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Enseñanzas contra la doble moral

Combatir el tráfico de esclavos en el siglo XVIII y prohibir la esclavitud, posteriormente, en el siglo XIX, no fue una tarea sencilla.

En aquel entonces, el auge de la economía mundial dependía del tráfico de mercancías por esclavos y la producción de algodón, tabaco, cacao, oro y diamantes, del trabajo de los cautivos.

Tres factores se consideran determinantes de estas luchas según el experto brasileño Laurentino Gomes: la noción romántica de que el abolicionismo fue un acto filantrópico de los blancos iluminados por la Ilustración a favor de los negros; que la esclavitud se había tornado económicamente insostenible a largo plazo; y que el sistema esclavista tenía en su seno la semilla de su propia destrucción, lo que generaba la resistencia de los propios esclavos.

Ninguna de estas interpretaciones en sí mismas, según el profesor Gomes, permite explicar el éxito de este movimiento que empezó como antiesclavismo sin abolicionismo.

Dos factores contribuyeron adicionalmente: el clima y las transformaciones originadas por el iluminismo y las revoluciones norteamericana, francesa y haitiana, así como la organización, pero sobre todo por la composición, importancia e influencia de los integrantes del movimiento abolicionista, su estrategia de hecho y el liderazgo que asumieron en las luchas abolicionistas.

En su génesis, el abolicionismo tuvo un fuerte componente religioso. La revolución empezó de forma silenciosa en las iglesias de Inglaterra y los Estados Unidos, que aglutinaba a personas de diferentes orígenes.

Nueve de los doce fundadores de la Society for Effecting the Abolition of the Slave Trade establecida en Londres en 1787 eran cuáqueros. Su ejemplo serviría de modelo a las que se fundaron a partir de entonces en todo el mundo.

“El abolicionismo fue también la primera gran campaña popular en usar técnicas modernas de propaganda de masas con fines políticos”, afirma y fundamenta Gomes en el segundo tomo de su libro Escravidao (Esclavitud).

Las campañas no se limitaban a los argumentos morales y valores cristianos para realizar sus campañas. Utilizaban argumentos racionales fundados en estadísticas y hechos meticulosamente investigados sobre el negocio de trata de esclavos, que incluían fechas, mapas, diseños, plantas y dibujos de navíos.

Un caso muy sonado en la época fue la tragedia del buque negrero Zong, que salió de África rumbo a Jamaica en 1781 con exceso de esclavos a bordo y, en medio del Atlántico, 60 esclavos murieron debido a la falta de agua y comida.

Temiendo perder toda la carga, el capitán decidió lanzar al mar 133 enfermos. El dueño de la embarcación demandó a la aseguradora por las pérdidas, pero los tribunales ingleses rechazaron la demanda, ya que no fue la casualidad sino el capitán el responsable de las pérdidas.

La participación femenina fue muy importante, mujeres de todo el Reino Unido recogieron miles de firmas y organizaron boicots contra la producción de azúcar en las colonias del Caribe.

El éxito de esta campaña propagandística, como el mundo no la había visto hasta entonces, produjo la prohibición del tráfico de esclavos y, posteriormente, al menos de manera formal, la esclavitud en el mundo anglosajón y más tarde en los dominios portugueses y españoles.

Este logro, aparentemente imposible en sus inicios por los intereses que afectaba, ya que era uno de los principales fundamentos de la economía de la época, del cual dependían en gran parte los imperios, obligó a tomar decisiones trascendentales.

Por lo anterior, debemos reflexionar sobre las luchas que damos los contemporáneos en una época de señorío del capital financiero en el mundo, por la sostenibilidad del medioambiente y el bienestar de la población.

A menudo predomina un sentido de impotencia por la primacía no solo de los ingresos que acumulan desmedidamente en detrimento del resto de la sociedad, sino también por su incidencia en los poderes mediáticos y políticos que les tienden alfombras rojas y facilitan su hegemonía y guerras por el poder mundial.

Los intereses de la humanidad como un todo, más allá de las clases y naciones, dependen de la sostenibilidad de un medioambiente cada día más amenazado por el uso sin límites de combustibles fósiles.

Como reacción a esta amenaza para la humanidad, crece la organización en el planeta en defensa de la naturaleza y contra el cambio climático. Poco a poco, se unen las fuerzas y se crean alianzas globales que crean las condiciones para un cambio como debe ser, de un nuevo orden internacional orientado por los intereses de todos.

Es preciso actuar coordinadamente para denunciar las luchas entre las potencias por el control de los combustibles fósiles y desnudar sus intereses y doble moral.

Los derechos humanos son los mismos en la totalidad de los pueblos. La lógica de la dominación y la guerra no son de recibo en ninguna parte del planeta, ni en Yemen, ni en Irak, ni en Libia, ni en Siria, ni en Ucrania en un momento en que la humanidad se encuentra amenazada.

Urge la defensa de la paz y el respeto entre los pueblos para rechazar las banderías de las potencias rivales y levantar la bandera de los verdaderos derechos humanos asociados a la ecología y la supervivencia planetaria, única vía hacia un futuro estable.

Fortalezcamos de esta forma la lucha de las organizaciones cívicas por la paz y la sustitución progresiva de los combustibles fósiles por energías renovables.

miguel.sobrado@gmail.com

El autor es sociólogo.

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