
El chef José Alberto García Villareal es conocido por los conductores como “el señor de los postres”. Desde hace un año y tres meses este vecino de San Pedro de Santa Bárbara de Heredia se planta con su hielera en las calles de Alajuela a vender sus dulces a ¢500. Va muy formal, con su delantal, su gorro, pantalón y camisa de vestir.
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Las calles, los vehículos y la locura de la hora pico son un escenario muy diferente a aquel en que se imaginó que trabajaría cuando estudiaba su maestría en Administración de Cocina en Le Roi de la Table Ecole de Cuisine, en Francia, en 2013.
Sin embargo, esa fue la salida que el chef de 51 años, especialista en pastelería, encontró para poder generar ingresos durante la pandemia. Actualmente, la venta de vasitos de tres leches de diferentes sabores, cheesecake y arroz con leche cremoso es lo que paga el alquiler y los alimentos de García y su esposa, Bellanira Quirós, quien padece de cáncer.
Él lleva 60 vasitos con postres, a veces se le venden todos y a veces no. Comienza a trabajar desde temprano en la preparación de estos dulces y a las 3 p. m., aprovechando el congestionamiento vial, se va caminando a la calles a venderlos. En ocasiones, en Alajuela centro, otras en Villa Bonita o San Antonio del Tejar.

“Me dí a la tarea de vender los postres en Alajuela, puerta a puerta. Es una bendición leer mensajes que gratifican el esfuerzo bajo el sol o la lluvia, para traer sustento a mi familia, en especial mi esposa, quien está en proceso médico a causa del cáncer, todo mi esfuerzo es por y para ella. Es entendible que muchos me vean y les dé cosa comprar, por un tema de manipulación, el cual yo cuido en los detalles, uso alcohol y jabón liquido para atender a cada uno de ustedes que bendicen el pan en mi mesa”, relató García quien dice que porta su uniforme de chef porque sus clientes “merecen respeto”.
¿Por qué se fue a vender postres a la calle?
García contó a La Nación que antes de la pandemia tenía dos sodas llamadas Los Comales, en Plaza Ferias, Alajuela, y en el mercado Borbón, en San José. Vendía todo tipo de comida aunque su especialidad es la pastelería. Antes de eso trabajó como instructor en Universidad Latina, también en la Asociación Nacional de Chefs y en O’Sullivan Culinary; afirma que compartió sus conocimientos en el programa Giros Repretel, en la Revista Sabores y en Nestlé.
Además de su maestría, ganó el segundo lugar en Copa Culinaria Continental en postres Petit Four y el cuarto lugar en Copa Culinaria Mundial en postres Petit Four. Sin embargo, la pandemia no tuvo clemencia.

A pesar de sus conocimientos y experiencia no pudo mantener abiertos sus dos locales; despidió a sus 10 colaboradores.
“En agosto del 2020 tuve que cerrar mi segundo local a causa de la pandemia, cuando regresé a casa, llegué con ¢7.000 y 30 frascos de postres. Los problemas que enfrentamos fueron los cierres a nivel nacional. En San José, nos afectó mucho ya que solo permitían ventas a puerta cerrada y un local a puerta cerrada jamás vende. En San José todo estaba cerrado, en el mercado Borbón abríamos de 4:30 a. m. a 5 p. m. y había días donde apenas vendíamos ¢5.000”, relató el chef.
Después del cierre de las sodas, se propuso trabajar en un restaurante. Sin embargo, no tuvo éxito ya que, dice, en los restaurantes ya no contratan pasteleros.
“He aplicado en muchos lugares, he ido a realizar pruebas y no quedan en nada. Además de toparme con trabajos que se basan en el salario mínimo con jornadas laborales de hasta 12 horas. A mi esposa, le llegó un comentario de que cómo era posible que yo siendo chef no trabajará en un hotel, me enojé, es fácil hablar, sin conocer que hay detrás de una historia. Hoy en día, con conocimiento de causa, en varios hoteles ya no contratan pasteleros, todo lo compran congelado”, dijo.
La meta de García es juntar un capital, dejar las calles, y abrir una colorida ventana de postres. Pese a todo lo vivido, este chef no se queja y solo mira hacia atrás para tomar impulso.
“La pandemia ha sido una oportunidad para demostrar cuán capaces somos para salir adelante, rompiendo la barrera del miedo”, reflexionó.
Antes de la pandemia, la tasa de desempleo en Costa Rica estaba en 12,2%. Con la emergencia sanitaria ascendió al 24,4% en el trimestre que concluyó en julio del 2020, momento a partir del cual comenzó una tendencia a la baja para alcanzar 14,4% en el trimestre que terminó en noviembre pasado.
Para ese momento, la población desempleada se estimó en 351.000 personas, 178.000 eran hombres y 173.000 mujeres.

