Velia Govaere Vicarioli. 29 agosto

Entre lo malo y lo peor, el alma nacional sigue secuestrada en los tira y afloja del drama legislativo. En ese escenario, digno de telenovela mexicana, se juegan cuentos de espanto, escritos con demagogia.

Con el pretexto de “defender a los más pobres” se pavimenta el camino de su infierno. De sobra se sabe que los más vulnerables siempre pagan primero y con mayor dolor las debacles fiscales. Pero paladines de capirote disfrazan torpezas de buenas intenciones y liman todavía más la garra de una ya tibia reforma fiscal. Quitando aquí para ayudar a este, quitando allá para proteger a aquel, se cavan las fosas comunes donde los últimos que sufrirán serán los falsos profetas.

Así estamos porque así somos: ¿Hay que pagar? ¡Que pague otro! ¿Hay que recortar? ¡Que le recorten a otro! ¿Vamos al abismo? ¡Vayamos todos juntos, iguali…ticos! Eso sí, muy galante, ¡vos primero!

Y entonces, APSE declara paro indefinido. ¡Qué barbaridad! Me quedo sin palabras. Cansa repetir las dos catástrofes entrelazadas que se nos vienen encima: la insolvencia financiera, que nos llevará sin escala intermedia al desmantelamiento del Estado de bienestar. No es una encrucijada. Van juntas y son inevitables si no ponemos coto a la irresponsabilidad fiscal cuya solución siempre creemos que se puede postergar.

Doña Rocío no dudó en decirnos lo evidente: esa gangrena no sana con curitas. Y en vez de agradecer ese coraje de mujer, que muchos hombres ya quisieran, se le acusa, en cambio, de “chantajista”, cuando su deber es precisamente evitar un descalabro que, si no se atiende con ingresos, se necesitará hacerlo con recortes.

No hay salida, porque lo otro sería que la señora ministra, imitando a su melindroso antecesor, se quedara “calladita, bien bonita” y después de ella… ¡el diluvio! Eso sí, también sería ella la que cargaría con las condenas de los mismos que la critican hoy. Hombres necios que acusáis.

Desde el punto de vista de popularidad, haga lo que haga, pierde. Pero, dichosamente, asume una actitud con la cual Costa Rica siempre gana. ¡Yo quiero ser así cuando sea grande!

¿Aprendizaje? Un legislador se dejó decir ayer, por radio, que están estudiando la debacle griega. Me pregunto qué aprenderán de ese pueblo puesto de rodillas por flautistas de Hamelin. Se sabe que tenían una deuda enorme que los hizo insolventes y que, ante la imposibilidad financiera de pagar pensiones e incluso salarios, los griegos salieron a las calles.

Incendiaron vehículos, se enfrentaron a la Policía, hubo muertos y heridos. Las manifestaciones no encontraron dinero para pagar las deudas, pero sí el eco legislativo que las hizo peores. En ese trance, se detuvieron las reformas en aras de la paz social.

Resultado: la deuda creció más, las calificadoras de riesgo los degradaron y los acreedores los acosaron. La inversión huyó. Los pudientes, muchos de ellos profetas socialistas, sacaron sus ahorros, y los pobres, malamente defendidos para obtener sus votos, quedaron indefensos. Grecia terminó vendiendo hasta la camisa.

Las pensiones se rebajaron más de la mitad, igual que los ingresos de los pocos que pudieron seguir siendo asalariados. Finalmente, un partido radical ganó las elecciones y ¿qué hizo? Exactamente lo que se debió haber hecho desde la primera hora: amarrarse colectivamente el cinturón, eso sí, mucho más apretado que si lo hubieran hecho cuando tocaba. Cada día desperdiciado costó sangre, sudor y lágrimas. Ahí se perdió la juventud mejor preparada que buscó oportunidades en el exilio forzado por una economía en bancarrota.

Chantaje. No importan argumentos: APSE va a paro. Resucitamos la crónica griega anunciada, por esta misma Casandra, desde hace años (La Nación, 10/5/2010). El chantaje de las calles contra el sentido común de las cuentas nacionales. Las escuelas cierran. Los niños en casa, muchos sin el sustento del comedor escolar, y todos en el más terrible peligro de que, por conservar una endeble paz social, el gobierno ceda, aunque el descalabro fiscal la echaría, de todas maneras, al traste.

Así estamos porque así somos: ¿Hay que pagar? ¡Que pague otro! ¿Hay que recortar? ¡Que le recorten a otro! ¿Vamos al abismo? ¡Vayamos todos juntos, iguali…ticos! Eso sí, muy galante, ¡vos primero!

Como gran cosa, “adalides de los pobres” se jactarán de quitar un 1 % o un 2 % del IVA a la canasta básica. Fatuo honor. Con cada aumento de un punto de inflación, causado por el irresponsable bloqueo legislativo, los precios de esa misma canasta pondrán un impuesto mucho mayor que aquel que supuestamente salvaron los iluminados.

Que una cosa quede clara: en Costa Rica no hay pobres con salario que se ajuste con marcha sindical. Nuestros pobres reales están desempleados o son trabajadores por cuenta propia. Su precariedad depende de las condiciones económicas. Los verdaderamente pobres son alimentados por una macroeconomía sana. Quitar un punto al IVA para beneficiarlos y dejar el país en bancarrota, y que sus oportunidades se esfumen, no es solo una sandez infinita, sino un crimen de lesa representación.

Y no hablemos del triste honor de quitar el IVA a la educación privada para beneficiar a los “pobres” que pueden pagar hasta medio millón de colones al mes. Arroparse con esa bandera y dejar al país quebrado no tiene decoro.

Irlanda. Tal vez el problema nuestro es haber sido tan dulcemente mimados por la historia. Yo sé de un país castigado por el tiempo. Irlanda conoció hambrunas desgarradoras, amargas guerras, de independencia, primero; fratricidas, después. Deuda pública tan atroz, que Grecia se quedaría corta. Y no hablemos de la rotura profunda en su corazón por una decepción religiosa.

Pero de sus cenizas surgió el tigre celta. Sus secretos mejor guardados fueron su gallardía para alcanzar extraordinarios consensos y su coraje para compartir penurias. En momentos como este, los vientos de Irlanda me traen frescura de primavera. No queremos ser griegos, sino irlandeses.

En un lugar escondido de mi alma, reposa un subconsciente colectivo con una ventana de esperanza. Aún podemos encontrar el tenor desconocido del sacrificio.

La autora es catedrática de la UNED.