Indigentes, desempleados y vecinos pobres tocan las puertas de la iglesia de la Soledad en San José, en busca desesperada de alimentos o ayuda económica para aliviar su crisis.
Pero en ese templo apenas alcanza el dinero para pagar la mitad del salario a sus seis trabajadores, cancelar los servicios públicos y comprar la comida básica para la casa cural, que aloja al párroco Carlos Humberto Rojas.
Con la ayuda que dan los vecinos, esta parroquia josefina mantiene un programa social que entrega diarios a 30 adultos mayores necesitados, algunos de ellos en estado de abandono. Pero el dinero no alcanza para más.
“Con mucho dolor, la experiencia que hemos tenido como sacerdotes es que muchísima gente llega a pedir ayuda, pero nos encontramos con nuestras manos atadas porque no nos alcanza.
“Hay mucha gente en situación de calle, gente sin trabajo, mucho migrante que ha llegado y no tiene comida, hay muchos dramas humanos. Tratamos de responder, pero en esta situación es mucho más difícil hacerlo”, afirmó Rojas.
Incluso el sacerdote dejó de recibir su estipendio por sus labores pastorales, que para los curas de la arquidiócesis de San José es de unos ¢300.000 mensuales.
El ingreso de dinero por las colectas de las misas dominicales, las fiestas patronales, los turnos y los bingos se derrumbaron desde marzo, con el cierre de templos y la prohibición para realizar esas actividades ante el avance de la pandemia por el covid-19.
“De un día para otro nuestros ingresos pasaron a cero. Tuvimos que enviar para la casa a nuestros trabajadores durante tres meses, ahora están reintegrados a medio tiempo”, dijo Rojas.
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Ese es el suplicio que afrontan las parroquias de todo el país desde hace cuatro meses, debido a la alerta sanitaria.
Los ahorros que tenían en esta parroquia se consumieron en los primeros cuatro meses de la pandemia.
Su operación ahora depende de las contribuciones solidarias de los fieles.
El Santuario Nacional Santo Cristo de Esquipulas, que alberga la parroquia de Alajuelita avanza por esa misma senda en medio de la crisis.
La salvedad en este caso, es que esta comunidad celebró en enero las fiestas patronales, algo que no han podido hacer la mayoría de parroquias en el país.
Con los recursos obtenidos por esa celebración patronal, más las contribuciones de los vecinos, se garantizó el pago de los servicios públicos y del medio salario que perciben los trabajadores del lugar.
También tenían un fondo con dos colectas mensuales de la pastoral social, con el fin de entregar ayudas a las familias más pobres de la comunidad.
Así logran donar 75 diarios mensuales a hogares con necesidades, pero ya quedan pocos miles de colones y ahora las familias podrían quedarse sin el apoyo de la iglesia.
“Vea usted que ya llevamos varios meses. El fondo que teníamos se está agotando. Vamos a llegar a un momento en que ya no vamos a poder ayudarles con los diarios”, afirmó el párroco Enrique Rivero.
Pese a todas las limitaciones económicas, la comunidad se organizó para poder entregar comida preparada a las personas en situación de calle del cantón.
De acuerdo con el padre Rivero, han tenido que tomar decisiones muy difíciles para poder, de momento, salir a flote.
Por ejemplo, dos sancristanes tienen contratos suspendidos. Los otros trabajadores de la parroquia apenas reciben medio sueldo.
Deudas y alquileres
De esa realidad tampoco escapan las congregaciones evangélicas, ante la caída de ingresos por el diezmo que entregan sus fieles.
Incluso, cientos de esas iglesias se ven amenazadas a perder sus templos arrendados.
Algunas de ellas tuvieron que devolver los locales a sus dueños, ante la poca capacidad de pago.
El pastor Rigoberto Vega, presidente de la Federación de la Alianza Evangélica Costarricense, estima que alrededor de 400 iglesias corren ese peligro. Ese número representa el 10% de las congregaciones del país.
Ese problema, afirma, se concentra en la Gran Área Metropolitana (GAM).
“Muchos arrendatarios han sido intransigentes en el cobro del alquiler. En un porcentaje mayor, los pastores han desistido del alquiler y se han mantenido en el tema virtual, debido a la alta afectación en sus ingresos”, afirmó Vega.
Muchas de esas iglesias son pequeñas, pero las grandes, que tienen capacidad para miles de fieles, también afrontan riesgos, principalmente por los créditos que deben pagar mes a mes.
“Tienen compromisos financieros que se les ha hecho difícil honrar. Están en negociaciones para ver cómo puede arreglar esa situación. Pero por más que se arregle, por lo que se ve en el horizonte cercano tampoco va a ser sencillo”, aseveró el pastor.
Por otra parte, Vega aseveró que debieron recortar las jornadas de sus trabajadores en un 50%.
La Alianza Evangélica informó de que los pastores están recibiendo una tercera parte de los ingresos y que el 95% de ellos depende de esa labor.

Según los lineamientos del Ministerio de Salud, en los territorios con alerta amarilla los templos de cualquier denominación pueden funcionar con un máximo de 75 personas y de acuerdo con rígidas normas sanitarias.
Según el líder de la Alianza Evangélica, esa disposición es una limitante para muchos de los grandes templos, que tienen capacidad para miles de personas.
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Afirma que por los elevados costos de mantenimiento, algunas de esas iglesias han decidido no operar presencialmente, pues, de hacerlo, les representaría un peso mucho mayor para sus finanzas.
En los cantones y distritos con alerta naranja los templos no pueden funcionar. Eso presiona mucho más a las parroquias católicas y los centros de culto evangélicos de la GAM, territorio bajo máxima alerta de contagio.
Diezmo, ofrendas y servicios religiosos migran a plataformas tecnológicas
Ante la imposibilidad de hacer las colectas por cada banca en los templos, por el cierre de muchos de esos sitios, las autoridades católicas acudieron a medios tecnológicos como transferencias bancarias o vía Sinpe.
Lo mismo ocurre con las iglesias evangélicas, que ya no pueden hacer su llamado a entregar el diezmo de la forma tradicional.
A cambio, afirman mantenerse en contacto con la comunidad religiosa a través de celebraciones de la misa por Facebook Live, por ejemplo, o reuniones pastorales por Zoom.
Esas opciones, empero, no han permitido igualar las ofrendas que antes recibían, con la presencialidad de sus fieles.
Incluso, para la celebración de actos religiosos vía digital, las autoridades de ambas iglesias afirman haber perdido contacto con una parte de sus feligreses.
“No creo que haya un 50% de miembros que estén apoyando la iglesia local como lo estaban haciendo antes de la pandemia, porque no es un culto presencial, ahí dónde los hermanos hacen los aportes directamente”, manifestó Rigoberto Vega, presidente de la Federación de la Alianza Evangélica Costarricense
El dirigente estimó que las herramientas digitales, en muchos casos, son incompatibles con la edad de los miembros de las congregaciones, lo cual dificulta las donaciones.
Mauricio Granados, sacerdote y vocero de la Conferencia Episcopal de Costa Rica, reconoció que otro factor que afecta es el alto desempleo, así como la cantidad de personas con medidas laborales que afectan sus salarios.
“No tenemos la fuente normal de financiamiento que es la generosa contribución de los fieles a propósito de la misa dominical, principal financiamiento de las parroquias. La Iglesia no tiene grandes propiedades inmobiliarias, acciones o inversiones en las cuales sostenerse”, puntualizó.
Aunque las autoridades católicas reportan una gran cantidad de fieles conectados en las transmisiones de las eucaristías, afirman que las ofrendas cayeron entre un 80% y 90%.
“La Santa Misa de la catedral metropolitana tiene un alcance de más de 8.000 personas, ocho veces la catedral a máxima capacidad. Es muy importante, pero obviamente esas personas no contribuyen como si fueran a misa. Esas herramientas las hemos descubierto a fuerza, pero sí es un reto en ese sentido”, aseveró Granados.
En crisis
El obispo de la diócesis Tilarán-Liberia, monseñor Manuel Eugenio Salazar, afirma que la crisis económica en su dióceses, que abarca la región Chorotega, es tal que se puede hablar de que la casa episcopal “está quebrada”.
“Esta situación nos afecta y nos afecta mucho. No ha habido misas, no hay contribución económicas; en las parroquias hay turnos y ferias, pero ahora cero turnos, cero ferias, entonces no hay nada. A veces hay bingos, pero ahora prohibido todo por la pandemia”, afirmó monseñor Salazar.
Según afirma el obispo tilaranense, la casa episcopal se financia con la contribución del 10% de lo que cada parroquia recauda de las misas. Además de un 5% de otras actividades como turnos y fiestas patronales.
“Técnicamente la casa episcopal está quebrada, porque las parroquias daban el 10% de sus entradas y un 5% de los turnos y fiestas patronales. Al no ver ni turnos ni misas no hay diezmo, entonces no nos está llegando ese 15% a una caja común para pagar los seminaristas, seguridad del clero, mantenimiento de esta casa episcopal”, aseveró Salazar.
Para sondear los pagos estos meses, el obispo afirma que ha acudido a amistades, familiares y vecinos, pero estima que pronto esa ayuda pare de llegar.
Pese esas limitaciones, afirma que la Iglesia ha logrado organizar a la comunidad para entregar víveres o pagar recibos de servicios a unas 1.560 familias durante el periodo de pandemia.
De momento las autoridades religiosas reconocen que solo pueden aferrarse a su fe y a la buena voluntad de sus comunidades para sostenerse en pie.
Mientras tanto aguardan por la reapertura de más templos, así como el aumento de los aforos permitidos por Salud.
