Jorge Vargas Cullell. 14 febrero

No sé ustedes, pero mi celular está que rebota de memes, “noticias” de último momento, chismes y opiniones (unas mucho mejores que otras). Todo, por supuesto, en relación con la segunda ronda electoral. Y como los columnistas somos personas comunes y corrientes, de repente me harto de todo. Quiero escapar a la época cuando no había celulares y uno no siempre andaba conectado.

“¡Diay, chavalo, desconéctelo!”, me dijo una amiga, mientras tecleaba furiosamente en el WhatsApp. No es tan fácil. Con el celular también trabajo, así que ni modo, me di a la tarea de pensar en un plan B, en busca de un poco de paz. Este plan partió de hacerme una pregunta: ¿Qué de lo que recibo no es desinformación? Cuando hablo de desinformación me refiero a los mensajes que envuelven un grano de verdad, de algo que uno sabe que pasó, en un manto de mentiras. Lo que necesitaba era filtrar la insidia.

El punto que estoy dilucidando es cómo participar en la vida pública sin tragar carbón o demonizar a los que piensan distinto a mí, aunque los crea equivocados

Perfecto, pero ¿cómo saber qué es desinformación o no? A veces, el intento de engañar es muy obvio, pero, en otras, el cuento está muy bien armado y he visto gente inteligente irse de pollo y contribuir a “viralizar” mentiras que al final se descubren como tales, pero cumplieron su cometido dejando un sedimento de prejuicio y desconfianza.

No he encontrado otro camino que, cuando algo me llama la atención, sostener mi opinión por un ratito y, ni modo, hacer la tarea de ver si hay una segunda o tercera fuente, alguno de los medios de comunicación establecidos (periódicos, noticiarios de radio y televisión), que recoja la historia. Procuro en ello ser balanceado y no tener una sola referencia: si nadie la ha reportado, me desentiendo del asunto. En esto prefiero ser tardado que inocente.

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Lo que sí borro de una sola vez son las opiniones vulgares y maledicentes. No paso de la segunda línea: me molestan enormemente los tipos que azuzan los miedos, las burlas a la integridad e inteligencia de quienes piensan distinto a ellos, los que pintan un país como si estuviera al borde del abismo, o en estado de colapso total. ¡Por favor! Una cosa es reconocer los graves desafíos que enfrentamos y otra es inventarse una realidad paralela.

El punto que estoy dilucidando es cómo participar en la vida pública sin tragar carbón o demonizar a los que piensan distinto a mí, aunque los crea equivocados. Pienso que no es inteligente dejar que la cloaca y los discursos de barricada nos arruinen la convivencia.

vargascullell@icloud.com