¡Cómo me gustaban de niño las piñatas! Saber que en una fiesta podía hacer lo que me tenían prohibido en la vida diaria: agarrar a garrotazo limpio un objeto; que, en vez de cuidarlo, tenía licencia para destrozarlo; y, encima, me hacía famoso si lo rompía en mil pedazos.
¡Cómo me gustaban de niño las piñatas! La emoción de agarrar un montón de confites gratis, tantos cuanto pudiera, sin llorarle a un adulto por monedas que apenas compraban unas poquitas golosinas en la pulpería.
Ay, pero, de veras: ¡Cómo me gustaban de niño las piñatas! Atiparme, a lo largo de toda una tarde, de queque, helados, bombones; y jugar quedó, tener tres cornetas y tirar serpentinas. Tiempo efímero, pues al día siguiente todo volvía a la normalidad. ¡Qué buen rato mientras duraba!
Por eso, ¡qué ternura me da descubrir a ese niño interior en no pocos diputados de nuestra Asamblea Legislativa! Quieren una piñata, destrozarla, repartir confites y tener ese cuarto de hora de fama por ser los héroes del momento.
La piñata es, por supuesto, el fondo de pensiones complementarias creado hace casi veinte años para ayudar a las personas durante su vejez. Por medio de ese fondo, se creó una “vaca” para redondear la pensión mediante un ahorro mensual obligatorio, pues la que recibirán de la CCSS será muy bajita.
Están empeñados en pasar una ley para destrozar ese fondo. ¿Cómo? Prometiendo confites gratis ya: que las personas puedan retirar ese ahorro de un solo tiro. O sea, adiós fondo de pensiones y bienvenidos los Black Fridays con la plata originalmente destinada a apoyarnos en nuestra vejez.
LEA MÁS: Enfoque: Cobro electrónico en buses
Conocen, por supuesto, el espíritu infantil: ¿Qué niño rechazará unos frutinis ya cuando la alternativa es comer mañana una comida normal?
¡Me conmueve verlos rechazar los consejos de los adultos! Todos los expertos e instituciones relacionadas con el manejo de pensiones les han dicho que la piñata es mala idea. Que en los países donde la rompieron nueve de cada diez personas gastaron la plata en un par de años y quedaron limpias, como chaqueta de salonero, para el resto de la vida.
Cuando haya miles de viejitos desamparados, esos diputados siempre podrán decir, con cándida sonrisa: “¡Pero lo hice con buena intención!”. Con tanto congresista ducho en temas religiosos por ahí, bien saben que de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno.
El autor es sociólogo.