Jorge Vargas Cullell. 13 enero
Photo by Hadis Safari on Unsplash
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Hay olores que son perfumes para el corazón y evocan recuerdos de personas o sitios queridos, incluso décadas después. El olor de una comida, el aroma anudado en la ropa o la fragancia de una colonia nos abren, sin querer, el baúl de las memorias. Una casa tiene, por ejemplo, un olor característico, que es parte de su identidad. En resumen, los aromas tienen la capacidad de transportarnos, sin palabra mediante, a sitios lejanos y acariciar a personas ausentes; de disolver, por unos instantes eternos, el tiempo.

Ese sentido del olfato que nos subyuga puede tener, por supuesto, un doble filo. Algunos aromas son como puñales al corazón: reviven tragos amargos y asaltan nuestros sentidos. También, y esta no es una licencia poética, el miedo puede olerse y quienes han estado en una guerra atestiguan su hedor a destrucción y muerte.

Hay una razón fisiológica para este enorme poder del olfato. Es uno de los sentidos más antiguos en el mundo animal, desarrollado en una época temprana de la evolución. Por pertenecer al sistema límbico, parte primitiva del cerebro donde están localizadas las memorias involuntarias y las emociones, los estímulos olfativos pasan directamente al cerebro sin tener que viajar por el cuerpo. Esta conexión directa es la base del influjo de los olores.

Las artes emplean el sentido del olfato para elaborar imágenes e historias inolvidables. En Hamlet, Shakespeare pone a un personaje a decir: «Algo podrido huele en Dinamarca», crítica política que precede a la acción. La novela El perfume, de Süskind, construye una trama asesina a partir de la omnipresencia del olfato. En el cine, la cinta Perfume de mujer cuenta una melancólica historia de erotismo, amistad y soledad (prefiero de lejos la original italiana de Dino Risi con Vittorio Gassman y Agostina Belli).

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Enfoque: ‘Saudade’

Pues bien, ¿a qué huele hoy Costa Rica, nuestra casa común: a guardado, a esperanza, a podrido, a frescor? ¿Qué aroma será más poderoso: el tufo de la desigualdad y la injusticia o la fragancia de una promesa de una sociedad mejor? ¿A qué olemos? Me hago estas preguntas porque en este año electoral ninguna palabra y promesa logrará ocultar el aroma de una sociedad que, en plena pandemia, enfrenta nubarrones existenciales. Huelo el miedo, aunque me gustaría olfatear el suave olor del pasto fresco.

El autor es sociólogo.