Producto de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, junto con las lecciones aprendidas de la pandemia –entre ellas, la necesidad de garantizar la producción y la logística para que las materias primas y los productos lleguen oportunamente a su destino–, surgió la preocupación en CEOs y juntas directivas sobre cómo evitar la dependencia de una sola región geográfica.
Ante ello, se plantearon dos estrategias: por un lado, regionalizar la producción y, por otro, relocalizarla en lugares más cercanos a los mercados principales, particularmente Estados Unidos. Así nace el concepto de nearshoring, que generó expectativas positivas, pues, dadas nuestras históricas relaciones con ese país, se asumía que Costa Rica se vería beneficiada por el friendshoring.
No obstante, a la luz de las recientes publicaciones de este medio, resulta evidente que, lejos de incrementar y atraer más inversión estadounidense, estamos retrocediendo. Basta con comparar las cifras de inversión extranjera directa (IED): en 2024 ascendió a $3.982 millones, mientras que en 2025 cayó a $2.600 millones, lo que evidencia una preocupante reducción del 35%.
No caigamos en el espejismo de creer que una importante inversión proveniente de Suiza compensa esta caída. Es ilusorio pensar que ese monto elevado será sostenible en los años venideros. Por ello, resulta urgente conocer y entender las causas de este comportamiento.
Por un lado, es cierto que las políticas de America First y la imposición de aranceles pudieron generar temores en los mercados y en las empresas. Como dice la expresión popular, no hay nada más nervioso que un billete de $100. Aunque hubo un pronunciamiento de la Suprema Corte que limitó los aranceles, la incertidumbre pudo persistir, especialmente en inversiones que, por su naturaleza, son de largo plazo.
Por otro lado, Costa Rica tiene su propia cuota de responsabilidad, advertida en múltiples ocasiones por el sector empresarial. Entre los factores señalados se encuentran la inseguridad ciudadana y el aumento en los costos de producción. Este último tiene como principal detonante la política cambiaria, con una apreciación del colón que desincentiva la inversión y la empuja hacia mercados más competitivos.
El resultado es un escenario poco favorable: ingresos en dólares cada vez más bajos y costos en colones cada vez más altos. A esto se suma –sin siquiera haberlo incorporado en la ecuación– el efecto del petróleo y sus posibles aumentos.
Es momento de asumir esta grave coyuntura con seriedad.
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Nuria Marín Raventós es politóloga.