Salud

Trasplante de hígado regresa a la vida a Olga

El ansiado órgano llegó el 5 de diciembre. Transcurridos siete meses, esta vecina de Goicoechea, de 52 años, trabaja en su recuperación junto a ‘Jesucito’, nombre que le puso a su nuevo hígado

Olga Jiménez no recuerda absolutamente nada de lo que ocurrió en su vida durante los días previos a su trasplante de hígado, y en el mes que pasó recuperándose de la operación, en el Hospital Calderón Guardia.

Lo que sabe, dice, es porque se lo contó su esposo, Carlos Reyes. La condición de esta mujer, de 52 años, era tan crítica, que la encefalopatía provocada por la cirrosis hereditaria se encargó de borrar esos momentos de su memoria.

La Nación conversó con ella casi siete meses después de recibir un hígado sano de un donante cadavérico. La operación, de más de 12 horas, se realizó el 5 de diciembre del 2020, en el Calderón Guardia.

En febrero de ese mismo año, Olga también había conversado con este medio y contó, entonces con mucha pesadumbre, las escasas oportunidades que los médicos le habían dicho que tenía para conseguir un órgano.

Jiménez padece cirrosis hereditaria. Dos de sus hermanos fallecieron por la misma causa, mientras aguardaban a que apareciera un donante.

Pero ella logró cambiar el rumbo de esa sentencia. Hoy, se recupera en una casa que alquila junto a su marido, en Goicoechea, San José.

A propósito de la semana de donación y trasplante, que finalizó este 20 de junio, Olga Jiménez quiso contar su historia para inyectar esperanza a más de 1.400 personas que todavía están a la espera de que los llamen para un trasplante de órganos y tejidos.

El día que sonó el teléfono

Meses antes de la operación, el estómago de Olga Jiménez estaba tan hinchado que casi quería explotar, según cuenta. En varias ocasiones, tuvo que ir al hospital para que le sacaran líquido del abdomen.

“En octubre, me puse muy muy mal. Esto es lo que me han contado porque yo no recuerdo nada: me dio encefalopatía. Dicen que yo no reconocía a nadie. Mi hijo mayor es sordo, y yo sabía Lesco (lenguaje de señas), pero me puse tan mal que no le entendía nada.

“Pasaba con la mirada fija, me caía de la cama. Me puse muy muy mal. La doctora lo que hacía era llamar a mi esposo para preguntar cómo estaba yo”, relata Olga.

El 4 de diciembre, cuando la familia pensaba más en el momento cercano a la muerte de Olga, el hospital llamó.

“Eran como a las 6:30 p.m., me dijo mi esposo. Le preguntaron si me podían llevar al hospital porque había una posible donante, pero tenían que hacerme exámenes.

“Llegamos a Emergencias a las 7:30 p.m. Hasta la prueba de covid me hicieron, pero no recuerdo nada. Pasada la medianoche, le dijeron a él que se despidiera de mí y que rezara mucho porque las posibilidades de salir viva eran de un 50%.

“Él llamó a la familia para que me pusieran en oración. Antes de las 5 a. m., me pasaron a quirófano, después de extraer el hígado a la donante”, cuenta.

La operación terminó casi a las 6 p. m. del 5 de diciembre, y la pasaron a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI).

Ahí, se suponía que pasaría tres días. La recuperación en Cuidados Intensivos se prolongó diez; luego pasó a salón. Olga salió del hospital el 29 de diciembre, apenas para recibir el nuevo año con una nueva vida.

‘Se llama Jesucito’

¿Cómo se ha sentido desde entonces?, le preguntamos.

“Empecé duro porque la rehabilitación es fuerte. Salí sin voz y sin caminar del hospital. Estoy en terapia de Foniatría para volver a conversar bien.

“En volver a caminar duré más. Mi esposo me ponía a dar pasos, pero como que se me doblaban las rodillas. Yo estoy yendo a la rehabilitación y ya camino”, cuenta.

Aunque se le cayó el pelo por los medicamentos que toma para que el cuerpo no rechace el nuevo órgano, asegura que eso es lo de menos. Dios le dio una oportunidad de vida, la que no tuvieron sus dos hermanos.

“Yo nunca nunca perdí la fe. Siempre le pedí a Dios por mi órgano, aunque me dolía saber que mi vida dependía de que otra persona perdiera la suya. Yo le puse Jesús, Jesucito, a mi nuevo hígado, que se ha portado muy bien”, compartió.

Olga, junto a su esposo, trabajan en recuperar la salud. La situación no es fácil porque Carlos perdió el trabajo debido a la pandemia, y ambos viven en una casa alquilada.

El casero, según cuenta, es una muy buena persona que les ha dado incontables oportunidades para pagar el alquiler, pero el señor también tiene sus obligaciones y necesita los ¢165.000 mensuales, de los que carecen Olga y Carlos.

Con ayuda de Trabajo Social, del Calderón Guardia, Olga logró que el Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS) le pagara tres meses de alquiler, que es el tiempo máximo que dan ese beneficio. Volverá a acudir al IMAS para ver si le aprueban una nueva ayuda.

Mientras tanto, depende de la solidaridad de otras personas para recoger el mes que tiene pendiente (usted puede colaborar: llámela al 7216-0299, número que también tiene registrado en Sinpe)

“Yo esperé cuatro años por este trasplante, y hasta me mandaron a la casa y me recomendaron ir a la playa para disfrutar lo que me quedaba de vida. Obvio, no fui a la playa porque ni plata tenía.

“Me caí muchas veces, y sangraba (...). Yo le digo a las personas que están esperando un órgano que tengan paciencia y mucha fe. Aquí estoy como testimonio, gracias a mi Dios, a la fe y a un ángel donante”, aseveró.

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