y no son de recibo los intentos de subvertirla para evadir responsabilidades. El desmentido de la paráfrasis está en el artículo 123 de la Constitución Política y también en la práctica, tan habitual que extraña la ingeniosa mutación del refrán para justificar la pasividad del Congreso en ausencia de propuestas presidenciales. Los diputados son los primeros en defender la facultad de proponer. Ejercen la iniciativa y cuidan, celosos, la autoría de sus proyectos. También proponen cuando plantean mociones para modificar un texto.

La paráfrasis es un artilugio para no comprometer capital político desde la oposición y ejercerla con la comodidad de quien se reserva el recurso de volcar el pulgar como lo hicieran los emperadores en el circo romano. Evita, también, la exhibición de grietas internas apenas disimuladas por la identidad partidaria.

Para proponer, un partido de oposición debe encontrar cohesión en sus principios fundamentales. En eso se distingue de la maquinaria electoral, incapaz de impulsar una visión del futuro y ajena a cualquier pretensión de hacerlo si no se impone en los comicios. Mientras espera indiferente la próxima justa electoral, la maquinaria nada propone, porque no está hecha para eso. Como ejercicio de calentamiento, rechaza propuestas ajenas y hasta aprovecha toda oportunidad para profundizar las crisis con la esperanza de allanarse el camino.

El precio de no proponer es la pérdida de identidad. Si en la oposición el partido solo sabe disponer según su aparente conveniencia, nos obliga a recordar, cuatro años después de la última visita a las urnas, si tiene programa, es decir, propuesta. Pero la propuesta no es un listado de iniciativas para alcanzar la prosperidad, la equidad u otro objetivo. También es la promesa de una conducta y la intención de hacer lo mejor para el país en cualquier circunstancia. A eso se refiere el exministro Rodrigo Arias cuando escribe que nadie pierde una elección por haber sido responsable.

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