Santiago Manzanal Bercedo. 3 septiembre

Una letra sentimental, sí, pero, sobre todo, y eso es lo que más me importa y embelesa, una composición musical que hoy, luego de mucho tiempo, vuelvo a oír y, como años atrás, sigue produciéndome un maravilloso escalofrío, no por terror alguno, sino por una indescriptible y extrañísima sensación de añoranza, de una saudade no sé de qué…

Algo tiene esa maldita canción y algo, también, ese estupendo Neil Diamond ronqueando y dramatizando la voz, a horcajas entre la placidez y el drama.

September Morn es una de esas melodías –para mí, al menos– que ponen la carne de gallina y vidrian los ojos, no por lo que dice, pero sí por las formidables notas estampadas en el pentagrama y el acompañamiento orquestal. Juraría que, si vivieran hoy Mozart o Chopin, ambos le habrían dado el visto bueno. ¡Por qué no!

Y… ¿a qué puñetas viene todo esto? A nada… Bueno, con sinceridad: a tratar de aplacar un poco, muy poco, mi enorme crispación porque, dicho sea sin pelos en la lengua, estoy hasta los mismísimos cataplines de la imbecilidad, ignorancia supina, aldeanismo, descarados intereses y sinvergüencería de una mala parte de la clase política de este país.

Soy un melómano incorregible. Por eso, nunca puedo leer o escribir con música de fondo: mis neuronas y mi corazón se escapan hacia lo que oigo… No puedo concentrarme. Necesito un silencio total. Hoy hago una excepción: estoy escribiendo estas líneas con el September Morn detrás de mí, sonando una y mil veces, envolviéndome, con el volumen alto, como a mí me gusta… Pulsé on repeat en el equipo de sonido y… sigue y sigue. Inexplicablemente, esta vez no me molesta.

Tormenta. Hace ocho meses –¡maldita sea, cuán veloz huye el tiempo!–, escribí aquí: “2018: ¿el año de la ‘tormenta perfecta’?...”. El título mismo del artículo sugería ya por dónde iban mis preocupaciones y críticas. En ese momento, la campaña política estaba bastante caliente, con algunos protagonistas pavorosos, y a eso se debía gran parte de lo que ahí mencionaba y presagiaba, aunque, claro, sin total contundencia ni certidumbre: no tengo la bolita de cristal y había que esperar a los resultados de las elecciones.

Y llegaron los comicios, y, de nuevo, una tediosa segunda ronda, y, otra vez más, el PAC se sentó en la silla presidencial. Eso es lo que la gente quiso, y ahí lo tendrá hasta el 2022. Aclaremos y pongamos los puntos sobre las íes: querer, querer, querer…, pues no. Ciertamente, no. Eso lo sabe muy bien el flamante presidente, Carlos Alvarado, vencedor porque el ciudadano promedio consideró que él era el “mal menor”. Y eso, pese al ingente desmadre de su antecesor, Luis Guillermo Solís, mudo hoy, mientras el país está ávido de algunas explicaciones suyas, y, sin embargo, tan histriónico y locuaz cuando estaba desgobernando en Zapote.

Se ha hablado tanto, tantísimo, del actual ajedrez político del país que no queda nada por decir. Las fichas ya están colocadas y lo que falta es jugar la partida. Y ahí, exactamente ahí, están la madre, la abuela y toda la parentela del cordero.

Vamos a ver: Alvarado está ensayando un “gobierno de unidad nacional”, algo nunca visto antes, con su decisión valiente –eso no se le puede negar– de nombrar en puestos clave del Ejecutivo a varias figuras de partidos de oposición. Si las cosas van mal, el fracaso se diluirá salpicando también a los otros jugadores de las grandes ligas de la política nacional. La lógica elemental dice eso. Pero creo que no es así.

¡Misión imposible! Prefiero pensar que Alvarado tomó esa decisión para, precisamente, tratar de unir un poco al país, polarizado y atomizado en demasía, y no para distribuir entre los otros partidos las culpas de eventuales frustraciones y desencantos –que, sin duda alguna, los habrá–, debidos a su gobierno. ¡Unir al país! Le zumba el mango… ¡Misión imposible! Excelentes intenciones, dignas de elogio, pero condenadas al fracaso. El costarricense, como millones de ciudadanos de tantas otras naciones, no tiene, en el sentido estricto de su significado y práctica, una madurez política –eso es muy difícil–, aunque su democracia sea de vieja data, pero sí, en cambio, un buen espíritu civilista, y este es un punto a su favor. Ciertamente.

Alguien me dirá que esa fue una “jugada” forzada de Alvarado, en vista de la raquítica representación de su partido en el Congreso, y que nada tiene que ver con idealismos unionistas. Aun así, sutilezas aparte, esa decisión presidencial envía una buena señal.

Al margen de lo anterior, hay algo en lo que nunca, o casi nunca, se hace hincapié. Y es ahí, precisamente, donde el cordero y su familia entran en escena. Me refiero a la Asamblea Legislativa. El asunto es simplísimo: políticamente hablando, en Costa Rica, todo lo que ocurre o deja de ocurrir, lo bueno y lo malo, absolutamente todo, se debe al presidente, a su gabinete y a su partido. Así lo cree la gente, así lo contabiliza y, luego, pasa la factura cada cuatrienio. Craso error.

Manos atadas. En este sistema presidencialista, pese a su rimbombante calificativo, el mandatario tiene las manos atadas en casi todo: el Parlamento es el dueño y señor, aunque, desde hace mucho, el descabello corre a cargo de la Sala Constitucional. ¿Por qué diablos el país paga una legión de “asesores” para los diputados, si, al final, todo acaba en el Alto Tribunal? “Asesores”, “especialistas”…, entre ellos, las esposas, las hermanas, tal vez las queridas o los queridos –valga ahora la sandez del “lenguaje inclusivo”–, y hasta las dulces abuelitas. Vividores van, vividores vienen…

De cara al 2022, y aún más allá, el ciudadano debe grabar en su mente, ya desde hoy, el comportamiento y decisiones de cada diputado, con su nombre y apellidos, y de cada partido en la institución más desprestigiada del país: la honorabilísima Asamblea Legislativa. Salvo las dignas excepciones de siempre, la fauna legisladora en Costa Rica, la de antes y la de ahora, se las trae.

Y, para colmo, ahí está ese maldito reglamento legislativo que todos vienen prometiendo cambiar desde hace muchísimo, pero que sigue incólume. Cualquier idiota puede paralizar el desarrollo de este país presentando una carretilla de mociones. Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? (“¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?”). ¡Ay, Cicerón, si resucitaras!...

La tormenta mencionada aquí en enero ha llegado. De verdad que sí: entre otras cosas, el país no tiene un real, está arruinado, a punto de no poder pagar sus enormes deudas –default le llaman a eso los economistas–. Habrá que esperar solo un poco para ver si es total, o sea, “perfecta”. Hace ocho meses: “2018: ¿el año de la ‘tormenta perfecta’?...”. Hoy, los signos de interrogación se van afuera.

Y, mientras, la Asamblea Legislativa sigue atrasando las tímidas soluciones y complaciendo a todo dios para que nadie salga a protestar por los sacrificios que, inevitablemente, todos deberíamos hacer. Esa es la gran partida que están jugando. Y las calificadoras de riesgo internacionales están sin parpadear, las veinticuatro horas, observando a Costa Rica. Mal, mal, mal… Que se viene, se viene, ya y definitivamente.

En buen francés. Sin circunloquios, aunque las hipócritas almas se rasguen hasta el pellejo y los pobres diablos optimistas lo nieguen: el país se está yendo a la merde. Así, en buen francés, para escandalizar un poco menos. Al fin y al cabo, siempre se ha dicho que el francés es para la diplomacia, el italiano para las damas, el alemán para los caballos y el español para hablar con Dios. Sin comentarios.

Pongo off repeat a September Morn, y un triste y momentáneo punto final, pues el país seguirá jodido, bien jodido, más jodido… ¡Pura muerte!...

El autor es filósofo.