El orgasmo es la única forma que nos va quedando de vivir el éxtasis. Ello, claro está, prescindiendo de las drogas “recreativas”. Es la única expresión de misticismo que no es objeto de mofa y descalificación, que no es vista con cinismo o una ofensiva sonrisa de medio lado.
Hemos sacralizado el orgasmo. Nadie ríe de quienes lo proclaman “trascendente”. Nadie duda de su poder para romper el principium individuationis, el velo de maya de que hablaba Nietzsche. Es revelación, epifanía, más aún: hierofanía, mostración de lo sacro. Una vivencia de magnitud cósmica. Fundirse con el universo. Objeto de toda suerte de estudios, el orgasmo es un generador de discursividad más poderoso que cualquier tema que sea dable imaginar.
Una experiencia religiosa. Solo ella no es percibida como mera neurosis o sublimación consciente (y, por lo tanto, represión). Ahí tienen ustedes, amigos, el resultado del psicoanálisis de cafetín. ¿El arrobamiento místico? Cosa de viejas histéricas, de chupacirios, de pobres miserables privados de una vida sexual satisfactoria.
¿Los éxtasis de arrobamiento de Hildegard von Bingen, Teresa de Ávila, sor Juana Inés de la Cruz, san Juan de la Cruz, fray Luis de León? Delirios provocados por la frustración sexual, el clamor de las hormonas que se transformaba en visiones celestiales. Claro que es cinismo: explicar “lo de arriba” en términos de “lo de abajo”, reducir la trascendencia a mera inmanencia: tal es el grito guerrero de nuestros días.
Basta con hurgar en un quiosco cualquiera o en los tenderetes de libros de aeropuerto para darse cuenta de que para vender una revista debe abordar el tema del orgasmo: “Viva el orgasmo perfecto”, “Los diez pasos para el orgasmo”, “Atrévase a pedírselo”, “El orgasmo de su vida”... Pura bazofia.
Tema admirado. Hablen ustedes de los evangelios: la gente se reirá en sus narices, y secretamente pensarán que tiene problemas psíquicos, conflictos no resueltos, culpas no asumidas... Pero hable del orgasmo y será de inmediato admirado por “tener el coraje de hablar del tema con franqueza y rigor científico”. No hay posibilidad de aburrir a nadie, hablando sobre “el tema”. La gente se sumará al coloquio, y cada cual contará sus experiencias y lo declararán una experiencia “integradora”, “trascendental”, “holística”, una forma del “gozo genésico”, la petite mort, el éxtasis de los éxtasis.
Sí: nueva forma del misticismo. La experiencia integradora, totalizadora por excelencia. Solo pronuncien la palabra y verán a lo que me refiero. A ver, hagámoslo juntos: “orgaaasssmo…”. ¡Explosivo, irrefrenable! Dilaten la a y luego deslícense sobre la ese como si de vaselina se tratase. Una ese sibilante, sedosa, untuosa. Como la de Racine: Pour qui sont ces serpents qui sifflent sur vos têtes? Y yo me río de toda esa basura y del interés masivo que genera.
Falsos diagnósticos. La pobre Hildegard von Bingen, la más prominente compositora y sacerdotisa del siglo XI, era conocida por sus visiones místicas. De nuevo, hoy los imbéciles corren a decretar que tales transportes eran sublimaciones de sus urgencias sexuales no satisfechas.
Lo mismo ha sido dicho de todas las santas, beatas, visionarias y profetisas de la historia del mundo. Ahí se van Casandra, Christine de Pizan, Eulalia de Mérida, Águeda de Catania, Juana de Arco, santa Cecilia, hasta la pobre madre Teresa de Calcuta. Todas, sin excepción, viejas histéricas. Lo que Foucault llamaba “la patologización de la mujer”. La palabra “histeria”, ¿no viene del griego hyster (útero) y significa “útero ambulante”? Es la misma raíz de “histerectomía”.
Por lo que a mí atañe, tengo apenas un mediano aprecio por lo que en el fondo no pasa de ser un espasmo vaginal y un reguerillo de semen expulsado entre epilépticas convulsiones.
¿Misticismo? Seamos serios, por el amor de Dios. Esperar de una serie de panzazos, de gritos, contracciones y pataleos una experiencia mística, es como pretender que un canario cante La traviata. Placentero, delicioso quizás –también lo es un helado de vainilla–, secretor de endorfinas, relajante, ocasión privilegiada para los alaridos, mordiscos y contorsiones, espacio para burlar por un momento la vigilancia que sobre nosotros ejerce la maquinaria productiva moderna... concedido, concedido.
Una inundación masiva de péptidos opioides endógenos en nuestro organismo, con la consecuente sensación de bienestar y “beatitud”. Pero de ahí a un éxtasis místico... por favor, señores suscriptores y señoras suscriptoras de la “filosofía” New Age: vuelvan a la cordura y pongan cada cosa en su lugar.
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El misticismo no está en las glándulas excretoras, sino en una manera de distinguir la realidad trascendente (suprahumana o, por lo menos, extrahumana), de la realidad inmanente (lo que está en nosotros, lo que no comunica con potencias superiores y es enteramente explicable en términos neurobiológicos).
Pero hay que vender revistas, montones de ellas, y para eso hay que mistificar al lector, darle sus golosinas, crear una demanda lo suficientemente grande para luego satisfacerla con una oferta rentable.
¡Ah, este mundo mío que desprecio con redoblada intensidad cada día!
El autor es pianista y escritor.