Jorge Vargas Cullell. 6 enero

Ahora que apenas empezamos a desperezarnos del fin de año, planteo una pregunta que hace rato me da vueltas: ¿Por qué dentro de un mismo Estado hay entidades que son enclaves de excelencia a la par de otras que son verdaderas honduras públicas de incompetencia en las que moran burocracias ineficientes?

Para bajar la pelota al piso y pensar en el sector público costarricense, reformulo la interrogante así: ¿Por qué tenemos un Comex y Procomer, por un lado, y un Conavi y CPT del MOPT, por el otro? ¿Una tecnocracia competente en el BCCR y mucho de lo opuesto en el Ministerio de Educación Pública? ¿De qué depende que terminemos con unas y no con otras?

Estudios recientes acerca del desempeño de las instituciones públicas señalan la inconveniencia de pensar el Estado si fuera una entidad unitaria. En América Latina, por ejemplo, las instituciones a cargo de la macroeconomía tienden a ser claramente mejores que las responsables de las políticas sociales. En los países asiáticos, las entidades encargadas del fomento productivo son reconocidas por su eficacia y alto nivel técnico.

En otras palabras: no bastan las comparaciones nacionales sobre las capacidades y desempeño de los Estados —por ejemplo, contrastar la excelencia promedio de Singapur con la mediocridad promedio costarricense—; importa también entender las asimetrías dentro de cada Estado. Incluso en nuestro medio tenemos enclaves públicos de excelencia internacionalmente reconocidos. Y quienes trabajan ahí no son marcianos, sino costarricenses como los que laboran en las dependencias de la vergüenza.

Uno de los factores comunes de esas cumbres de excelencia es que en ellas trabajan tecnocracias sumamente profesionales, bien pagadas y con mecanismos probados de reclutamiento. Ahí, no entran los juanvainas ni los enchufados políticos. Además, a esas tecnocracias se les recomienda ejecutar políticas públicas con objetivos claros y evaluables. En cambio, examinen las honduras de la incompetencia pública y verán todo lo contrario.

Ahora que el Congreso discute la enésima versión de la ley de empleo público debe tener cuidado de no destruir las pocas buenas tecnocracias que tenemos por emparejarlas hacia abajo. Que una cosa es eliminar los pluses mal otorgados y otra, tratar al Comex o al Banco Central como si fueran el MOPT. Reformas del Estado dictadas por la pura aritmética fiscal no acaban bien.

El autor es sociólogo.